Israel abre otro frente en Siria y Medio Oriente vuelve a tensionarse: drusos, beduinos y matices
- Ignacio Montes de Oca
- 16 jul 2025
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Por Ignacio Montes de Oca
Israel y Siria están al borde de un enfrentamiento directo por el control del sur sirio y la situación de la comunidad drusa. Vamos a poner en orden los factores y elementos en disputa; nada es tan sencillo y el efecto de este conflicto va más alá de Siria e Israel. Esta es la segunda fase de un enfrentamiento entre sirios e israelíes. La primera fue en abril, en la ciudad de Jamana, cerca de Damasco, luego del ataque contra grupos drusos acusados de blasfemia por milicianos fundamentalistas ligados a la esfera de poder del HTS. Israel acudió en ayuda de algunos de los grupos drusos en Siria y promovió la formación de la milicia separatista Consejo Militar de Suwayda y el liderazgo del sheikh Hikmat al-Hijri, líder espiritual de los drusos sirios. Pero no todos los drusos en Sira los apoyan.
El gobierno de Al Sharaa es acompañado por las milicias drusas de Ahl al-Karamah y la Brigada Al Jabal que contribuyeron al derrocamiento de Al Assad. La promesa de autonomía y apoyo frente a otras facciones drusas le valió a Damasco el rechazo de estos grupos al separatismo. Aquí es donde hay que empezar a entender los matices: no todos los drusos están a favor de la secesión ni son apoyados por Israel. Algunos están operando junto a las fuerzas del gobierno sirio contra sus adversarios internos. No es una alianza religiosa, es política y eventual. Ahora es donde entra en juego un quinto grupo más allá de los drusos pro y contra la secesión, los sirios y los israelíes: los beduinos. Los incidentes en curso se originaron por el asesinato de un comerciante druso en un retén montado por los beduinos en una ruta.

Los beduinos son un grupo árabe presente en una zona muy amplia que va desde la península arábiga al norte de África. Son unos 25 millones en total y en Siria hay unos 700.000, es decir que tienen el mismo número y peso demográfico que los drusos. Los beduinos son nómadas y se organizan en tribus que se reparten en zonas, muchas veces superpuestas o en conflictos con otras o con las de los drusos. El acceso a pastizales o el control de las rutas es una fuente de disputas y lo que desencadenó la actual crisis. Los beduinos tampoco obedecen al gobierno de Al Sharaa. Como los drusos, los grupos más grandes acordaron su autonomía a cambio de un apoyo político y militar de parte de Damasco. De allí el envío de tropas del gobierno para respaldarlos frente a los separatistas drusos. Es por eso que en la violencia desatada en Suwayda, Jaramana y Ashrafiyat Sahnaya, los milicianos de las tribus beduinas de las aldeas de Sumay y Mazraah quedaron del mismo lado que el HTS y los grupos drusos pro-damasco y en contra de las milicias drusas apoyadas por Israel.

Es muy importante entender estas divisiones para no caer en la idea de que todo un grupo está aliado con otro o que hay un solo motivo de disputa. El control de rutas y zonas es tan importante como los planteos separatistas y el obtener el respaldo material de uno u otro estado. Estas tensiones entre drusos y con los beduinos son permanentes y más allá de la capacidad del ejército sirio para imponer el orden. La lógica tribal y la existencia de milicias ancestrales obliga a Damasco a una negociación armada para evitar una nueva fase de la guerra civil.
A su vez, la represión gubernamental quedó en manos de columnas del nuevo ejército sirio formado por leales al HTS de Al Sharaa, pero en especial de la Brigada Shaheen, uno de sus grupos de elite y con una fidelidad probada hacia el líder sirio. Esto indica la gravedad del asunto. La Brigada Shaheen fue acompañada por grupos más fundamentalistas dentro del HTS que consideran a los civiles drusos como “tafriki” o herejes. De allí la humillación de cortarles sus barbas y mostachos, consideraros símbolos de autoridad o “uqqal” por los drusos.

Damasco desplegó además dos columnas mecanizadas que derrotaron a las milicias del Consejo Militar de Suwayda con ayuda de drusos y beduinos. Al imponerse el toque de queda se contaban 92 drusos, 93 miembros de las fuerzas de seguridad y 18 beduinos asesinados. Parte de los soldados sirios fueron muertos durante los ataques de aviones israelíes que acudieron en apoyo de los grupos drusos aliados, reforzados por drusos israelíes que cruzaron la frontera desde la zona ocupada del Golán con el permiso de las tropas israelíes. Recordemos que Netanyahu promueve la creación de un “estado tapón” druso en el sur de Siria, contiguo a las zonas ocupadas de los Altos del Golán en donde ordenó ampliar la ocupación en el momento en que el régimen de Al Assad era derrocado por el HTS.

En febrero, Israel estableció unilateralmente una zona en el sur de Siria en la que prohibió la presencia del ejército sirio y que se superpone con la región en donde quiere establecer un estado autónomo druso. Es la misma región en donde atacó a las columnas militares sirias. Ya tenemos otro indicio de la escalada que se está desarrollando en la región, agravada por una advertencia del ministro de defensa israelí, Israel Katz, a Al Sharaa, al decir que continuarán atacando a cualquier fuerza militar siria en la zona drusa.
Katz fue diplomático en comparación con su colega, el ministro de Asuntos de la Diáspora, Amichai Chikli, quien pidió públicamente el asesinato del presidente sirio Al Sharaa. Netanyahu no lo desautorizó y advirtió que no permitirá que Siria se convierta en “un segundo Líbano”. La escalada obligó a la intervención de EEUU. Trump le demandó a Netanyahu que cese los ataques a Siria, pero Israel mantuvo su postura y horas después lanzó una bomba contra la entrada del ministerio de defensa en Damasco. La advertencia de EEUU no tuvo efecto alguno. Netanyahu tiene sus propias urgencias. La salida de los partidos ultra ortodoxos Shas y Judaísmo Unido de la Torá de la coalición de gobierno lo dejó con 50 de los 120 escaños del Knesset, el parlamento israelí. Esto sucede mientras se complica su situación judicial.

El primer ministro israelí afronta presiones cruzadas de los sectores nacionalistas que piden mano dura en Siria y otros frentes y de los que demandan una postura más negociadora que de fin a los conflictos y resuelva temas pendientes, como el de los secuestrados en Gaza. El calentamiento de un frente que se suponía controlado desde el fin de los bombardeos sobre los remanentes del poder militar de Al Assad en diciembre pasado, sugiere que Netanyahu agudizará la confrontación con Siria para lograr apoyos internos. Ese movimiento es consistente con la necesidad del Likud, el partido de Netanyahu, de contar con el sostén de los grupos nacionalistas de Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir y su retórica belicista para evitar seguir perdiendo apoyos internos.

La situación trae otro beneficio para Netanyahu: crear un protectorado le permitiría canalizar las demandas de tierras de los 160.000 drusos israelíes que reclaman tierras expropiadas desde 1967 en el Golán y agruparlos en un gobierno afín al sur de Damasco.
Mientras tanto, Israel reforzó con dos compañías adicionales la zona de los Altos del Golán en un gesto que puede ser interpretado como una advertencia o el preludio de una nueva invasión al territorio sirio. Ambas opciones son un desastre para Washington. Trump esperaba anunciar que Siria se convertiría en otro de los estados firmanes de los Pactos de Abraham, que buscan la aceptación de la existencia de Israel por parte de los estados de la región. Ahora Al Sharaa no tiene margen alguno para sumarse a la iniciativa. La reunión entre Trump y Al Sharaa en Riad el 14 de mayo pasado tuvo ese objetivo. A cambio de levantar las sanciones de EEUU sobre Siria, se estaba pavimentando el camino hacia los Pactos de Abraham, un logro importante habida cuenta la rivalidad histórica con Israel.
Trump fue más allá y elogió al líder sirio al calificarlo como un “joven atractivo, duro y de mente abierta” para luego sacarlo de la lista de figuras terroristas más buscadas. En julio el departamento de Estado retiró al HTS de su listado de organizaciones terroristas. El sitio del encuentro no es casual. Los emires que lubricaron la decisión de Trump con una promesa de 4,2 billones de dólares están interesados en la estabilización de Siria y en fortalecer a Al Sharaa para disminuir la influencia de Irán y el chiismo en ese estado. Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y otros países árabes están invirtiendo grandes sumas en la reconstrucción de Siria. El pago de la deuda de U$S 15,5 millones de Siria con el Banco Mundial por parte de saudíes y cataríes es indicio de ese compromiso.

Trump y los emires coinciden en sus objetivos estabilizadores en Siria. Trump busca el mérito de generar una pacificación y los emires el evitar otra guerra civil que les impida pasar por ese territorio en su ruta para abastecer al mercado europeo con petróleo y gas. Pero Al Sharaa dejó claro que no es posible sumarse a la normalización con Israel si no se respeta la integridad territorial siria. No se refería a Turquía, que ocupa parte del norte, sino a la presencia de Israel en el Golán y la pérdida de su libertad de control en zonas drusas.
Al Sharaa, cuyo nombre real es Abu Mohamed al-Golani, nació en Arabia Saudita en una familia proveniente de los Altos del Golán, de allí el nombre “Golani”. En Medio Oriente, hay detalles que hay que hay que considerar para entender algunas ideas persistentes. Al mismo tiempo, una invasión israelí a Siria o una ofensiva aérea podría debilitar al gobierno de Al Sharaa y darles lugar a las facciones más radicales o a los grupos étnicos o religiosos que, con la excusa de un fracaso del experimento político del HTS, reinicien la lucha intestina.

Hay otros motivos no económicos como el evitar que una nueva era de violencia facilite el regreso de los chiitas y de Irán a Siria y, al mismo tiempo, la situación con los drusos es una fuente genuina de preocupación por la habilitación de los separatismos y sus consecuencias. El Líbano, en donde el 5% de la población es drusa, no apoya la idea de un nuevo estado que ponga en riesgo su integridad territorial. El líder druso libanés Walid Jumblatt ya rechazó la idea y apoyó la integridad territorial siria advirtiendo que no quieren ser “otra carta de Israel”. Jordania se expresó con igual cautela, atento a la presencia de 20.000 drusos en su territorio. Egipto y los países sunitas petroleros nunca expresaron su apoyo a la existencia de un estado druso, atentos a las consecuencias de aportar a los separatismos en sus territorios.

No es menor el temor que genera la hegemonía militar lograda por Israel. Sin contrapesos ni límites a la vista y decidida a canjearlo por intervención en los asuntos internos de los otros países de la región, la cuestión drusa invoca fantasías políticas muy profundas. Turquía, como era previsible, condenó lo que calificó como “intervencionismo” de Israel y tiene sentido porque es el mayor apoyo directo que tiene Al Sharaa además de seguir acentuando su retórica de enfrentamiento con cada una de las políticas de Israel.
EEUU sabe que si quiere limitar la influencia turca en Siria debe habilitar un canal con Al Sharaa, y la tensión con Israel, su mayor aliado, dificulta ese diálogo que, además, incomoda a los jeques que le prometieron una catarata de petrodólares. De allí la urgencia de Washington. Hay otro motivo para la incomodidad de los países árabes que intervengan y tiene que ver con la presencia de los beduinos en esta fase del conflicto. Los Saud de Arabia Saudita, los Bani Yas de Emiratos Árabes Unidos y los Al Thani de Qatar provienen de tribus beduinas. El establecimiento de un estado druso se haría también sobre zonas beduinas de Siria. Estos factores, que parecen menores en Occidente, pueden resultar importantes en Medio Oriente. Tanto como el deseo de Trump, las ambiciones de Erdogán y los temores de Netanyahu. Como vemos, a partir de los drusos pudimos incorporar nuevos actores como los beduinos y reorganizar un tablero de intereses y presiones que reflejan como se reacomodan las piezas en el tablero de Medio Oriente. Con datos, es más sencillo abordar su inmensa complejidad.
