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Israel en una nueva invasión al Líbano

 

Por Ignacio Montes de Oca

 

Israel inició una nueva y mayor invasión al Líbano y esta vez el plan es crear una gran zona despoblada que sirva como colchón para frenar los ataques de Hezbollah. Sin embargo, este segundo frente no está exento de polémicas y consecuencias muy graves.


Es la ampliación de la invasión de octubre de 2024 en la que tropas israelíes ocuparon puestos fronterizos más allá de la “línea azul” que marca la frontera con El Líbano. El contexto era el recrudecimiento de los combates contra Hezbollah tras la muerte de su líder, Nasrallah. En esta primera tanda de combates que duró 2 meses fueron desplazados 1 millón de pobladores de la zona. Por mediación de EEUU y Francia se llegó a un acuerdo de cese el fuego el 27 de noviembre, en el que se pactó que el 26 de enero deberían cumplirse dos objetivos. Por un lado, Israel iba a retirarse del territorio libanés y, a su vez, el ejército de El Líbano tenía que reemplazar a las fuerzas de Hezbollah al sur del río Litani con la ayuda de la UNIFIL, la fuerza de cascos azules de la ONU. Y, por supuesto, el grupo terrorista tenía que acceder a retirarse.



Como era de esperarse, Israel no se retiró porque Hezbollah tampoco lo hizo y el ejército libanés con sus 80.000 efectivos no tiene fuerza ni para hacerle frente a Israel ni para desalojar a los 130.000 milicianos de Hezbollah. Y los cascos azules…son fuerzas de paz de la ONU. Además, el ejército libanés refleja su dispersión demográfica y religiosa. En sus filas conviven sunitas, chiitas, cristianos, palestinos y otras facciones étnicas y demográficas. A la hora del combate puede que algunos sientan un conflicto que los paralice o les haga cambiar de uniforme. Esto se refleja en el gobierno, en donde un presidente cristiano maronita comparte el poder con un primer ministro sunita y un líder del parlamento chiita. Y luego hay otras facciones cristianas, drusos, alauitas y la misma división que estalló en la guerra civil de 1975 a 1990.



Por eso Hezbollah no fue desarmado como lo prevé el compromiso firmado con EEUU en agosto de 2025. Por el contrario, empezó a rearmarse y esto reinició los ataques de Israel. Así llegamos al momento de la ofensiva de Israel y los EEUU contra Irán iniciada el 28 de febrero. Tras unos días de espera, Hezbollah se sumó a los ataques de misiles de Irán y los coordinó con sus lanzamientos de cohetes desde el sur del Líbano. Israel ya había previsto esta reacción y activó el plan para ampliar su control sobre su vecino del norte. Pero más allá de las tres columnas formadas por seis divisiones de las FDI que avanzan en los ejes Ras al-Naqoura, Aita ech Chaab Khiyam, al mismo tiempo los pobladores de la zona recibieron una orden de dejar sus hogares y retirarse de inmediato más allá del río Zahrani.


Esta orden, que contenía una amenaza de quedar bajo fuego si no era obedecida, implicó el desplazamiento de otro medio millón de personas a una línea que estaba 40 km más allá de la frontera con Israel. En decir, 1.500 km², el 15% de los 10.452 km² del territorio del Líbano. Y ese medio millón de desplazados por la fuerza representan el 9% de 5,7 millones de habitantes del Líbano, aunque la proporción crece si se considera el millón desalojado previamente por el anterior avance israelí. Eso es lo cuantitativo, hay variables cualitativas.

La zona por desalojar tiene zonas cristianas como Alma al-Shaab, Rmeish y Debel que resisten a la orden de Israel. O Ain Bel y Qlayaa en donde varios residentes murieron por los ataques aéreos. Esto quiebra cualquier diálogo con la facción cristiana dentro del gobierno libanés. Hay localidades mixtas como Marjayoun-Hasbaya, en donde conviven un 58% de chiitas, un 16% de sunitas, un 9% de cristianos, un 10% de drusos. O áreas como las de Sidón y Tiro en donde la presencia sunita es mayor y de nuevo quiebra cualquier colaboración futura con Israel.

El caso más particular es el de los drusos que habitan las zonas montañosas de Chouf y Aley o valle de Bekaa. Son adversarios de Hezbollah, pero también resisten el desalojo y el problema se extiende más allá de las fronteras del Líbano en donde hay presencia fuerte de esa etnia. Mientras Netanyahu alienta y arma a los drusos sirios de Jabal al-Druze a crear una república separatista en la provincia de Suwayda que enfrente al gobierno de Al Sharaa, a unos kilómetros al oeste los desaloja por la fuerza de las tierras que habitan hace siglos. Esto también impacta en la comunidad de 150.000 drusos israelíes que viven en la zona del Alto del Golán, territorio que fue anexado por Israel tras la guerra de 1967. Y allí surgen dos problemas adicionales para hacer aún más complicado el panorama de esta nueva invasión. Por un lado, está la cuestión de los buffers que crea Israel. En el Golán se justificó en la necesidad de seguridad para anexarse 400 km2 en 1974. Pero en 2025 aprovechó el caos de la caída de Al Assad para invadir otra zona siria y controlar el monte Hermón y partes de Quneitra. Es decir, que el buffer condujo a otro buffer y eso es lo que está sucediendo, pero a mayor escala, al buscar crear una zona de seguridad despoblada en el sur del Líbano. Hezbollah puede retirarse más allá del del río Zahrani, rehacerse y se recrearía la necesidad de otro buffer.



La masacre del 7 de octubre validó estas medidas extremas dentro de Israel. Pero también expone el riesgo de un avance progresivo que arrincone con el paso del tiempo a la población libanesa cada vez más al norte. Y esa población incluye a todas las etnias y facciones religiosas. La dimensión temporal domina cualquier análisis. La hegemonía militar israelí hace que una respuesta convencional a esos avances sea hoy imposible. Esa circunstancia destroza la otra temporalidad que es la presencia de siglos de muchas comunidades en la zona a desalojar.

Un análisis superficial se reduce a una imposición realista del más fuerte, pero omite que en la cultura local la ligazón con la tierra y las tradiciones es un factor más central de lo que se supone y conduce a reacciones extremas y a reclamos redencionistas sin fecha de extinción. Esas tradiciones son comunes a cristianos, drusos, sunitas o chiitas. El problema de fondo es que el formato de la invasión está uniendo grupos hasta ahora enemistados. Pero también despojando de identidad económica y medios de supervivencia a otro medio millón de libaneses. Los campos de refugiados o donde sea que se dirijan los despojados de sus tierras ancestrales son el caldo de cultivo ideal para crear una resistencia contra Israel y alimentar a un resurgimiento de los mismos factores invocados para el desalojo. Y la necesidad de otro buffer.


Israel lo aprendió en la invasión al Líbano de 1982. Tuvo que retirarse luego de 3 años y 654 soldados muertos y 3.887 heridos. El objetivo de expulsar a la OLP de Arafat fue logrado, pero su lugar fue ocupado por el intransigente Hezbollah que no tardó en ser captado por Irán.

Al parecer Netanyahu quiere evitar que se repita el error creando una inmensa zona deshabitada. Ya les avisó a los desalojados que no pueden regresar hasta que se les avise y que eso sucederá una vez que haya desaparecido el riesgo de Hezbollah. Es una fecha imposible. Si Hezbollah se retira más allá del río Litani, seguirá activo porque sus adversarios en el Líbano tendrían menos incentivos para no considerarlos adversarios y, de hecho, el reclamo por la devolución de sus tierras ancestrales quizás lleve a algún grupo a darles un apoyo pasivo.

Vamos a un indicio. El 7 de marzo el jefe del ejército libanés, el general Rodolph Haykal, ya dijo que no va a ir a sacarles las armas a los de Hezbollah. En parte fue por falta de medios, pero también se justificó con una fuerte retórica en contra de Israel y su avance en el sur del Líbano. Tampoco el buffer garantiza el fin de los ataques al norte de Israel, porque los proyectiles del arsenal de Hezbollah tienen un alcance superior a su profundidad. Un lanzacohetes Arash o los misiles Fajr, Raad, Fateh y Zelzal la superan por varias decenas de kilómetros.



Esto conduce al segundo problema y es que, con idénticos argumentos, un control temporario puede volverse permanente y eventualmente conducir a una anexión. Esto no es una especulación porque hay grupos ligados a la derecha nacionalista y religiosa de Israel que lo demandan. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y líder del partido Sionismo Religioso, pidió "asaltar profundamente en territorio libanés" y tomar el control de ese territorio, idea que es compartida por Itamar Ben-Gvir, el Ministro de Seguridad Nacional y líder del partido Otzma Yehudit. El líder de la oposición, Yair Lapid, apoyó la idea de invadir al sur libanés y crear lo que denominó una “zona estéril”. Con tal grado de consenso se entiende la radicalización de Netanyahu al aprobar un diseño de invasión que busca crear un desierto al norte de su frontera. Un desierto en una zona sin personas y quizás la idea no sea compartida por otro grupo en Israel que cree que la mejor solución es vaciar la zona de sus pobladores para luego instalar colonias al estilo de las de Cisjordania. Aquí entra la otra dimensión religiosa detrás de la crisis. Grupos de ultra religiosos, como los “Nachalas”, los “Pioneros de Bashan” (que ya instalaron colonias en los Altos del Golan) y el Uri Tzafon, quieren repoblar al sur del Líbano y su denominador común es una excusa bíblica para agregar a Israel lo que llaman “Galilea del Norte”. Este cambio de denominación similar al que hicieron en Cisjordania, al nombrarla internamente “Judea y Samaria”, expone el razonamiento religioso detrás de sus demandas, lo que implica cerrar el dialogo con cualquier otro que no acepte su texto religioso como fundamento. La cita a Cantares 4;16 como justificación para una apropiación bíblica, el momento de hegemonía militar de Israel, la decisión de Irán de renovar el ataque por medio de Hezbollah y las apetencias políticas de Netanyahu y sus aliados, crearon un coctel en extremo tóxico.



Las ideas místicas quedarían como anécdota de no existir políticos que le dan entidad. Tzvi Sukkot, un miembro del Knesset y del partido Sionismo Religioso de Smotrich reclamó “conquistar territorio en el sur del Líbano, destruir las aldeas de allí y anexar el territorio”. La dependencia política de Netanyahu respecto al extremismo religioso y nacionalista hace que estas expresiones y una medida tan extrema como la pretensión de desalojar por completo al sur del Líbano despierte temores que tienen sustento al conectar la serie de indicios. La progresión de colonias en Cisjordania le sirvió a Israel para aumentar su dominio de esa zona palestina, el discurso nacionalista religioso para fundamentarlo y las demandas de seguridad ampliadas por la masacre del 7 de octubre un sentido de urgencia que evita debates.



En el caso del sur libanés, la inexistencia de pobladores originales evitaría la resistencia que encuentra en Cisjordania o Gaza, la instalación de colonias le daría una base de control territorial y la prioridad de seguridad los motivos para hacer que esa presencia sea permanente. Hasta ahora Netanyahu evitó apoyar esas colonias y el ejército tuvo que desalojar a los mientras del grupo Uri Tzafon que intentaron ocupar zonas en el sur libanés en Maroun al-Ras entre el 5 y el 7 de diciembre de 2024. Pero la presión de sus aliados podría aflojar esa postura.

Ocupar o anexar tienen un efecto similar porque convierten un incidente acotado en el tiempo en un problema crónico y promete una reacción de las etnias y facciones religiosas afectadas en el sur dentro del Líbano y en los países en donde cada grupo genere solidaridades y apoyos. Incluso si no se produjese una colonización, el solo hecho de haber creado una situación económica y social en el Líbano al desplazar al 10% o el 28% de su población del sur, según se considera las fechas, crea un problema a largo plazo de enorme y de salida muy complicada. No es solo una invasión, es agregar otra capa de problemas a los existentes al meter a cristianos, drusos, sunitas, chiitas y palestinos dentro de una misma orden de desalojo. Y todo esto sucede en Medio Oriente en donde al mismo tiempo hay varias guerras en curso relacionadas.



Para complicar aún más el panorama, los bombardeos israelíes ya dejaron 850 muertos en todo El Líbano y el fuego a zonas no chiitas de Beirut y el sur del país están poniendo cada vez más en duda que acabar con la amenaza de Hezbollah sea el único el objetivo de Netanyahu. Días atrás Israel bombardeó los puentes al sur del río Litani, cortando el suministro de alimentos y la ruta de salida -o de regreso según sea la perspectiva – para los refugiados. Estos incidentes abonan la idea de que no hay medidas provisionales sino permanentes. Israel también sufre de ataques continuos en su norte de cohetes y misiles, pero la desigualdad objetiva de medios y efectos se potencian con una invasión que regresa la modalidad de vaciamiento poblacional en esta parte del planeta, pero ahora con criterios discrecionales.



Y dado que Hezbollah es parte de Al Quds, el brazo exterior de la IGRC, y que los ayatolas los consideran parte de la respuesta a la guerra iniciada el 28 de febrero, sus planes se retroalimentan con los de Israel, porque unos y otros crean los motivos de escalada del opuesto. El Líbano puede estallar por la presión que implican cientos de miles llegando a zonas de equilibrios étnicos y religiosos precarios como es la mismísima Beirut y el desplazamiento masivo de una proporción tan grande de su población puede crear otro desastre humanitario.

En Israel esta invasión puede profundizar la crisis económica. La última guerra ya consumió el 2% del PBI y podría provocar el hastío de una parte de la población que, aun apoyando una respuesta categórica al 7 de octubre, atraviesa una guerra sin una fecha de fin a la vista. Es así como esta invasión puede convertirse en un problema aun mayor porque queda por confirmar hasta donde pretende llegar Netanyahu y ver cómo procede ante la resistencia de tanta diversidad de grupos a su intento de desalojo. Esto recién comienza y el final está abierto.

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