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Malvinas y la tentación de no hacer lo que hay que hacer

Por Santiago Lucero Torres, presidente del Foro Argentino de Defensa

 

Las declaraciones de Donald Trump sobre una eventual revisión de la posición de Estados Unidos respecto de las islas Malvinas despertaron en la Argentina un entusiasmo comprensible. Pero conviene no apurarse. Malvinas es demasiado importante como para interpretar cada gesto desde Washington como aquello que nos gustaría que fuera.

El episodio nació en el marco de una presión mucho más amplia de Estados Unidos sobre sus aliados europeos. Washington dejó trascender que podría revisar su respaldo diplomático a determinadas posesiones de ultramar como parte de la discusión sobre gasto militar y compromisos dentro de la OTAN. Malvinas apareció en ese contexto como una herramienta de presión sobre Londres, no como consecuencia de una repentina revisión por parte de EE.UU. de los derechos argentinos en el Atlántico Sur.

Trump, consultado sobre el tema, mantuvo una necesaria ambigüedad. Dijo que Estados Unidos revisa permanentemente sus posiciones y no profundizó. Y eso nos obliga a separar el dato del deseo. Hasta ahora, Washington no modificó formalmente su posición histórica sobre la cuestión Malvinas.



Tampoco sería la primera vez que Estados Unidos usa las Malvinas para incomodar a Londres. Durante la administración Obama acompañó llamados a la negociación e incluso Hillary Clinton ofreció mediar. Nada de eso alteró la posición británica. Y mucho antes, en 1982, cuando fracasó la mediación de Alexander Haig, Washington terminó brindando apoyo decisivo al Reino Unido. Los antecedentes nos obligan a mirar estos gestos con bastante cautela.

Pero tampoco hay que subestimarlos. La política estadounidense volvió a poner al Hemisferio Occidental en el centro de su estrategia y, dentro de esa lógica, la permanencia de una potencia europea en el Atlántico Sur puede empezar a ser vista de otra manera en Washington. Eso no significa que Estados Unidos haya adoptado la posición argentina, pero sí que se abre un escenario novedoso y que tiene que ser trabajado con inteligencia.

Hay una convicción que sostengo desde hace años y que estos acontecimientos vuelven a poner en evidencia. Las Malvinas se recuperan en Washington. No porque Estados Unidos vaya a entregarnos las islas, sino porque el Reino Unido difícilmente se siente alguna vez a discutir seriamente la soberanía mientras tenga asegurado el respaldo estratégico estadounidense. El día en que Washington considere más conveniente para sus propios intereses una solución negociada que la continuidad indefinida del statu quo, la posición británica habrá cambiado de manera sustancial. Pero esto es solamente una parte del problema. La otra, y más importante, depende completamente de nosotros.

La Argentina tiene que volver a estar en condiciones de defender lo que dice que le pertenece y, antes incluso, aquello sobre lo que hoy ejerce soberanía efectiva. Durante los próximos años nuestro territorio debería incorporar una enorme cantidad de nueva infraestructura crítica. Vaca Muerta, la minería, los puertos, las redes energéticas, los gasoductos, las plantas de GNL, las centrales eléctricas, las comunicaciones, los corredores logísticos y la infraestructura antártica van a multiplicar activos estratégicos que alguien tiene que proteger. Hay una inconsistencia grave en pretender convertirnos en una potencia energética, minera y de alimentos, con un sistema de defensa diseñado para un país cuyos dirigentes de repente decidieron que ya no existen amenazas.

Necesitamos recuperar la capacidad de controlar nuestro espacio aéreo y nuestro mar, proteger nuestras rutas marítimas, recursos naturales e infraestructura estratégica. Eso requiere radares, satélites, inteligencia, ciberdefensa, comunicaciones seguras y sistemas modernos de comando y control. Pero también aviones de combate y patrullaje, drones, buques de superficie, submarinos, defensa antiaérea, artillería de largo alcance, cohetería, misiles y capacidad para operar de manera sostenida en el Atlántico Sur y la Antártida.

También requiere recuperar una base industrial y tecnológica para la defensa. INVAP, FAdeA, Tandanor, Fabricaciones Militares, nuestros astilleros, universidades, empresas tecnológicas y una industria privada de defensa mucho más importante tienen que formar parte de ese esfuerzo. No con la fantasía de fabricar todo en la Argentina, ni la coartada de industria nacional boba. Se trata de decidir qué capacidades no podemos perder, en cuáles necesitamos autonomía y en cuáles podemos asociarnos con países aliados o comprar en góndola.

Además, hay otro factor que la política no ha querido ver, y es que la disuasión también pasa por la economía. Después de 1982 el Reino Unido tuvo que realizar un esfuerzo extraordinario para asegurar las islas. Sólo en 1983/84 el gasto de defensa vinculado con Malvinas fue de 637 millones de libras y al año siguiente 644 millones. A medida que la Argentina dejó de representar una preocupación militar concreta, ese costo cayó abruptamente. A fines de los años ochenta ya rondaba los 60 a 100 millones de libras anuales.

Gran Bretaña construyó Mount Pleasant, consolidó su dispositivo militar y, con el tiempo, comprendió algo todavía más conveniente: no necesitaba mantener indefinidamente el esfuerzo de los primeros años porque la propia dirigencia política argentina se ocupó de degradar durante décadas su sistema de defensa. No hizo falta que Londres destruyera nuestros aviones, nuestros buques, nuestros submarinos ni nuestra industria de defensa. Lo hicimos nosotros mismos.



Gobiernos de distinto signo político postergaron inversiones, desprogramaron capacidades sin reemplazarlas y aceptaron como normal que un país con casi cinco mil kilómetros de litoral marítimo, enormes recursos naturales, presencia antártica y un conflicto de soberanía pendiente prácticamente renunciara a la disuasión. Ese terminó siendo uno de los mejores aliados de la ocupación británica.

Por eso una política seria sobre Malvinas debería perseguir también un objetivo muy concreto: que sostener militarmente la ocupación vuelva a ser una decisión costosa para el Reino Unido y sus contribuyentes. Estoy hablando de construir suficiente capacidad nacional para que ningún planificador británico pueda partir de la premisa de que la Argentina carecerá indefinidamente de medios para proteger sus intereses en el Atlántico Sur y/o recuperarlos.

La disuasión funciona precisamente cuando evita la guerra. Una Argentina capaz de controlar su espacio aéreo, vigilar su mar, operar submarinos, disponer de aviación de combate moderna, desarrollar misiles y drones y mantener una presencia permanente en el Atlántico Sur modifica inevitablemente los cálculos de cualquiera que pretenda proyectar poder sobre nuestros espacios de interés.

Ahí se encuentran las dos políticas. Malvinas se recupera en Washington, porque la relación estratégica entre Estados Unidos y el Reino Unido es una pieza central del problema, pero también se recupera reconstruyendo poder argentino. Una cosa sin la otra es insuficiente. La diplomacia sin poder termina convirtiéndose en una sucesión de declaraciones. Y el poder sin una estrategia diplomática inteligente conduce a aventuras que nuestra historia ya conoce bastante bien.

Por eso cualquier cambio favorable en la posición estadounidense debe ser aprovechado y trabajado diplomáticamente, pero sin construir nuestra política alrededor de una expectativa que dependa de Donald Trump, de su relación con Londres o de una discusión circunstancial dentro de la OTAN. La única variable sobre la que la Argentina tiene verdadero control sigue siendo su propio poder nacional. Una economía que funcione, presencia efectiva en el Atlántico Sur, capacidad militar creíble, infraestructura patagónica, desarrollo científico y tecnológico, marina mercante, energía, industria para la defensa y una política exterior seria y sostenida.

Trump puso Malvinas sobre la mesa. Es una oportunidad y debemos prestarle atención. Pero no confundamos una oportunidad con un cambio histórico que todavía no ocurrió. Nuestra obligación es trabajar para que, si ese momento llega, encuentre a una Argentina capaz de aprovecharlo.

 

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