top of page

María Corina Machado es la clave para el negocio de Trump con el petróleo venezolano


Por Ignacio Montes de Oca


Trump se reunió con las petroleras y la beneficiada fue María Corina Machado. A una semana de la reunión con Trump, a Delcy Rodríguez le llegó un cisne negro petróleo. Los ejecutivos de la mayoría de las compañías fueron claros, con el chavismo vivo, no hay negocio en Venezuela. La situación la planteó el CEO De ExxonMobile, sin un cambio profundo no es posible hacer negocios en Venezuela y no van a poner los U$S 100.000 millones que se necesitan para poner al día a su industria ni participar del Normandia Negro que pide Trump tras la captura de Maduro. El sistema petrolero venezolano fue devastado por el chavismo y PDVSA pasó de producir 3,5 millones de barriles diarios a poco menos de un 900.000 en 2025. El resto le corresponde a Chevron que dijo estar dispuesta a aumentar en un 50% su producción de inmediato.

Pero Chevron es el 21,5% de la producción venezolana gracias al apoyo de Biden y Trump para reanudar sus operaciones. El resto debería iniciar desde cero y arriesgar capitales en un escenario político incierto y que además tiene un factor de complejidad adicional en el tipo de crudo.

La mayor parte de las reservas son de petróleo pesado, un tipo de crudo mas denso que requiere de diluyentes e inyección de vapor para lograr la densidad de extracción. Esto hace que los márgenes de extracción sean menores que los del crudo liviano que producen otros países. Además, hay que reparar líneas eléctricas -algo ya anunciado por la secretaria de energía de EEUU como prioridad-, repatriar técnicos que reemplacen a los chavistas puestos a dedo e invertir en materias tan variadas como rutas, disolventes, software y sistemas de seguridad. Esto implica sumar costos de extracción. El de Venezuela está en U$S 18/30 por barril, con un costo total por otros gastos o “breakeven” de U$S 42/56. Por debajo de ese precio se opera a pérdida. Esos mismos costos en Arabia Saudita son de U$S 3/4 y el breakeven es de U$S 10/15.



El petróleo tipo “Merey” de Venezuela tiene además descuentos y, si le agregamos otros costos, como la logística y el 31% de impuestos que cobra el estado, está hoy en el borde de la pérdida de rentabilidad. Esto es lo que intentaron explicarle a Trump los ejecutivos petroleros. Con un negocio que ofrece a veces unos pocos dólares por barril, inyectar U$S 100.000 millones es un riesgo enorme o implica tiempos de recupero de la inversión de muchos años, mas que los que puede prometer Trump permanecer en el poder como garante de ese gasto.

Con una producción de 900.000 barriles diarios y un margen neto de USS 20 por barril, serían necesarios 15,2 años para recuperar solo la inversión. Duplicándola, son casi 8 años sin democracia. Si la sobreoferta baja el precio del crudo, el lapso se transforma en una eternidad. Porque el otro problema es que Trump quiere que las refinerías de EEUU preparadas para el crudo venezolano rico en azufre se pongan a trabajar a pleno y que el envío de 50 millones de barriles que hará Delcy como prenda del acuerdo con la Casa Blanca aumente a envíos mayores.

Trump ya dijo que su objetivo es bajar el precio a U$S 50 mediante el incremento de la oferta para aumentar la competitividad de la industria de los EEUU y bajar el precio de la gasolina, que es necesario para mantener una inflación que puja al alza y eso significa siempre malestar en el electorado.

Pero si baja el precio del barril por una sobreoferta, entonces baja el margen de ganancias y se acerca más o perfora en “breakeven”. La lógica fue expuesta en estos términos y trataron de explicarle a Trump que su plan tiene un problema de concepción económica de base. Necesitan un plazo suficiente para recuperar la inversión, generar ganancias aceptables, dejar una porción del negocio al gobierno, que depende en un 95% de las divisas provenientes de los hidrocarburos para funcionar, y pagar las comisiones por intermediación y protección política. Cuando hablamos de tiempo, hay que medirlo en una o más décadas y allí es donde comienza el desencuentro respecto a las etapas que propone Trump para la “transición” política venezolana en donde la seguridad jurídica y la institucionalidad está en el final del recorrido.



Trump propone que primero haya una fase de estabilización en la que el chavismo promete fagocitarse a sí mismo bajo el ala negociadora de Delcy Rodríguez y sus cómplices. Esto incluye deshacerse o controlar al sector militar de Padrino López y la facción dura de Diosdado Cabello. En la segunda fase de “Recuperación” vendría la reactivación económica y el reingreso de Venezuela al mercado global. Recién en la última fase se avanzaría en la democratización. Marco Rubio dijo que pueden superponerse fases, pero los petroleros dijeron que eso era insuficiente.

Esa critica tiene que ver con una mirada realista del escenario. Delcy controló directamente PDVSA y es una de las arquitectas de un robo sistemático de sus recursos en el chavismo de por los menos U$S 42.000 millones, de acuerdo con un estudio de Transparencia Venezuela. La base política del chavismo depende de esa corrupción y a nadie sensato se le ocurre que Delcy y su banda se convertirán en administradores honestos o socios confiables solo por miedo a Trump. Y por las leyes chavistas, PDVSA es el socio obligado para sacar petróleo en el país.

Eso conduce al hermano de Delcy y jefe de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez. Reemplazar las leyes que permiten la corrupción sistemática quedaría en manos de un funcionario que está en el tope de la podredumbre administrativa. Los petroleros no pueden confiarle sus billeteras. Si el costo de producción no puede manejarse por cuestiones de mercado, entonces se debería bajar el costo agregado que acumulan la ineficiencia y la corrupción que se quedan con un mordisco de cada barril. Hay que recortar y con el chavismo activo eso es una fantasía infantil.

Para que el cambio sea real deben cambiarse partes enteras del entramado de leyes del sector petrolero y del resto de los códigos legales. Hay que ver si los Rodríguez acceden a hacerlo, si tienen respaldo para una reforma que iría contra PDVSA y favorecería a los capitales externos. Luego hay que ver los tiempos que le demandaría aprobarlas en la Asamblea y si, una vez superada la etapa chavista, las leyes, los contratos firmados y los pactos comerciales hechos por un gobierno ilegitimo siguen siendo validos cuando llegue al poder una administración legitima.

Además, Jorge Rodríguez es el arquitecto de cada fraude electoral del realizó el chavismo y dejarlo en el poder implica que la fase tres dependería de la conversión de los hermanos para que plan se cumplan como fue previsto. Esto incluye el sistema electoral y su transparencia. Ya se dijo que las elecciones tendrían observadores externos, pero sin el control en el territorio ni una disidencia respaldada, el monitoreo de 30.000 mesas electorales es imposible sin la presencia de la oposición, que aún no habría llegado al poder. De nuevo el factor Machado.

En otras palabras, los ejecutivos cuestionaron que el plan implique dejar intacto un sistema tan oscuro como el producto que venden, para llegar a una fase tres que, por los tiempos de recupero de la inversión y los precios, puede estirarse mucho más allá de la presidencia de Trump. A Trump no le gustó la observación del CEO de ExxonMoble y ya avisó por medio del secretario de energía que quizás no tenga lugar en los planes para Venezuela. Tampoco le cayó bien el reclamo del representante de ConocoPhillips por los U$S 12.000 millones que le reclama a Venezuela. Trump le avisó que no va a cobrarlos y que debía dejar ese pedido en el pasado. Es una cifra demasiado grande como para que pase desapercibida por el resto de los ejecutivos que además ven en la discrecionalidad del presidente un factor de riesgo adicional para sus arcas.



Ese temor se confirmó por una orden ejecutiva de Trump que puso a los fondos de la venta de petróleo venezolano bajo un régimen especial que lo blinda de reclamos judiciales. Y tampoco pueden litigar en Venezuela, porque los hermanos Rodríguez controlan el sistema de justicia. Los hermanos controlan el Tribunal Supremo de Justicia y, con la salida de Maduro, aumentaron ese dominio. Es decir que tienen el manejo de los tres poderes y el electoral. Del otro lado está Trump que maneja adjudicaciones, tiempos y preferencias con un estilo discrecional de poder. Para los que deben poner el dinero esos no son detalles menores y menos aun que en las elecciones de medio término de noviembre Trump puede perder la mayoría legislativa y, con ello, el poder de aplicar las sanciones económicas y militares que le permiten controlar a los Rodríguez.

Hay otro punto que conduce a María Corina Machado y está en el hecho de que aún Delcy no mostró su poder para poner bajo su manejo a las Fuerzas Armadas. Aquella debilidad, que fue usada para sacarla de juego, es también un factor que puede ser aplicado a la dictadora interina. Padrino López lanzó una cacería de opositores tras la captura de Maduro con un decreto de “estado de excepción” de Delcy, un documento que contrariaba la promesa hecha a Washington para relajar la represión y avanzar en la liberación de los 856 presos políticos. Por el contrario, mientras se liberaba a apenas una docena de presos, las celdas y salas de tortura del régimen recibieron nuevas camadas de cautivos y el gobierno de EEUU tuvo que lanzar una orden de salida a los ciudadanos de su país para evitar los retenes montados por Padrino.

La otra evidencia de la debilidad de Delcy para controlar el territorio está precisamente en que las liberaciones de presos políticos fueron boicoteadas por Diosdado Cabelllo. El dueño del SEBIN y de la relación con todos los grupos delictivos y narcoterroristas le marcó un límite preciso. Diosdado hizo que Delcy mostrara su debilidad y que además contradijera al propio Trump cuando anunció el cierre del Helicoide, el centro de torturas mas grande de América Latina. El matadero político es operado por el SEBIN de Diosdado y todavía sigue allí, funcionado a pleno.

Si le sumamos a la Guardia Bolivariana de Padrino cazando opositores y a Diosdado haciendo ostentación de poder, entonces entendemos que Delcy maneja el circuito petrolero y administrativo, pero está lejos de ofrecer las garantías de control total que exigen los petroleros. Pero incluso si lograra desbancar a los dos hombres fuertes, el chavismo sigue siendo un factor de corrupción y nada garantiza que tras la caída de Padrino o Diosdado no surjan otros similares que jaqueen a las inversiones externas con extorsiones y violencia armada. No se les escapa que el negocio petrolero es inmenso, pero que igual de grande es el del narcotráfico, que reparte U$S 8.400 millones anuales solo en el trafico de cocaína. El botín es muy grande como para asegurar que Delcy podrá neutralizarlo y desmontarlo por completo.

Es lógica la sospecha respecto a que Delcy está ganando tiempo para ver si Trump pierde poder a partir de noviembre y así evitar una confrontación con los otros jefes del chavismo, que sobrevivió a su creador al aprender de él el arte del manejo de los tiempos políticos. Hay además una cuestión existencial. Para Delcy el riesgo de ser extraída y aparecer en un tribunal de los EEUU o de abrir la ventana para dejar entrar un Tomahawk es similar al de ser derrocada o terminar en el Helicoide. El temor a Trump no es el único que rige en Venezuela.



Los ejecutivos petroleros no se dejan ganar tampoco por las palabras de Trump. Saben que están antes de que llegara a la presidencia, que lo apoyaron para que llegue y que seguirán estando cuando su estrella se apague. Sus elucubraciones y manejos son solo un episodio más. Saben que Trump puede flexionar, alterar y hasta romper las normas a su antojo, pero también que hay una que no puede manejar y es la Ley Biológica. Con 79 años y una reelección prohibida, le quedan tres años de poder, que en los términos de una inversión petrolera son un suspiro.

Ahora se conoce que el preferido por Trump para la sucesión es el secretario de estado Marco Rubio, que tiene una mirada menos transaccional con respecto a las dictaduras latinoamericanas y que, además, fue el único dirigente que le dio lugar a María Corina Machado. Como hijo de cubanos, su historia personal lo formateó de un modo diferente y puede que esa sea la salida para que Machado encuentre un ambiente diferente para su primera reunión con Donald Trump prevista para esta semana. Veamos como se acopla con la postura de los petroleros.

Hasta ahora Trump ninguneó a Machado y dijo que le faltaba “respeto” interno para liderar un cambio en Venezuela. Esa postura tiene mucho que ver con sus debilidades de personalidad y su incapacidad para manejar sus obsesiones respecto al merecimiento del Nobel de la Paz. Cuando se organizó la reunión con Trump, Machado era una figura dejada de lado que iba a reunirse con un presidente que se arrogaba tener el poder de controlar el país que la opositora quiere presidir con el 67% de votos que recibió a través de Edmundo González en julio de 2024.

Ya había hecho un esfuerzo enorme para agradarle a Trump, incluyendo un ofrecimiento hecho en el streaming de Donald Trump JR para que las empresas de EEUU tengan preferencia en una Venezuela democrática. Aquella oferta no fue suficiente para superar a Delcy en la preferencia. Pero la reunión con los petroleros puede haber cambiado todo el tablero. Al pedir cambios de fondo están diciéndole a Trump que necesitan ya mismo la fase tres si quiere mostrar resultados tangibles a sus electores y que solo una salida democrática les puede abrir las billeteras. Esto pone a Machado en el centro de la escena en el momento justo en que por fin va a ser recibida tras 17 meses de espera. La líder venezolana sabe que para agradarle debe llevarle incienso y mirra, que en los términos actuales significa ofrecerle compartir el Nobel que recibió.

Machado debe haber entendido la oportunidad que se le presenta. Si Trump quiere sacar provecho del petróleo venezolano tiene que ofrecer una institucionalidad que los Rodríguez no pueden brindar porque sus biografías de prontuario y sus vecinos del chavismo se lo impiden. Delcy también entendió el riesgo que corre el pacto con Trump porque se apuró a pedir una reunión en la Casa Blanca en la misma semana que Machado llega a los EEUU. Su necesidad de convertir el pacto en legitimación al ser recibida como jefa de estado es casi desesperada.



Es así como el cisne negro petróleo llegó en el momento justo y si la líder opositora maneja con astucia podrá calzar con las necesidades de Trump y las de los petroleros, que ya advirtieron que su critica es una oferta final. Le plantearon un “breakeven” político sin margen de debate.

Ahora habrá que ver qué hace Trump. Si se inclina abiertamente hacia Machado puede provocar una rebelión despechada en Delcy y retrotraer el escenario a un momento madurista del chavismo. Con la líder opositora respaldada por EEUU los tiempos de su extinción podrían acelerarse. Si sube Machado, cae Delcy y con ello Diosdado y Padrino podrían encontrar la oportunidad para plantear una resistencia al estilo cubano como alternativa. Perdido por perdido, pueden presentar la gestión anterior como prueba del fracaso del dialogo con los EEUU y concentrar poder.

Queda claro que descabezar lideres no termina con el chavismo. Chavez se pasó de Géminis y Maduro hoy viste de naranja. Delcy es un fusible más. Tomar los tres poderes que hoy manejan los Rodríguez y repartirse los dividendos de los negocios legales e ilegales es una tentación. Esto haría necesaria una nueva acción militar para enderezarlos, que se vuelve menos recomendable para Trump a medida que se acerca noviembre porque volvería la espectacularidad de la captura de Maduro un asunto que finalmente no condujo a ningún resultado positivo. Pero si mantiene su actitud de desprecio hacia la representación electoral de Machado, Trump aleja la fase tres y con ello enfriaría cualquier expectativa de poder hacerse con el control del petróleo venezolano a largo plazo. Los inversores piden institucionalidad, no intrigas palaciegas.

Además, debe aflojar su costado mandón. Venezuela debe U$S 60.000 millones en reclamos ante el CIADI y otros estrados internacionales. China le reclama otros U$S 10.000 millones. Acaparar las ganancias del petróleo venezolano lo conduce a más conflictos a futuro. Esas demandas pueden afectar también los negocios dentro de Venezuela y las operaciones de las compañías en el exterior. El flujo de crudo hacia EEUU no se mueve en un ambiente estanco ni es un pomo que al ser pisado produce petróleo. Esa complejidad parece escapársele a Trump. Por ejemplo, el vínculo de ExxonMobile con China es crucial para explotar el yacimiento de Stabroek en la costa del Esequibo, en donde está asociada como la China National Offshore Oil Corporation. Allí se producen 900.000 barriles diarios, lo mismo que genera Venezuela.

Organizar la institucionalidad como piden los petroleros implica contrapesos que están muy lejos de la propuesta de Trump y la presencia del zorro en el gallinero que representa la supervivencia del chavismo amnistiado de hecho por ayudar en la República Bolivariana de Vichy. Esa institucionalidad solo se puede conseguir erradicando al chavismo y Machado solo puede lograrlo con un compromiso de los EEUU que vaya mas allá de la aparatosidad de la llegada de los Delta. Si no quiere desplegar tropas, debe apoyar a la oposición dentro y fuera de Venezuela.

Tiene que evitar los errores que cometió con Guaidó al darle solo un respaldo nominal y los de Biden cuando confió en los chavistas en Barbados. Ya empezó a recorrer ese camino al anunciar el levantamiento de sanciones, lo que fue festejado como un triunfo también en el Helicoide.

Aumentar la actividad petrolera con el chavismo dentro es otro modo de levantar sanciones. Acelerar la circulación económica aumenta los recursos impositivos y ofrece un alivio que puede ser presentado como una ventaja que hace innecesario un cambio político profundo. No importa si Trump devuelve a cuentagotas las ganancias petroleras, porque la inversión directa es un remedio inmediato para la crisis económica que atraviesa Venezuela. Los U$S 100.000 millones superan a los U$S 82.700 millones del PBI actual del país. Allí sí hay beneficio rápido. Es por eso que, si las empresas le hicieran caso al apuro de Trump, solo estarían resolviendo los problemas inmediatos del chavismo, que es precisamente el principal obstáculo para recuperar las ganancias, y estarían aportando al factor que es el que justamente las pone en riesgo.



Si Trump escucha a los petroleros a los que necesita para darle sentido al despliegue militar en el Caribe, se impone una solución a largo plazo para dejar atrás al chavismo y no volver a pactar acuerdos alambicados. El problema no era solo Maduro, es el abandono democrático. Esto implica compartir las riendas con la oposición venezolana y dejar de jugar al rol neo imperial que le funciona con los sectores fanatizados de su público, pero que deposita el poder en un solo actor que tiene el boleto de salida picado por las leyes terrenales y biológicas.

MAGA es un movimiento que puede o no perdurar tras la salida de Trump, no importa, su vigencia no es una ficha a la que quieran apostar las empresas que marchen a Venezuela en donde requieren instituciones que perduren más allá del vértigo que rige hoy la Casa Blanca. No hay de momento otra forma de resolver esa institucionalidad que dándole a Machado el lugar que le otorgaron los años de lucha. En consecuencia, no hay negocio con el petróleo ni con ninguna materia prima venezolana si antes no hace un esfuerzo supremo para compartir el poder. Luego deberá resolver como reordenar su pacto con el chavismo. Todo tiene un costo más allá de los deseos, no solo funciona con el barril de petróleo. Su pacto con la dictadura es sencillamente antieconómico y corre el riesgo de caer en algunas de las trampas del chavismo. Si Trump quiere ganancias debe invertir en democracia. Ese es el único insumo que les falta a las petroleras para animarse a mandar dinero en las cantidades que se les pide. El único proveedor de ese servicio en Venezuela hoy es Machado. No es nada personal, solo negocios.

bottom of page