Por qué Irán no colapsa pese a la asfixia de Washington

Por Ignacio Montes de Oca
A comienzos de octubre de 2026, Irán atraviesa una contradicción que desborda los manuales de la guerra económica. El país muestra un descalabro financiero, energético y social profundo. Nadie duda de que los ataques golpearon con fuerza su economía. Al mismo tiempo, el régimen conserva la capacidad de resistir las presiones de Washington, mantiene un veto sobre el Estrecho de Ormuz y parece tener margen para calcular el calendario electoral estadounidense. Descifremos esa contradicción aparente.
El colapso económico existe. El político también y no llega solo. La pregunta útil no es si Teherán sufre, sino cuánto puede aguantar, qué motivos tiene para hacerlo y quién decide dentro del régimen hasta dónde se llega con esa resistencia.
Las cifras pintan una economía contra las cuerdas. El Fondo Monetario Internacional proyecta una contracción del PIB de entre el 5,4% y el 6,1% en 2026, con una inflación media cercana al 69%. En el primer trimestre del año persa, el Centro Estadístico de Irán registró una caída del 26,4% en las ventas de petróleo y gas.
El bloqueo naval estadounidense dejó las exportaciones marítimas de crudo en un goteo. Kpler y Reuters sitúan las cargas recientes en torno a 220.000-260.000 barriles diarios, frente a más de 1,5-2 millones antes de la guerra. Esa caída borró decenas de miles de millones de dólares de renta estatal. Los daños en South Pars y el corte de envíos de gas a Irak agravaron el cuadro.
La pérdida pegó de lleno a la sociedad. La inflación de alimentos superó el 105-130% interanual, según el Centro Estadístico y reportes de Dow Jones. El rial cotizó en el mercado libre por encima de 2 millones -y en tramos recientes más de 2,3 millones- por dólar, de acuerdo con Reuters y The Washington Post. Antes de la guerra estaba en 1,4/1,5 millones.
El salario mínimo equivale hoy a unos 80-95 dólares mensuales. El Banco Mundial estima que, de unos 86 millones de habitantes, más de 32 millones viven con menos de 8,30 dólares al día. Reuters documentó, además, la pérdida de cientos de miles de empleos. Las estimaciones oficiales del propio Ministerio de Trabajo iraní confirmaron la pérdida de 1 millón de empleos directos y alrededor de 2 millones de empleos indirectos tras los bombardeos que paralizaron los principales centros de producción.
En el plano civil, la Misión de Investigación de la ONU calificó de lesa humanidad la represión de las protestas que empezaron a finales de 2025. No hay un recuento único: el gobierno admitió 3.038 muertos; Iran Human Rights identificó más de 4.200 nombres; listados de derechos humanos atribuyeron al menos 221 de esas muertes a niños. Hubo decenas de miles de detenciones, tortura, ejecuciones vinculadas a las protestas y apagones digitales. La fatiga quedó. El miedo también. El nacionalismo hizo el resto de la tarea de disminuir el reclamo interno.
Irán puede administrar la pobreza y el descontento. Pero no puede inventar nafta refinada ni principios activos si el mar permanece cerrado. El vicepresidente, Mohammad Jafar Ghaempanah, reconoció a finales de agosto, según IRNA y AFP, que la producción interna de gasolina no alcanzaba y que el bloqueo impedía importar el faltante. Iran Open Data estimó un déficit diario de unos 14 millones de litros. Dow Jones situó la producción recuperada en 121-130 millones de litros frente a un consumo de 135-150. The New York Times describió colas nocturnas en las gasolineras. La refinería de Laván quedó fuera de servicio.
En medicamentos, la Asociación de Farmacéuticos habló de decenas de fármacos críticos y, en balances más amplios, de cientos de presentaciones en falta: tratamientos para el cáncer, la talasemia y la diabetes. El Ministerio de Salud, Kyodo y Al Jazeera señalaron que hubo una importante cantidad de fábricas y hospitales dañados en la campaña aérea.
La nafta, los fármacos y la caja en divisas marcan un techo más cercano que el pronóstico de “12 a 24 meses” que circuló al comienzo de la campaña de máxima presión. Aquella cifra, atribuida entonces a lecturas de inteligencia occidental y a firmas de riesgo -y que se ligó a Dow Jones-, describía un margen político, no una garantía de abastecimiento. Dow Jones, en un análisis del 22 de septiembre, fue más sobrio: Irán puede mitigar la crisis; no puede resolverla. Steptoe, en las mismas semanas, resumió el consenso de otra manera: una quiebra económica plena queda a meses o, con más probabilidad, a años. La capacidad de combatir, según esa lectura, se preserva incluso cuando faltan bienes en las casas.
Ese desfase es el punto. Tres fuentes iraníes dijeron a Reuters, a inicios de septiembre, que el país tenía alrededor de dos meses de gasolina. Steptoe calculó que los 29 millones de barriles a flote cerca de Malasia podían durar apenas un mes al ritmo de venta de entonces. The Maritime Executive, con datos de Kpler, situó el agotamiento de los cobros de esa reserva a principios de 2027. Capital Economics, ya en abril, estimó que las divisas accesibles no cubrían más de tres meses de importaciones de preguerra. Son relojes de inventario. No son el reloj del Estado. Pero todos cuestionan una inminencia de derrumbe a muy corto plazo.

El otro reloj lo describió Esfandyar Batmanghelidj en Foreign Affairs y en The Washington Post: el régimen descarga el golpe sobre los hogares, conserva reservas acumuladas por años de sanciones y piensa como un boxeador inferior que busca agotar al rival en doce asaltos. Foreign Policy añadió que no hay señales de un colapso fiscal inminente y que las reservas de oro -unos 45.000 millones de dólares, según esa lectura- alcanzarían para cubrir varios años de comida y fármacos básicos.
El presidente Pezeshkian advirtió, aun así, que Washington busca un “colapso social”. El presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, lo dijo más crudo: por mucha fuerza militar que haya, un pueblo hambriento y sin circulación financiera no resiste. El plazo de uno o dos años no es, entonces, un salvoconducto. Describe la probabilidad de que el aparato -la IRGC, los bancos, las raciones, los túneles- siga en pie mientras se vacían tanques y farmacias. El régimen puede racionar y alargar colas. No puede sostener para siempre un Estado que importa lo que no refina. La pregunta abierta no es si hay margen. Es cuál de los dos relojes vence primero: el de la caja o el de la voluntad de quienes mandan.
El bloqueo no capturó, sin embargo, el petróleo ya estacionado fuera de Ormuz. Kpler, citado por The Maritime Executive, estimó que el crudo iraní a flote bajó de unos 192 millones de barriles a mediados de abril, a cerca de 80 millones a finales de agosto. Reuters y Fox News situaron entonces casi 40 millones cerca de Malasia. Los recuentos de septiembre, recogidos por Steptoe y The Washington Post, dejaron el remanente más líquido en torno a 29 millones. Esa es la foto actual: un colchón que se encoge pero que podría resistir por algunos meses.
La crisis encareció cada barril que queda. El monitor del Estrecho de Ormuz situó el Brent, el 27 de septiembre, en unos 97 dólares, un 35% por encima del entorno de 72 dólares de febrero. En sesiones de esta semana el Brent tocó o superó los 100-104 dólares, según Reuters y MarketScreener. A 97 dólares, esos 29 millones de barriles equivalen a unos 2.800 millones. Con el descuento chino de 10 a 12 dólares por barril que estima UANI, el cobro efectivo ronda los 2.500 millones. No sustituye a Kharg. Alcanza para semanas o pocos meses de importaciones esenciales. Esos meses son la apuesta a favor de resistir las presiones.
Quien cobra no es un ministerio anónimo. Reuters atribuyó al IRGC y a sus afiliados cerca de la mitad de las exportaciones petroleras, a través de empresas pantalla y de la flota sombra. UANI cargó esos ingresos al aparato de la Guardia. La Compañía Nacional Iraní de Petróleo sigue en la cadena formal; el dinero operativo circula en transferencias de buque a buque en los Eastern Outer Port Limits, frente a Johor, donde CNN y el Wall Street Journal describieron el trueque con refinadores chinos. Cada venta vacía el colchón y, a la vez, alimenta misiles, drones y la caja de importación.
Los bombardeos dañaron a la industria superficial, los lanzadores móviles y parte de la base tecnológica. Pero no anularon el inventario ni la reposición. Las cifras públicas no coinciden en un stock único. El rango más citado tras las campañas de 2025-2026 sitúa los misiles balísticos residuales entre 1.000 y 2.000. Irán ha lanzado más de 2.400 misiles balísticos contra Israel, bases de Estados Unidos y diversos países del Golfo Pérsico, ese 60% de remanente es un rango previo estimado y una carta que Teherán sigue dispuesto a mostrar.
Evaluaciones de inteligencia israelí y reportes de defensa estiman que el inventario global de drones kamikaze -principalmente de las familias Shahed-136, Shahed-101 y Mohajer- se sitúa en un techo máximo de hasta 80.000 unidades listas para el despliegue.
El Wall Street Journal informó, con fuentes estadounidenses y regionales, que Teherán reanudó el ensamblaje con componentes guardados en túneles, entre ellos Khojir. Las “ciudades de misiles” del Zagros y el Alborz permiten guardar y relanzar sistemas, aunque se destruyeran las plataformas de superficie.
En drones ocurre lo mismo. Algunas evaluaciones de defensa —recogidas por Reuters y por firmas como Defence Security Asia— sitúan techos muy altos: decenas de miles de unidades en stock, hasta 10.000 aparatos al mes o picos de cientos de Shahed al día. Otras lecturas públicas hablan de ritmos mucho más bajos y de un inventario que nadie ha auditado.
Lo que sí sostiene el costo asimétrico es más sobrio: los Shahed salen baratos -unos 35.000 dólares por unidad, según estimaciones habituales-, se ensamblan de forma dispersa y dependen en buena parte de electrónica china, de acuerdo con el departamento del Tesoro de EE. UU. y el Middle East Institute. Aguantar no exige fabricar 400 al día. Exige reponer lo suficiente para obligar al adversario a gastar interceptores caros como los Patriot y THAAD que comienzan a escasear.
Allí hay una guerra paralela. Irán asumió un costo directo por los bombardeos del rango de los 34.000 millones a 58.000 millones de dólares de acuerdo con los cálculos de Rystad Energy/CNBC. EE. UU. estimó su factura en unos 43.6 mil millones de dólares, según el desglose oficial más detallado presentado por el Pentágono ante el Congreso. Adicionalmente, la Oficina de Presupuesto del Congreso reportó que el conflicto genera un gasto operativo adicional de entre 2.000 y 3.000 millones de dólares por cada mes que se prolonguen las hostilidades.
Los presupuestos de ambos bandos están tensionados, aunque queda claro que por una cuestión de escalas la de EE. UU. sufre un impacto proporcionalmente menor. No obstante, ambas economías están sintiendo el impacto por vías diferentes. Eso presiona a la inflación, las tasas y en definitiva al poder político para que intervenga en la búsqueda de alterar el actual statu quo que no parece haber convertido a la crisis en un asunto crónico.
El gobernador del Banco Central, Abdolnaser Hemmati, anunció en septiembre capacidad para inyectar hasta 2.000 millones de dólares en el mercado cambiario y dijo que había abastecido miles de millones para bienes esenciales, según Reuters y Tehran Times. Las siete rutas terrestres que van de Pakistán hacia Asia Central y los trenes hacia China, no sustituyen a los superpetroleros. Sí alargan días de resistencia y permiten el contrabando. Las rutas e industrias del IRGC no resolvieron la crisis: la administran.

En las ciudades, el Estado combina raciones mínimas con una coerción visible. Los cupones electrónicos y las transferencias directas evitan, por ahora, una hambruna abierta, mientras unas 610.000 tropas activas -Ejército regular e IRGC- y cientos de miles de basijíes movilizables ocupan el espacio público, según estimaciones habituales del IISS. Tras la masacre de enero, una parte de la población dejó de salir no por lealtad, sino por subsistencia y por el costo de volver a protestar.
Washington e Israel dieron por descontado, al inicio de la guerra, un segundo frente que no se abrió. Informes de Axios y The Washington Post atribuyeron a Netanyahu y al Mossad -con la CIA después en la mesa- la idea de armar a facciones kurdas iraníes en el norte de Irak para entrar en el oeste del país cuando la aviación aliada sofocara al IRGC.
Netanyahu, el 1 de marzo, llamó en un vídeo a persas, kurdos, azeríes, ahwazíes y baluches a unirse contra el régimen. Trump habló con líderes kurdos y, según The Washington Post, ofreció cobertura aérea. El 8 de marzo se echó atrás a bordo del Air Force One: dijo que el conflicto era “demasiado complicado” y que no quería kurdos “heridos o muertos”.
Al Majalla resumió el desenlace: el frente kurdo no llegó a existir. El Centro de Estudios de Al Jazeera apuntó las causas: cifras infladas de combatientes, grupos divididos, veto turco e iraquí, bases golpeadas de antemano en el Kurdistán iraquí y una población kurda que acababa de pagar un costo muy alto la masacre de enero.
The Amargi y Gulf House constatan lo mismo en el resto de las periferias. Hubo quejas y choques locales. No hubo rebelión étnica coordinada. En junio y julio el PJAK y el KDPI chocaron con el IRGC en Mariván, Mahabad y el triángulo Baneh-Saqqez. Fueron escaramuzas de decenas de muertos, no la ofensiva que el Mossad y la CIA diseñaron en febrero. Teherán no solo reprimió. Ganó, además, el relato nacionalista: una invasión extranjera que invitaba a las minorías a romper el país cerró filas en el centro y dejó a las milicias kurdas sin cobertura ni mandato popular.
El poder, de todos modos, no habla con una sola voz. Se reparte entre la oficina del líder, el IRGC, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el gobierno, el Parlamento y las redes clericales. Esa dispersión da resiliencia: la muerte de Alí Jamenei no vació el aparato; Mojtaba y la Guardia absorbieron el golpe. Pero a lo largo de la contienda lograron mostrar al ala política que es la facción teocrática la que maneja los hilos esenciales del poder. Hay disputas y tensiones en torno a las salidas de la crisis, pero los clérigos y guardias tienen la última palabra.
The New York Times reconstruyó cómo una facción dura, asociada a Hossein Taeb, tumbó el memorando de junio al atacar buques en Ormuz sin autorización de Masoud Pezeshkian ni del alto mando del IRGC. Mojtaba, apenas visible desde que asumió, no arbitró a tiempo. Pezeshkian y el canciller Abbas Araghchi buscaron un canje que reabriera el estrecho a cambio de levantar el bloqueo, de exenciones petroleras y de unos 12.000 millones en activos congelados.
El presidente dijo a CBS, según IRNA, que la oferta de siete días de finales de septiembre se había coordinado con Mojtaba y que un equipo de seis miembros -gobierno, Parlamento y fuerzas armadas- tenían mandato para decidir. Los duros tratan cualquier apertura de Ormuz sin contrapartida máxima como una capitulación. El régimen resiste y, a la vez, vuela sus propias salidas. La no cesión ante Washington es el mínimo común entre facciones que no se fían unas de otras.

Trump dijo que la guerra “terminará inmediatamente después” de las midterms del 3 de noviembre porque, según él, Irán “no aguanta más” y “espera a ver cómo me va en la elección”. Lo reiteró ante la ONU el 22 de septiembre. The Atlantic y Reuters describieron una Casa Blanca que quiere mantener el conflicto “en silencio” hasta noviembre, apostar a la asfixia económica instrumentada por Scott Bessent y evitar que el precio local de la gasolina monopolice la campaña en EE. UU. Un asesor resumió la consigna: “Solo intentamos aguantar hasta las midterms”.
Parte del liderazgo iraní leyó ese apuro al revés. No necesita ganar la guerra. Necesita que el costo -el petróleo, la inflación, la sensación de atolladero- golpee a Trump cuando menos margen tiene. Analistas citados por MS NOW y Gulf News subrayaron la apuesta: un Congreso demócrata intentaría limitar la acción militar; un Trump debilitado pagaría más por una “victoria” vendible.
El cálculo puede salir caro. Trump rechazó el 26 de septiembre la oferta de siete días, según el Wall Street Journal, y dejó abierta la reanudación de bombardeos después del 3 de noviembre. Aguantar cinco semanas no garantiza un Washington más blando. Puede entregar un Washington con las urnas detrás y con menos temor a escalar. Las midterms estimulan la resistencia. No la aseguran.
Mientras tanto, el Estrecho sigue siendo un derecho de veto. Las minas, las lanchas rápidas, los drones navales y los misiles antibuque no cierran del todo una vía por la que transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial, pero encarecen el seguro, retrasan los convoyes y obligan a Washington a elegir entre una guerra naval indefinida o un canje político. Teherán comprobó que el mercado se adapta mejor de lo previsto y que su palanca se erosionó. Pero aun así mantiene los mecanismos para encarecer el paso por Ormuz y estimular una duplicación del escenario al apoyar a sus aliados hutíes para que tensionen el paso por Bab el Mandeb. Ese combo de interferencias al tráfico marítimo es otra carta para ganar tiempo.
Abrir el corredor de Ormuz de forma gratuita, con Kharg bloqueado y las sanciones secundarias en pie, entregaría el último activo estratégico a cambio de un alivio parcial. Por eso el núcleo de seguridad raciona nafta, vende en Malasia el crudo ya fuera de Ormuz a precio de crisis y reconstituye misiles bajo tierra antes de aceptar esa ecuación.
Irán no cede, pese a la asfixia, porque el pueblo paga el precio -colas de combustible, medicamentos inencontrables, salarios pulverizados- y el liderazgo convierte ese sufrimiento en moneda de resistencia. Rendirse sin una contrapartida total desarmaría al propio régimen.
El escudo no es la prosperidad. Es la suma de túneles, drones baratos, redes de evasión, represión interior, un alzamiento periférico que no llegó, facciones que se vetan entre sí, un stock de crudo ya más allá de Ormuz cuyo valor subió con la guerra, y un reloj electoral estadounidense a cinco semanas de las midterms.

Washington apuesta a que la nafta y la caja iraní se acabarán antes que su voluntad política. Teherán apuesta a que el costo político que asume Trump por no poder resolver la guerra por las armas vencerá antes que su propia escasez. Ambos podrían equivocarse porque el plazo de noviembre es solo un límite temporal que no resuelve el problema de fondo. Mientras esa apuesta sigue en pie, Trump no se retira y el colapso social iraní no se produjo ni condujo a una capitulación, y las reservas flotantes son una de las claves de su resistencia.
Cada venta que vacía el colchón petrolero es, a la vez, una bocanada de aire para el aparato de seguridad de Teherán. No alcanza para normalizar el rial ni abastecer a las farmacias, pero si para un alargue militar. Quizás el tema haya sido parte de la conversación entre Donald Trump y Xi Jinping en la reciente cena de la Casa Blanca. Sin embargo, más allá de la cordialidad, China no dio señales de querer cambiar el esquema de compra que le da sobrevida a Irán.
La resistencia iraní no busca una victoria convencional ni una recuperación imposible bajo el nivel actual de destrucción. Busca tiempo. El inventario a flote, las reservas de oro y la capacidad de racionar están pensados para estirar la cuerda hasta el 3 de noviembre. Esa noche se decide si Trump llega a 2027 con el Congreso o en minoría, con menos margen para escalar o con menos miedo a hacerlo.
Teherán apuesta a que mientras tanto un Brent sostenido cerca o por encima de los 100 dólares y una gasolina cara en los surtidores estadounidenses jueguen a su favor. Washington apuesta a que la nafta y la caja iraníes se agoten antes. O que una amenaza de destrucción mayor escale finalmente en la dirigencia de Teherán y les obligue a abrir los oídos y Ormuz.
La pregunta que define el desenlace de esta guerra paralela ya no se responde en los frentes de batalla, sino en los surtidores de combustible de ambos países. Aunque la economía iraní está rota, el régimen confía en que su armazón político resista el invierno interno hasta que el reloj electoral de Washington agote el capital político de Trump. Del otro lado, la Casa Blanca promete una represalia épica si su estrategia de asfixia no surte efecto
En este choque de voluntades, es muy probable que a la insistencia diplomática le siga otra ronda de ataques bélicos para intentar romper la intransigencia del rival. Mientras el mundo observa, una certeza queda en claro: las elecciones de noviembre no serán el fin de la guerra, sino el inicio de una nueva y más impredecible temporada de hostilidades. El desenlace aún no está a la vista.



