Un acuerdo tan inminente como engañoso entre EEUU e Irán
- Ignacio Montes de Oca
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Por Ignacio Montes de Oca
Ahora es Trump el que pone impedimentos a un Acuerdo con Irán al pedir a Arabia Saudita, Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania que se sumen a los Pactos de Abraham. Los países árabes ya dijeron que sin Estado Palestino es imposible y Turquía rompió relaciones con Israel en noviembre de 2024 por la situación en Gaza. Egipto y Jordania también condicionan una normalización diplomática a la situación de los dos Estados y a que cese el avance de Israel sobre los territorios palestinos.
Incluso se le pide a Emiratos Árabes Unidos y a Bahrein, que ya se habían unido en 2020. En un rapto de surrealismo político le pide también a Irán, manejado por una teocracia que juró destruir a Israel, que también firme los Pactos.
El pedido pareciera buscar algún logro compensatorio para calmar el rechazo de Netanyahu a los borradores de acuerdo que hicieron circular Irán, EEUU y los estados árabes para sondear la viabilidad de cada paso que proponen. Y para Trump pedir que haya una concesión hacia Israel es un intento por obtener una ganancia demostrable frente a un pacto que se perfila como demasiado complaciente con Irán.
En la actual redacción desaparecieron cuestiones clave como el control misilístico y de los proxies iraníes. Pero se le sumó un abordaje permisivo respecto a Ormuz y posibles relajos en las sanciones que, junto a un posible descongelamiento de los fondos iraníes embargados, podrían ser exhibidos por Teherán como una victoria política detrás de su derrota militar.
Pero también el pedido de Trump es una demanda maximalista que luego puede ser esgrimido como excusa por su rechazo final a un cese el fuego temporal. En ese caso podrá decir que la intransigencia ajena hizo fracasar su voluntad pacificadora. En Oslo no podrían decir que no lo intentó con todas sus ganas.
Pero incluso Trump sabe que para los estados sunitas es un imposible cumplir con esos requisitos y que Irán va a rechazar un acercamiento masivo de los países de la región con Israel, porque eso es lo que implican los Pactos de Abraham. Pedir tal cosa en este momento en particular es como reclamar una cuota LGTB en los ministerios de la región.
Por otra parte, para las naciones sunitas de Medio Oriente abandonar la cuestión palestina es una invitación a reemplazar - o sumar - la amenaza de Irán por turbulencias política internas en los países musulmanes y eso podría ser tan corrosivo como el riesgo que supone un Irán rearmado y con recursos financieros y militares renovados.
De todos modos, la posibilidad de un acuerdo disminuye también por el lado iraní, que ya rechazó negociar un abandono de su programa nuclear, la entrega del uranio enriquecido y regresar el paso por Ormuz al estatus de preguerra. Eso sí, aceptó no cobrar peaje. Lo que va a cobrar es un "impuesto ambiental" que es tiene la misma diferencia que hay entre una Coca Cola y una Pepsi.
Y en el nuevo acuerdo no se menciona un sistema de monitoreo que reemplace al de la OIEA, expulsada por el Parlamento iraní tras los ataques de junio del año pasado. Sin verificación, se dependería de los propios ayatolas el saber si están trabajando para tener una ojiva. El JCOPA de Obama lo preveía y además contaba con la participación de Rusia, China, Gran Bretaña, Alemania y Francia como garantes. Y otro detalle: en los borradores se habla de 400 kg de uranio enriquecido que debe entregar, cuando el total estimado por la OIEA a junio del año pasado era de 440 kg. Con esos 40 kg se puede destilar suficiente material para una ojiva, un detalle minúsculo que nadie pareciera querer corregir. Y queda el uranio que podría haber enriquecido desde el primer ataque en las instalaciones que fueron destruidas pero que luego tuvieron que volver a destruir como en la ocasión anterior.
Teherán ya está en manos del ala dura y los que tenían alguna voluntad negociadora o querían discutir la cuestión nuclear ya plegaron por completo sus alas para acomodarse a los pedidos más radicales de la Guardia Revolucionaria Islámica y de Mojtaba Jamenei, que debe usar las muletas del IRGC para moverse en un ambiente caldeado por los efectos del ataque de EEUU e Israel.

Lo que queda claro es que ambos países avanzan hacia objetivos que nada tienen que ver con un cese el fuego. Irán gana tiempo para rehacer su sistema de extorsión regional con la perspectiva de aplicar beneficios de los hechos consumados en Ormuz mientras prepara el terreno para hacer arreglos por separado con las coronas petroleras una vez que EEUU renuncie a seguir involucrándose en acciones armadas, si es lo que finalmente sucede.
Teherán tampoco quiere la paz. O la desea solo si logra rendir a EEUU e Israel en una misma jugada política y eso es tan improbable como que Trump invite a Mojtaba a tomar el té con sándwiches de jamón y queso en el Salón Oval. Puede que el rechazo a una nueva fase de la guerra de parte de las coronas petroleras le juegue a favor circunstancialmente, pero no hay modo que el resto del mundo acepte un futuro en el que un día amanezca anunciando que es una potencia nuclear. Pero sabe que solo pueden ser derrotados con una campaña militar in situ, una posibilidad que la Casa Blanca parece haber descartado por sus costos militares y electorales.
Trump está elaborando una salida más vendible que la guerra. A medida que se acerca noviembre y los efectos de su intervención se hacen más agudos en la economía de EEUU, ampararse en el fracaso de la mediación árabe y la intransigencia iraní es la excusa ideal para acusar a terceros de una crisis que está muy lejos de resolverse. Y de paso puede mostrarle a Israel que lo dio todo para no traicionar la alianza que los une.
El problema central es que esta solución frenaría nuevos ataques a Irán de parte de EEUU pero no resuelve el conflicto, que sigue vigente porque sus causas originales permanecen intactas. Israel, que fue el único marginado en esta última ronda de conversaciones, sigue percibiendo a Irán y su programa nuclear como un riesgo existencial. En tanto no se resuelva ese asunto y la cuestión de los proxies como Hamas, Hezbollah, la Yihad Islámica y los hutíes sigue en pie su promesa de continuar su campaña militar, con lo cual cualquier acuerdo durará lo que un Big Mac en el escritorio de Trump.
Dada la superioridad militar israelí y la decisión de continuar sus acciones en Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria es imposible hablar de paz en la región precisamente porque allí convergen tanto los intereses de Irán como los de los países sunitas. Y además Teherán ata cualquier pacto a que integre los frentes regionales en un mismo cese el fuego. Aceptar esa condición es ponerle un corsé militar a Israel y una invitación a que esos proxies se rehagan sin la presión de bombardeos y redadas.
Por eso el forzar una adhesión a los Pactos de Abraham es casi como dictarles un fin anticipado a las negociaciones, en el caso de que sea una condición sine que non.
El segundo escenario es el del regreso de los combates si las encuestas dentro de EEUU muestran a Trump que la opinión pública local percibe un pacto como una claudicación y que eso lo expone a una derrota aún más dura en las próximas elecciones de medio término. Perder poder es para Trump también un riesgo existencial y hay que ver si lo lastima más tener que gobernar la segunda mitad de su mandato con el Congreso en contra o ver como su imagen se deteriora hasta el punto de dejar un legado fallido. En el caso de que la reacción sea mostrar que tiene suficiente altura política como para no necesitar tacos y ordena volver a la batalla, se vuelve al mismo escenario previo al 8 de abril, pero con una excusa para reiniciar la ofensiva que puede ser facturada también a sus aliados en Medio Oriente. A todos menos a Israel.
La impostura duró tres días, los suficientes como para hacer que el petróleo dibuje otra vez una línea de valles y cumbres en la que muchos están haciendo negocios fabulosos. Otra vez las presunciones fueron sucedidas por las certezas de un manejo que ya lleva casi 90 días de manipulaciones con propuestas fantasiosas, pactos que están a la vuelta de la esquina y caídas en la realidad que revelan que además de la escasez de petróleo, gas y fertilizantes, hay que sumarle la falta cada vez más agudizada de sentido común.



