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Argentina y Chile ante una oportunidad estratégica

Actualizado: hace 4 días


Por Santiago Lucero Torres – Foro Argentino de Defensa

 

Esto no se trata de una propuesta cerrada ni de un tratado imaginario. Es simplemente una reflexión. Una invitación a pensar no desde cómo somos, reactivos, desconfiados y cortoplacistas, sino desde cómo podríamos ser si nos animáramos a jugar en serio con la geografía que nos tocó.

Es verdad que el pasado pesa y hay cosas que no se pueden ni se deben barrer bajo la alfombra. Argentina y Chile arrastran una historia larga de recelos, límites, arbitrajes, laudos, el Beagle y, después, 1982. Para la Argentina, la posición de Chile durante la guerra de Malvinas no fue una jugada diplomática. Sigue siendo una herida sangrante y para muchos una traición, de esas que duelen como duelen los golpes entre hermanos. Y eso sigue ahí, aunque intentemos disimularlo.

Pero el mundo no se detiene a esperarnos. Hoy el comercio es geopolítica, la energía es poder y la logística define quién compite y quién se queda mirando desde la banquina. En ese tablero, Argentina y Chile por separado son dos países medianos que se siguen comportando como si fueran potencias. Cada uno busca socios afuera, como si el vecino fuera un problema a administrar en vez de un activo a potenciar. El resultado es evidente: agendas paralelas, oportunidades perdidas y terceros jugando con nuestras necesidades.

En esta dinámica, la complementariedad entre ambos países sigue siendo una oportunidad potente. Argentina tiene escala, recursos, masa crítica, un Atlántico Sur que es un escenario estratégico permanente y una base industrial que, a pesar de las crisis, todavía existe. Chile se despliega sobre el Pacífico, con puertos orientados al Indo-Pacífico y una cultura logística muy afinada. Uno mira al Atlántico, el otro al Pacífico, conformando un poderoso puente bioceánico. No un eslogan de cumbre, sino un puente auténtico que se podría medir en rutas y ferrocarriles útiles, en pasos cordilleranos operativos, en tiempos de cruce más eficientes, en cadenas de valor que se integren, en turismo que multiplique destinos y en comercio exterior que se transforme en un verdadero músculo para ambos países.

Separados, nos bajan el precio. A Chile, negociando con potencias, le pueden conceder ventajas puntuales, pero siempre al costo de quedar atado a agendas ajenas. A la Argentina, negociando sola, la suele dominar la urgencia, improvisa, cede margen y firma desde la necesidad. Cada uno cree que gana algo en el corto plazo. En el largo, perdemos los dos, porque un sur fragmentado es un sur fácil de condicionar.

No se trata de negar heridas y mucho menos de disfrazar diferencias. Se trata de pensar de manera realista escenarios más ambiciosos y con más sentido para ambos, en lugar de quedar atrapados en el reproche permanente. Las alianzas fuertes de la historia, por lo general, nacieron de una lectura cruda del mundo y de intereses que, en un momento, se alinearon. Francia y Alemania pasaron de guerras devastadoras a construir el núcleo de Europa. Estados Unidos y Vietnam pasaron de una guerra brutal a una relación estratégica. Simplemente se pusieron de acuerdo porque la alternativa era peor.

En nuestro caso tenemos, además, el desafío de pensar si es posible y de qué manera se podría proyectar, planificar y cooperar a futuro con un país que, a su vez, coopera y planifica con quien usurpa nuestro territorio. Negar esta realidad sería inútil. Pero convertirla en una excusa para la inacción perpetua, también. No pretendo con estas líneas más que invitar a un debate adulto sobre intereses.



Y si miramos nuestra propia historia, la fraternidad entre Chile y Argentina existió siempre, incluso antes de que nos convirtiéramos en naciones modernas. Hubo una columna auxiliar de 500 chilenos que cruzó la cordillera para apuntalar la revolución en Buenos Aires en 1811. También hubo un ejército completo al mando del general San Martín cruzando los Andes. Cuando hubo claridad sobre el objetivo, trabajamos juntos por la libertad y la soberanía de nuestra tierra y de nuestra gente. Esa memoria también existe y también vale.

Existen demasiadas oportunidades para incluir en estas líneas. Podríamos pensar, por ejemplo, en una agenda bioceánica de infraestructura y logística. Menos corredores en presentaciones y más pasos cordilleranos que funcionen todo el año. Un camión que pierde un día en un cruce pierde mucho más que tiempo, pierde mercado. Y cuando se pierde mercado, se pierde soberanía económica.

Podríamos pensar también en integración energética con reglas estables. Energía no es solo tarifa, es industria, empleo, competitividad y autonomía. Pensar, además, en mayor cooperación para la seguridad de infraestructura crítica, ciberseguridad, respuesta ante emergencias, búsqueda y rescate. Y sobre todo en algo que ya no admite demora, como el avance del narcoterrorismo y todo el paquete completo de amenazas que trae a cuestas: financiamiento criminal, tráfico de armas, control territorial, corrupción, violencia urbana, captura de instituciones, penetración en puertos y rutas, y presión sobre zonas fronterizas.

El dolor por Malvinas no se borra. Pero tampoco puede ser la coartada para seguir cuarenta años más administrando susceptibilidades. La pregunta no es si nos caemos simpáticos. La pregunta es si queremos seguir siendo dos países medianos mirando el mundo desde la periferia, o si podemos construir un polo austral con voz propia.

Los acuerdos con potencias extranjeras y el buen entendimiento entre líderes de turno seguramente pueden abrir puertas y acelerar decisiones, pero son variables. Cambian con elecciones, con crisis y con intereses ajenos. Lo único permanente es la geografía. Compartimos miles de kilómetros de cordillera, una frontera que no solo separa, también puede unir, ordenar y proyectar. Si alguna vez queremos hacer algo verdaderamente grande en el sur del mundo, no va a nacer de una foto en Washington, Londres o Pekín. Va a nacer de la capacidad de cruzar los Andes con confianza, reglas claras y una ambición común.




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