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Agosto de 2026: la guerra en Ucrania se estanca y las retaguardias arden


Por Ignacio Montes de Oca


La guerra entre Rusia y Ucrania atraviesa una paradoja: ambos ejércitos emplean más drones y misiles de largo alcance que nunca y golpean con intensidad la retaguardia rival, pero, desde los primeros meses de la invasión de febrero de 2022, las líneas del frente nunca habían cambiado tan poco.

Tras más de cuatro años, el conflicto se mide menos por el territorio ocupado que por la capacidad económica, industrial y política para sostenerlo. Los datos de julio y comienzos de agosto confirman el cambio: Rusia avanzó 36 km² de territorio verificado visualmente, una cifra insignificante en un frente de más de mil kilómetros. Otras fuentes incluyen territorios en disputa y elevan el avance a 88 km², aunque se trata de incursiones que amplían las zonas grises.

La comparación con 2025 muestra la magnitud del cambio. En el verano boreal de ese año, Rusia llegó a ocupar 16 km² diarios; un año después, el ritmo cayó a poco más de uno por día: una baja superior al 90 % y, probablemente, el dato militar central de 2026. Rusia aún avanza, pero a un ritmo que le demandaría entre 8 y 15 años tomar el resto del Donbás.

El primer semestre refuerza la tendencia. Rusia perdió territorio neto entre abril y mayo por los contraataques ucranianos y recuperó parcialmente la iniciativa en junio y julio, sin avances relevantes. En seis meses sumó unos 600 km², apenas una cuarta parte de lo obtenido en igual período de 2025. A este ritmo, no podrá ocupar toda la provincia de Donetsk antes de fin de año, como ordenó Putin.

La desaceleración no implica que el frente esté quieto: casi todos los sectores registran a diario combates, artillería, bombardeos aéreos e incursiones de infantería. Desaparecieron, en cambio, las grandes rupturas capaces de alterar el mapa. En el norte, Sumy sigue bajo incursiones rusas. Moscú no parece buscar la ciudad, sino retener allí brigadas ucranianas que podrían reforzar el Donbás: una amenaza múltiple destinada a dispersar las reservas de Kyiv.



Más al este, en Kupiansk y Borova, Rusia presiona la margen occidental del Oskil para ampliar sus cabezas de puente y mejorar la logística de futuras operaciones. Aunque menos visible que Pokrovsk, el sector tiene gran valor operacional porque podría abrir nuevas líneas hacia Járkov.

En Lyman se suceden ataques y contraataques con cambios mínimos: ningún bando tiene superioridad suficiente para romper las defensas rivales y el frente lleva meses estabilizado.

El sector más importante para Rusia sigue siendo el comprendido entre Pokrovsk, Kostiantynivka y Toretsk, donde concentra sus mejores unidades para quebrar el cinturón defensivo fortificado por Ucrania.

En el sur ocurre lo contrario. Zaporiyhia fue escenario en 2026 de algunos de los contraataques ucranianos más exitosos, con una liberación estimada de 300 a 400 km² desde comienzos de año. El esfuerzo suele quedar eclipsado por los avances rusos en el Donbás, pero también altera la planificación rival: cada brigada enviada al sur deja de estar disponible en Pokrovsk, Toretsk o Kostiantynivka. Ucrania parece asumir que no tiene recursos para romper el corredor terrestre hacia Crimea con una gran ofensiva y opta por presionar varios sectores para dispersar las reservas rusas.

Es un cambio doctrinario importante. En 2023 y buena parte de 2024, Ucrania concentró recursos para romper un solo sector, pero chocó con las densas defensas rusas y la vigilancia constante de drones. Hoy privilegia operaciones menores, flexibles y coordinadas con ataques de largo alcance sobre la retaguardia rusa.

La transformación también responde al costo humano, que alcanzó niveles inéditos. Rusia sufrió en julio unas 43.000 bajas entre muertos y heridos, el máximo mensual del año. Desde 2022, diversos centros estiman que sus pérdidas superan el millón de hombres y sitúan el total entre 1,4 y 1,6 millones, según la fuente. A diferencia de Ucrania, Putin cuenta con aliados dispuestos a cubrir las bajas: Corea del Norte podría enviar hasta 30.000 tropas, además de las 10.000 a 15.000 ya desplegadas. Desde Irán y China siguen llegando drones y componentes de uso dual.


Ucrania acumula varios cientos de miles de bajas, aunque menos en términos absolutos por el carácter principalmente defensivo de sus operaciones. Las cifras ucranianas sobre las bajas rusas son estimaciones operativas; proyectos independientes como Mediazona y la BBC habían confirmado por nombre, en julio de 2026, más de 236.000 muertos rusos, con estimaciones totales de entre 350.000 y 500.000.

Más reveladora es la relación entre bajas y territorio: en julio, Rusia necesitó unos mil muertos o heridos por cada kilómetro cuadrado consolidado. Moscú aún repone las pérdidas gracias a su mayor población y a los fuertes incentivos económicos al reclutamiento, pero el costo humano crece mucho más rápido que las ganancias militares.

Por eso, muchos analistas hablan de desgaste estratégico: ningún bando tiene recursos para derrotar al otro mediante una gran ofensiva convencional. La victoria dependerá menos de conquistar ciudades que de sostener por más tiempo la capacidad económica, industrial, tecnológica y política.

El cambio no se limita al frente terrestre. En los últimos dieciocho meses, ambos ejércitos transformaron su forma de combatir y muchos especialistas consideran a Ucrania el principal laboratorio militar desde 1945. Las grandes columnas blindadas dieron paso a pequeños grupos de infantería, vehículos ligeros y miles de drones. Hoy es muy difícil mover un tanque, una batería de artillería o incluso un convoy pequeño sin que sea detectado en minutos.

El campo de batalla se volvió casi transparente. Los drones transmiten imágenes en tiempo real, corrigen la artillería y guían ataques de precisión contra blancos expuestos. A la vez, una guerra electrónica cada vez más sofisticada bloquea comunicaciones, interfiere señales satelitales y desvía drones mediante perturbación electromagnética: una competencia tecnológica que cambia semana a semana.

Ucrania comprendió mejor esta transformación. Como no puede competir con la industria rusa en artillería, municiones y blindados, destinó más recursos a drones baratos. Sus empresas producen 500.000 aparatos FPV mensuales, además de drones navales, aeronaves de largo alcance y sistemas autónomos coordinados con inteligencia artificial.

El esquema incluye la destrucción creciente del sistema logístico que sostiene la presencia rusa en Crimea y ataques a las rutas del Caspio que conectan comercial y militarmente a Irán y Rusia.



El giro fue impulsado por Mykhailo Fedorov, antes responsable de la transformación digital del Estado. Bajo su coordinación crecieron la producción nacional de drones y la participación privada, mientras se acortaron los plazos de desarrollo. Ucrania, casi totalmente dependiente de Occidente al inicio de la invasión, produce ahora una proporción creciente de su equipamiento.

El cambio también alteró el equilibrio político interno. Si al principio el protagonismo recaía casi por completo en Volodímir Zelenski y los mandos militares, el ascenso de la industria tecnológica convirtió a Fedorov en un arquitecto central de una estrategia que busca compensar la inferioridad demográfica e industrial con innovación y sistemas baratos capaces de destruir objetivos mucho más costosos.

La visión generó tensiones. Parte del alto mando advirtió que la tecnología no reemplaza a los soldados necesarios para sostener el frente. El debate se centró en el comandante Oleksandr Syrskyi. Tras sustituir al aún popular Valerii Zaluzhnyi, fue cuestionado por el desgaste de algunas defensas y por una distribución desigual de reclutas, que priorizaba regimientos de asalto en detrimento de las brigadas mecanizadas regulares.

Su destitución, el 21 de julio de 2026, y su reemplazo por el general Mykhailo Drapatyi buscaron corregir ese desequilibrio y mejorar la gestión del personal. Ucrania enfrenta cerca de 200.000 deserciones o ausencias no autorizadas y moviliza apenas unos 30.000 hombres al mes, la mitad de lo que el ejército declara necesitar.

Se advierte un debate más profundo entre una visión verticalista y tradicional del poder, representada por Syrskyi, y otra modernista y tecnológica, asociada a Mykhailo Fedorov. A través de estas disputas, Ucrania define en qué medida debe preservar o transformar sus estructuras para enfrentar la guerra y la posguerra. Zelenski quedó temporalmente atrapado en ese conflicto tras la salida de ambos referentes.



La crisis sigue abierta: el presidente ofreció a Fedorov otro cargo ligado a la transformación tecnológica, pero el exministro aún no respondió. Una encuesta reciente lo ubicó entre las figuras con mayor confianza pública del país, con 65 %, por delante de Zelenski, con 59 %.

El dilema también es militar: Ucrania posee una de las industrias de drones más innovadoras, pero sufre límites demográficos. Rusia tiene cerca del triple de población y repone mejor sus bajas. Kyiv busca compensarlo con mayor eficacia tecnológica por soldado; Moscú, con presión constante, más personal, artillería y bombas planeadoras.

Como Ucrania no puede destruir al ejército ruso solo en el frente, intenta encarecer la guerra golpeando su infraestructura. En los últimos meses, drones cada vez más sofisticados atacaron refinerías, depósitos de combustible, plantas químicas, fábricas militares, aeródromos, centros ferroviarios y puertos, muchos situados a más de mil kilómetros del frente.

El costo económico se acumula. Desde comienzos de 2026, Ucrania atacó 26 refinerías rusas, que representan más del 80 % de la capacidad nominal de procesamiento. En los picos, entre el 30 % y el 45 % de la capacidad real quedó fuera de servicio, ampliando la crisis de combustible. También se registraron ataques e incendios en más de una decena de terminales de bombeo y depósitos de almacenamiento clave.

El efecto va más allá del petróleo. Rusia desplegó sistemas antiaéreos para proteger cientos de instalaciones, desde San Petersburgo hasta el mar Negro y desde Moscú hasta los Urales. Cada batería destinada a una refinería o fábrica deja de cubrir a las tropas del frente, exactamente el efecto que busca Kyiv.

El transporte también sufre. Los aeropuertos de Moscú, San Petersburgo, Kazán, Nizhni Nóvgorod y otras ciudades suspendieron repetidamente sus operaciones por alertas de drones, con miles de vuelos demorados o cancelados. Aislados, los incidentes parecen menores; acumulados, pesan sobre una economía antes alejada del frente. Según Aviation Week, la flota activa operativa retrocedió un 19,3 % y las rutas internacionales programadas cayeron un 25 %.



Al daño causado por Ucrania se suman los ataques a 18 grandes centros logísticos de Wildberries, 13 de ellos destruidos por completo por incendios. Esto equivale a más de 1,5 millones de m² de naves industriales arrasadas. El impacto es logístico-militar, por su uso para canalizar componentes de uso dual, y económico-psicológico, por sus efectos sobre los pequeños vendedores del sector más dinámico del comercio interno ruso.

El peso de Wildberries explica su elección como blanco: declara entre 70.000 y 75.000 millones de euros anuales, más del 2 % del PIB ruso. El daño supone pérdidas por 4.150 millones de dólares e indignación entre pequeños comerciantes; algunos afirman haber perdido hasta el 40 % de su negocio. El Kremlin evalúa intervenir financieramente para evitar efectos sobre el sistema bancario y el consumo.

El golpe coincide con una retracción del comercio ruso. En 2026, el sector sufre su mayor caída en 25 años: solo en el primer trimestre cerraron definitivamente más de 200.000 pequeñas y medianas empresas comerciales, según Kontur.Focus. Especialistas del Peterson Institute for International Economics describieron una economía estancada, con crecimiento nulo o contracción.

El gasto militar mantiene activas las fábricas y sostiene el empleo y la producción regionales, pero agrava los desequilibrios: la inflación reduce los ingresos, las empresas civiles pierden trabajadores frente a los salarios militares y el Estado destina el 46 % del presupuesto federal a la invasión.

Hasta ahora, Vladimir Putin contuvo esas tensiones y evita llamar a la movilización general. Por ahora opta por incentivos económicos. Con ello redujo el riesgo de protestas como las de 2022, pero el equilibrio se debilita. En el primer trimestre de 2026 hubo apenas unos 800 contratos diarios, el mínimo en tres años; el aumento de las primas regionales los elevó a cerca de 1.000 en el segundo trimestre, aún insuficientes para cubrir el desgaste del frente.

El déficit de personal militar no disipa rumores de otra movilización, que algunas fuentes prevén para después de las elecciones legislativas de septiembre de 2026. Medios independientes y analistas citados por Financial Times creen difícil evitarla, aunque el Kremlin evitaría ese término y probaría opciones menos disruptivas, como trasladar reservistas de tareas logísticas al frente.

La precaución se relaciona con el ánimo social, que pasó de la frustración al enojo por la escasez de combustible, los cortes de internet ligados a las defensas antidrones y la distancia entre el relato oficial de avances constantes, las evidencias visuales de los ataques ucranianos al núcleo del poder ruso y un frente casi inmóvil.



Un estudio de Gallup publicado en julio de 2026 determinó que el 60 % de los rusos considera que la economía de su localidad empeora, un salto de 20 puntos en un año. Las encuestas del Centro Levada indican que el porcentaje favorable a negociaciones de paz alcanzó un récord del 67 %; entre 2023 y 2025 oscilaba entre el 50 % y el 53 %. El salto a casi dos tercios de la población refleja una fatiga social acelerada. Según la encuestadora estatal VTsIOM, la aprobación de la gestión de Putin cayó al 66,9 %; en los tres años anteriores se mantuvo entre el 74 % y el 80 %.

Estas mediciones explican la cautela de Putin ante una movilización masiva. Con las elecciones próximas, el oficialista Rusia Unida teme perder representantes en la Duma. En un hecho inédito, Putin decidió intervenir activamente en la campaña legislativa, señal que varios analistas vinculan con la mayor exposición del régimen al descontento.

El control mediático y la represión dificultan que el malestar se convierta en un desafío inmediato. Sin embargo, las explosiones en grandes centros comerciales e industriales, los cierres de aeropuertos y las restricciones aéreas ya forman parte de la vida de millones de rusos. Confirmar una movilización después de las elecciones podría agravar ese malestar.

Ese cambio psicológico es un objetivo estratégico de Kyiv. Como difícilmente pueda derrotar a Rusia mediante una gran ofensiva, busca elevar de forma constante el costo económico, político y social de la guerra y obligar al Kremlin a desviar recursos hacia la defensa de su territorio, reduciendo su capacidad ofensiva.

La evolución militar no puede separarse de la diplomacia, aunque las negociaciones avanzan mucho más lento que los combates. Washington, Moscú, Kyiv y varios gobiernos europeos intensificaron los contactos para reducir la guerra o acordar altos el fuego parciales. El obstáculo persiste: ninguna parte considera que su posición sea aún lo bastante favorable para aceptar un acuerdo definitivo.

Rusia mantiene sus condiciones: reconocimiento internacional de las regiones invadidas, exclusión de Ucrania de la OTAN y un esquema de seguridad que limite el tamaño de sus fuerzas y la presencia militar occidental cerca de las fronteras rusas. Renunciar a ellas equivaldría, para Putin, a admitir el fracaso político de la invasión. Además, figuras influyentes como el diputado y general retirado Víktor Sobolev afirman que la guerra no terminará en 2026 y que Rusia debería avanzar hasta la frontera occidental ucraniana, señal de que parte del aparato político-militar considera insuficiente incluso ocupar todo el Donbás.

Ucrania enfrenta otro dilema: un alto el fuego sobre las líneas actuales frenaría la destrucción y las pérdidas, pero implicaría aceptar de hecho el control ruso de cerca de una quinta parte del país. Para un gobierno legitimado en gran medida por la promesa de recuperar la integridad territorial, el costo político interno sería enorme.

La política estadounidense es cambiante. La administración de Donald Trump modifica con frecuencia sus posiciones y emite mensajes contradictorios sobre temas sensibles, como la posibilidad de que Kyiv reciba y fabrique los misiles Patriot que necesita. Estos giros se repiten mientras Trump presiona a Zelenski para negociar la paz sin ejercer una coacción similar sobre Putin. A la vez, Kyiv y algunos aliados europeos temen que un acuerdo le permita a Rusia reconstruirse; Moscú cree que el tiempo lo favorece y no ofrece concesiones sustanciales.

Putin también presiona la retaguardia enemiga. Rusia intensificó su campaña contra la red eléctrica ucraniana, los sistemas de calefacción y los barrios residenciales de las principales ciudades: entre enero y junio de 2026 murieron al menos 1.396 civiles y otros 7.978 resultaron heridos, un 37 % más que en el mismo semestre de 2025 y casi el doble de todo lo registrado en 2024, según la Misión de Monitoreo de Derechos Humanos de la ONU. Ucrania llegó al verano con capacidad de generación muy degradada, con picos de 9-12 GW frente a aproximadamente 38 GW antes de la guerra, y se prepara para otro invierno de ataques masivos.



El uso de misiles balísticos, los más difíciles de interceptar, no dejó de crecer en 2026: 74 lanzamientos en enero, 116 en febrero, 39 en marzo, 50 en abril, 86 en mayo, 96 en junio y el récord de 127 en julio, según el monitoreo del grupo Eye of Horus. El salto coincide con un déficit crítico de interceptores PAC-3 para los sistemas Patriot ucranianos, que redujo drásticamente la tasa de intercepción en las últimas semanas.

Europa responde con mayor inversión en defensa y una producción acelerada de municiones, misiles e interceptores, pero aún necesita tiempo para reemplazar por completo a Estados Unidos. La ayuda europea de 90.000 millones de euros para el bienio 2026-2027 sigue siendo decisiva para Ucrania, sobre todo en defensa aérea, inteligencia satelital y armas de precisión. En contraste, EE. UU. no aprobó nueva ayuda y el Departamento de Defensa congeló el envío de USD 400 millones aprobados por el Congreso en diciembre de 2025.

Paradójicamente, cuanto más dura la guerra, menos probable parece una solución puramente militar. Rusia conserva ventajas en población, recursos naturales, industria y armas; Ucrania, en innovación, inteligencia, integración con sistemas occidentales y adaptación tecnológica. Por ahora, ninguna alcanza para una victoria decisiva.

A corto plazo no se esperan grandes cambios. Rusia seguirá presionando en Pokrovsk-Kostiantynivka para completar la toma del Donbás y mantendrá activos Sumy, Kupiansk y Lyman para dispersar las reservas ucranianas. Kyiv repetirá operaciones limitadas como las de Zaporiyhia para forzar redistribuciones rusas y probablemente intensificará los ataques contra infraestructura energética, logística y comercial, donde puede elevar los costos sin sufrir pérdidas comparables a las del frente terrestre.

Rusia conserva la iniciativa y avanza, pero con extrema lentitud, un costo humano creciente y un sistema de reclutamiento bajo presión. Ucrania frena gran parte de ese impulso, recupera posiciones puntuales y golpea con eficacia creciente la retaguardia económica. Ningún bando puede imponer por las armas sus objetivos políticos máximos.

El conflicto entró así en una etapa de resistencia nacional, no solo de conquista territorial. El desenlace dependerá de quién soporte por más tiempo la presión económica, industrial, tecnológica y política: producir armas antes que el rival, proteger la infraestructura, conservar aliados y mantener la voluntad social tras más de cuatro años sin una victoria rápida ni una paz cercana.

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