Ceuta: la nueva crisis migratoria también es un escenario de presión geopolítica
- Ignacio Montes de Oca
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Por Ignacio Montes de Oca
Las imágenes de miles de marroquíes entrando en Ceuta recordaron que hay una crisis entre España y Marruecos que nunca terminó de resolverse. Hay algo más allá del efecto inmediato que producen y es un conflicto que incluye factores que exceden lo migratorio.
La llegada de entre 1.500 y más de 2.000 migrantes a Ceuta en apenas nueve o diez días no fue un episodio espontáneo. La oleada, que se aceleró hasta alcanzar un ritmo de 200 a 300 personas diarias, principalmente a nado por el espigón del Tarajal, respondió a la combinación de una reciente sentencia del Tribunal Supremo que limita las devoluciones inmediatas de quienes cruzan por mar, la rápida reacción de las redes de tráfico de personas y una relajación, al menos temporal, de los controles fronterizos marroquíes.
El resultado ha sido un nuevo colapso de la principal frontera terrestre entre África y la Unión Europea: el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), con capacidad para 512 personas, supera ya los 700 residentes, mientras centenares esperan a las puertas, y las llegadas equivalen a casi el 2 % de la población de una ciudad de unos 83.000 habitantes. El Gobierno español ha reforzado el despliegue de Guardia Civil, Policía Nacional y unidades del Ejército, y el presidente de Ceuta ha pedido la declaración de “emergencia nacional”.
El detonante inmediato fue una sentencia del Tribunal Supremo de julio de 2026 que establece que no se pueden aplicar las denominadas “devoluciones en caliente” a quienes llegan a nado a los territorios del norte de África. El alto tribunal considera que el mar no constituye un “elemento de contención” físico equiparable a las vallas, por lo que debe seguirse el procedimiento ordinario de devolución, con todas las garantías jurídicas.
El fallo afecta tanto a Ceuta como a Melilla, las dos fronteras terrestres de la Unión Europea en el norte de África, por lo que las autoridades temen que el mismo efecto llamada se reproduzca en las próximas semanas sobre la segunda ciudad autónoma.
Para el que está ajeno a este escenario: Ceuta mira hacia el Estrecho de Gibraltar y concentra los cruces a nado. Melilla limita con una zona mucho más poblada del norte marroquí y tradicionalmente registró más intentos de asalto a las vallas.

Aunque el fallo no impide las expulsiones, fue interpretado por las organizaciones dedicadas al tráfico de personas como una oportunidad. En pocos días las mafias comenzaron a repartir chalecos y flotadores, y centenares de personas —en su mayoría jóvenes marroquíes, pero también muchos menores— cruzaron bordeando el espigón o aprovechando momentos de saturación de las fuerzas de seguridad. Más de 60 personas han muerto en esta ruta en los últimos doce meses.
Madrid reaccionó reforzando el dispositivo fronterizo y acelerando las negociaciones con Rabat para reactivar las devoluciones previstas en el acuerdo bilateral de readmisión. Marruecos, por su parte, anunció el restablecimiento de controles más estrictos en su costa norte y la cooperación con España para frenar nuevas salidas. La respuesta contrasta con la crisis de mayo de 2021, cuando entre 8.000 y 10.000 personas ingresaron en Ceuta en apenas 48 horas después de que Rabat relajara deliberadamente la vigilancia fronteriza durante la disputa diplomática provocada por la hospitalización en España del líder del Frente Polisario.
Sin embargo, la explicación de fondo va mucho más allá del episodio de hoy.
Ceuta separa dos mundos con una de las mayores diferencias de desarrollo del planeta en apenas unos cientos de metros. Al norte se encuentra una economía desarrollada de la Unión Europea con un PIB per cápita de U$S 41.500; al sur, un país donde el ingreso es de U$S 5.100. El salario medio español multiplica por cinco o seis al marroquí y el desempleo juvenil en el reino alauita supera el 36-37 %, con una subutilización de la fuerza laboral entre los jóvenes que supera el 40 % en algunas mediciones. Pocas fronteras concentran una brecha económica tan grande en una distancia tan pequeña.
Esa diferencia se potencia por otro desequilibrio, el demográfico. Marruecos tiene unos 38 millones de habitantes, de los cuales alrededor del 60 % tiene menos de 35 años. España tiene una de las poblaciones más envejecidas de Europa.
La tasa de natalidad en Marruecos se sitúa en torno a los 16,4 nacimientos por cada mil habitantes con un índice de fecundidad de 2,21 hijos por mujer. Son cifras considerablemente superiores a las de España, donde la natalidad es de apenas 6,5 por mil y la fecundidad cae a 1,10 hijos por mujer, muy por debajo del reemplazo generacional. Estos datos explican por qué estamos ante una crisis crónica, pero advierten que tiene muchas probabilidades de agudizarse si no se alteran los desequilibrios que ayudan a que se genere.
Cada una de las enormes diferencias entre uno y otro lado de la frontera convierten a Ceuta en una de las fronteras con mayor presión migratoria del planeta.
Y luego hay otras cifras que estimulan los cruces. Detrás de cada oleada migratoria existe además un negocio multimillonario. Las investigaciones de Europol y de las fuerzas de seguridad españolas estiman que un cruce desde el norte de Marruecos hacia Ceuta o la península puede costar entre € 1.000 y € 4.000 por persona, según el método empleado y el nivel de riesgo.

Si se toma como referencia el flujo anual de la ruta occidental del Mediterráneo, que moviliza decenas de miles de migrantes, las redes de tráfico de personas generan ingresos de decenas de millones de euros cada año sólo en este corredor. La ONU calcula que el tráfico de migrantes mueve varios miles de millones de dólares anuales en el Mediterráneo, convirtiéndose en una de las actividades ilícitas más rentables del mundo.
Vamos a un ejemplo del costo – beneficio. Un bote zodiac de 8 a 10 metros cuesta de € 15.000 a € 30.000. Un motor, otros € 15.000. Transportar a 30 personas pagando € 2.000 cada una deja una ganancia de € 60.000 en un solo viaje. Ese cálculo ayuda a entender por qué, incluso cuando las autoridades decomisan embarcaciones, el negocio sigue siendo atractivo.
La rentabilidad explica por qué estas organizaciones se expandieron tan rápidamente. A diferencia del narcotráfico, donde la mercancía puede ser incautada y perderse el ingreso, el "producto" del tráfico de migrantes desaparece apenas el pasajero pisa territorio europeo. El riesgo penal suele ser menor que en el tráfico de drogas y el capital inicial necesario también es reducido: una embarcación neumática, motores fuera de borda y unos pocos colaboradores pueden generar cientos de miles de euros en pocas semanas. No resulta extraño que numerosas investigaciones de Europol hayan detectado redes que combinan el tráfico de personas con el contrabando de hachís, cocaína, tabaco o vehículos robados, utilizando las mismas rutas marítimas, embarcaciones y estructuras logísticas.
Además, las llegadas irregulares por tierra a la ciudad ya habían aumentado un 149 % en lo que va de 2026 respecto al mismo periodo del año anterior, lo que indica que la presión venía creciendo antes de esta oleada.
Ese conjunto de factores podría haberse reforzado por el respaldo estadounidense a Marruecos en la cuestión del Sahara Occidental. El reconocimiento de la soberanía marroquí sobre ese territorio durante la primera presidencia de Trump modificó el equilibrio diplomático regional y consolidó a Rabat como uno de los principales aliados de Washington en el norte de África.
La dimensión económica tampoco puede ignorarse. La Unión Europea destina miles de millones de euros a Marruecos para reforzar el control de sus fronteras, combatir las redes de tráfico de personas y contener los flujos migratorios antes de que alcancen suelo europeo. Cada crisis recuerda a Bruselas hasta qué punto depende de esa cooperación y refuerza la capacidad de Rabat para reclamar nuevos recursos, inversiones o concesiones políticas.
A ello se suma un fenómeno menos visible: el desplazamiento de las rutas migratorias. El endurecimiento de los controles en el Mediterráneo central, los Balcanes y el mar Egeo ha empujado nuevamente a las mafias hacia Ceuta y Melilla, donde cualquier percepción de un debilitamiento de los controles o de una flexibilización jurídica puede desencadenar una salida masiva en cuestión de horas.

España no puede controlar esa frontera por sí sola porque el punto crucial no está en solo en Ceuta, sino que se comparte con las playas marroquíes desde donde parten las embarcaciones.
Los episodios en Ceuta confirman que la inmigración ya no es únicamente un desafío humanitario o económico. La incógnita es si se convertirá en un instrumento de presión geopolítica por acción deliberada o por incapacidad para controlar las razones de la migración. En cualquier caso, del mismo modo que Rusia y Bielorrusia impulsaron el paso de migrantes hacia Polonia y Lituania en 2021, el control de los flujos migratorios constituye hoy uno de los principales activos estratégicos de Marruecos. Mientras persistan la enorme diferencia de desarrollo entre ambas orillas del Estrecho y la Unión Europea siga dependiendo de terceros países para proteger sus fronteras exteriores.
Desde 2014 la Unión Europea comprometió más de € 2.000 millones en cooperación migratoria y gestión de fronteras con Marruecos, a los que se suman nuevos programas aprobados desde 2023 para reforzar el control de la ruta occidental del Mediterráneo. A eso se le suma la reciente oferta de desplegar agentes de Frontex. Pero, los eventos de hoy muestran que los esfuerzos no fueron suficientes.
La preocupación de Madrid va más allá de Ceuta. Si las mafias comprueban que el nuevo criterio judicial dificulta las devoluciones inmediatas, parte de la presión migratoria podría desplazarse rápidamente hacia Melilla, donde las organizaciones criminales mantienen la misma infraestructura logística y las mismas redes de reclutamiento en el norte de Marruecos. La experiencia demuestra que ambas ciudades funcionan como vasos comunicantes: cuando una ruta se endurece, la otra suele absorber parte del flujo.
Cada nueva oleada migratoria será mucho más que una emergencia fronteriza: será también un episodio de negociación política entre Rabat, Madrid, Bruselas y, de manera indirecta, Washington. Y, además, hay que recordar que en Marruecos suelen citar a Ceuta y Melilla como los últimos vestigios del colonialismo español en África y que ese país nunca renunció formalmente a su reivindicación sobre ambas ciudades.
La inmigración dejó de ser únicamente un fenómeno social o interno de Marruecos. Hoy forma parte del equilibrio estratégico del Mediterráneo occidental. Quien controla los flujos migratorios controla una herramienta de influencia sobre la política europea. Y mientras esa capacidad permanezca del lado marroquí, cada crisis en Ceuta seguirá siendo mucho más que una emergencia humanitaria: será un recordatorio de que la frontera sur de Europa comienza, en realidad, varios kilómetros dentro del territorio de Marruecos.
Tampoco hay que pasar por alto que Ceuta no sólo resguarda la frontera sur de la Unión Europea. También es un punto de control sobre uno de los pasos marítimos más importantes del mundo: se ubica en uno de los extremos del Estrecho de Gibraltar y representa un punto estratégico de la OTAN por donde cruza aproximadamente el 20 % del comercio marítimo mundial y las rutas energéticas entre Oriente Medio y Europa.
Por eso la verdadera incógnita no es si esta crisis terminará en Ceuta. La pregunta es si será el comienzo de una nueva presión simultánea sobre las dos únicas fronteras terrestres que la Unión Europea mantiene en África. Si eso ocurre, España dejará de enfrentar una emergencia localizada para volver a gestionar una crisis estratégica en todo el flanco sur europeo.
