El pacto que terminó fortaleciendo a Irán: por qué Netanyahu bloqueó el Iron Dome para Ucrania
- Ignacio Montes de Oca
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Por Ignacio Montes de Oca
Resulta difícil encontrar una contradicción mayor en la política internacional actual: Israel se niega a entregar los dos sistemas Iron Dome que Ucrania pidió para enfrentar los ataques rusos contra sus ciudades, mientras Moscú fortalece a varios de los principales enemigos del Estado israelí.
Durante más de tres años, Ucrania pidió esos sistemas para reforzar su defensa aérea y estuvo dispuesta a pagar por ellos. Su eficacia, históricamente cercana al 90% y, en algunos periodos recientes, superior al 95-98% contra cohetes de corto alcance, se consideraba crucial mientras llovían misiles balísticos y drones rusos sobre las ciudades ucranianas. Washington apoyó la solicitud y, en junio de 2023, los senadores Lindsey Graham y Chris Van Hollen impulsaron la transferencia de dos baterías estadounidenses. “Podemos salvar más vidas ucranianas hoy si transferimos esas baterías”, escribieron al Comité de Servicios Armados del Senado. Benjamín Netanyahu respondió con un no rotundo.
La negativa resultaba aún más contradictoria porque Rusia ya profundizaba su alianza militar con Irán, recibía miles de drones Shahed y estrechaba vínculos con Hezbollah, Hamas y los hutíes. ¿Por qué Israel protegía su relación con un país que ayudaba a armar a sus propios enemigos? La respuesta no era ideológica ni económica, sino una combinación de intereses militares, tecnológicos y demográficos cuyo origen se remontaba a Siria.
El punto de inflexión fue septiembre de 2015. Cuando Rusia intervino militarmente para sostener al régimen de Bashar al Assad, desplegó en Siria cazas, bombarderos, radares de largo alcance y sistemas antiaéreos S-400, además de consolidar las bases de Hmeimim y Tartus. Desde entonces, pasó a controlar buena parte del espacio aéreo sirio, escenario en el que Israel libra desde hace años una guerra silenciosa contra Irán. Apenas unos días después del despliegue ruso, el 21 de septiembre de 2015, Netanyahu viajó a Sochi para reunirse con Putin. De aquel encuentro surgió uno de los acuerdos menos conocidos, pero más importantes, de la política exterior israelí: una línea directa entre los mandos militares de ambos países destinada a evitar incidentes accidentales entre las fuerzas rusas y la Fuerza Aérea israelí.
Ese acuerdo cambió el equilibrio estratégico de Medio Oriente. Desde 2017 se registraron cientos de ataques israelíes —más de doscientos solo en los primeros años, y un total que supera el millar a lo largo de la década— contra depósitos de misiles, convoyes de armas, centros logísticos de la Guardia Revolucionaria iraní y posiciones de Hezbollah dentro del territorio sirio. Moscú no participaba en los bombardeos israelíes, pero tampoco utilizaba sus sistemas S-400 para impedirlos siempre que no pusieran en peligro a sus propias fuerzas.
Para Netanyahu, preservar ese entendimiento pasó a ser una prioridad. El primer ministro se reunió más de una docena de veces personalmente con Putin entre 2015 y 2022, además de mantener contactos telefónicos frecuentes. Más allá de si había o no afinidades políticas entre ambos, privilegiaron un pragmatismo extremo: Israel necesitaba libertad para contener la expansión militar iraní en Siria y Rusia necesitaba evitar un choque directo con la principal potencia militar de la región.

Ese antecedente explica por qué, cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, Israel quedó atrapado entre dos aliados. Biden le reclamó un apoyo militar explícito a Kyiv, mientras Rusia aún podía dificultar las operaciones israelíes contra Irán. Netanyahu optó por una posición intermedia: Israel condenó la invasión, envió ayuda humanitaria, instaló hospitales de campaña, brindó asistencia médica y, posteriormente, facilitó sistemas de alerta temprana para detectar misiles y drones, pero rechazó sistemáticamente entregar armamento avanzado como Iron Dome o la Honda de David.
El propio Netanyahu explicó la decisión en una entrevista con The Wall Street Journal el 29 de junio de 2023: “Estamos preocupados también por la posibilidad de que sistemas que daríamos a Ucrania cayeran en manos iraníes y pudieran ser sometidos a ingeniería inversa, y nos encontraríamos enfrentando sistemas israelíes usados contra Israel”. Añadió un dato que consideraba decisivo: “Sistemas antitanque occidentales hicieron exactamente ese recorrido y ahora los encontramos en nuestras fronteras con Hezbollah”.
Aquella observación reproducía uno de los principales ejes de la propaganda rusa: la supuesta existencia de un desvío masivo de armamento occidental hacia el mercado negro, una acusación que Moscú nunca logró demostrar con evidencias verificables. Extrapolar esa idea a un sistema grande, complejo y difícil de trasladar, como una batería antiaérea, sonó a desmesura política y a repetición de una narrativa que los servicios de inteligencia israelíes, incluido el Mossad, podrían haber puesto en duda con relativa facilidad si se hubiera tratado de un riesgo real e inminente de captura de un sistema completo.
Cuestionada la hipótesis de un desvío masivo, el argumento israelí se concentraba en la sensibilidad tecnológica del Iron Dome, uno de los programas militares más reservados desarrollados por el país. Estados Unidos invirtió más de 2.600 millones de dólares en su financiación y producción conjunta. El sistema ha interceptado miles de cohetes disparados desde Gaza y el Líbano. Sus radares, algoritmos de discriminación de blancos, software de gestión de combate y enlaces de comunicaciones representan décadas de desarrollo tecnológico que Israel considera irremplazables. La posibilidad de que alguno de esos componentes fuera capturado en Ucrania y terminara siendo estudiado por especialistas rusos o iraníes fue presentada como un riesgo inaceptable.
Sin embargo, esa negativa tiene un costo humano concreto en Ucrania. Según datos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, desde el 24 de febrero de 2022 se han verificado al menos 16.431 civiles ucranianos muertos y más de 48.000 heridos, una cifra que continúa creciendo. Solo en 2025 se registraron alrededor de 2.500 civiles muertos, el año más mortífero desde el inicio de la invasión a gran escala, y en el primer semestre de 2026 ya se contabilizaban 1.396 fallecidos.
Una parte significativa de esas víctimas proviene de ataques con misiles y drones de largo alcance sobre ciudades alejadas del frente. Aunque el Iron Dome no está diseñado para interceptar misiles balísticos de alto alcance, su despliegue habría reforzado las capas de defensa aérea disponibles y, según argumentaban los legisladores estadounidenses, podría haber contribuido a reducir el número de víctimas civiles en escenarios de saturación de cohetes y drones de menor alcance.

A los argumentos militares y tecnológicos de Netanyahu se suma un factor interno menos visible, pero de enorme peso político: la sociedad israelí mantiene profundos vínculos con Rusia. En la gran ola migratoria que siguió al colapso soviético llegaron más de un millón de inmigrantes procedentes de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y otras repúblicas exsoviéticas. Hoy la comunidad ruso hablante supera los 1,3 millones de personas, alrededor del 15 % de la población del país, y aproximadamente un millón de ellas tiene derecho a voto. En un sistema parlamentario donde los gobiernos suelen depender de diferencias de unos pocos escaños, ese electorado puede influir en el equivalente de entre 14 y 15 bancas de la Knéset.
Su importancia quedó aún más reforzada después del inicio de la guerra en Ucrania. Solo durante 2022 emigraron a Israel más de 45.000 judíos desde Rusia, la mayor cifra registrada desde la década de 1990. Muchos mantienen familiares, propiedades o incluso doble ciudadanía, por lo que cualquier deterioro de las relaciones con Moscú tiene consecuencias electorales. Aunque ese voto no constituye un bloque homogéneo y en los últimos años una parte importante se inclinó hacia partidos como Yisrael Beiteinu, de Avigdor Lieberman, ningún primer ministro puede ignorar un grupo demográfico de semejante magnitud.
Junto con esos condicionamientos demográficos, los vínculos económicos ayudan a comprender la relación, aunque no la explican. Antes de la invasión de Ucrania, el intercambio comercial bilateral rondaba entre 3.000 y 3.500 millones de dólares anuales. Desde que se aplican las sanciones occidentales, ese comercio cayó y dejó de representar un factor decisivo para la economía israelí. Basta comparar esas cifras con los casi 50.000 millones de dólares de intercambio anual entre Israel y Estados Unidos para comprobar que Moscú nunca fue un socio económico comparable. La prioridad decisiva seguía siendo Siria.
Mientras Rusia mantuvo el control del espacio aéreo sirio, Netanyahu priorizó preservar el mecanismo de coordinación creado en 2015. Perder esa libertad significaba permitir que Irán consolidara un corredor terrestre desde Teherán hasta el Mediterráneo, una amenaza que los servicios de inteligencia israelíes consideran existencial.
Sin embargo, el contexto que justificaba esa prioridad comenzó a desaparecer. Con la caída del régimen de Bashar al Assad y Ahmed al-Sharaa en el poder, la presencia rusa e iraní se redujo drásticamente y el argumento de la cooperación con Moscú perdió peso. Al mismo tiempo, desde el comienzo de la invasión de Ucrania, Rusia e Irán transformaron una cooperación limitada en una asociación militar sólida. Teherán comenzó a suministrar miles de drones Shahed. A cambio, Moscú transfirió tecnología aeronáutica, asistencia industrial, cooperación en defensa aérea y apoyo para ampliar la producción iraní de drones y misiles.
Las consecuencias de esa asociación comenzaron a aparecer en el terreno. Durante la ofensiva terrestre israelí en el sur del Líbano, iniciada en octubre de 2024, las tropas del Tsahal encontraron enormes arsenales pertenecientes a Hezbollah. Según investigaciones posteriores publicadas por The Wall Street Journal, entre el 60 y el 70 % del armamento hallado era de origen ruso. Entre ese material aparecieron misiles antitanques Kornet de fabricación relativamente reciente, sistemas Konkurs y Metis-M, lanzacohetes RPG-29 y otros equipos que habían llegado principalmente a través de Siria.

El hallazgo tuvo un enorme valor simbólico. Durante años Israel había evitado provocar a Moscú precisamente para impedir que Rusia fortaleciera aún más a Irán y Hezbollah. Sin embargo, buena parte de ese armamento ya estaba en manos del grupo terrorista.
Los Kornet eran especialmente preocupantes. Este misil antitanque guiado por láser posee un alcance superior a los 5 kilómetros y puede perforar más de un metro de blindaje moderno. Hezbollah ya había utilizado versiones anteriores durante la guerra del Líbano de 2006 para destruir carros Merkava israelíes. Encontrar ejemplares fabricados hasta 2020 demostraba que el flujo de armamento ruso no pertenecía únicamente al pasado. Otro hecho reciente refuerza la idea de una cooperación ruso-iraní contra Israel: el uso por parte de Hezbollah de drones FPV y de fibra óptica, tecnología de combate clonada directamente de las tácticas del ejército ruso en Ucrania y canalizada a través de Irán, causó al menos una docena de muertes entre las fuerzas israelíes en el sur libanés al burlar sus sistemas tradicionales de defensa. Las preocupaciones israelíes tampoco terminaban en el Líbano.
Los informes de inteligencia occidentales indican que Rusia evaluó o facilitó, directa o indirectamente mediante Irán, el acceso de los hutíes yemeníes a sistemas antibuque y otras tecnologías que incrementaron la amenaza para el tráfico en el Mar Rojo. El mismo grupo que lanzó misiles y drones contra Israel y bloquea su tráfico por ese mar recibía así tecnología procedente del principal interlocutor diplomático que Jerusalén seguía procurando no irritar.
Ese deterioro también se mostró en el plano diplomático. Después del ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, el Kremlin endureció marcadamente su posición hacia Israel: recibió delegaciones de Hamas, incrementó sus críticas a las operaciones en Gaza y profundizó la coordinación diplomática y militar con Teherán. Esa legitimación de los autores de la masacre y declarados enemigos de Israel tampoco modificó el trato de Netanyahu hacia Putin.
El malestar, incluso de algunos sectores políticos dentro de Israel, comenzó a hacerse visible recién cuando los hechos demostraron que la estrategia de equilibrio estaba perdiendo sentido. En consecuencia, Israel autorizó primero la entrega a Ucrania de sistemas de alerta temprana para detectar misiles y drones, tecnología derivada de la experiencia acumulada durante años de ataques desde Gaza y el Líbano. Más tarde aceptó devolver a Estados Unidos varias baterías Patriot que habían sido retiradas del servicio, permitiendo que Washington las reacondicionara y las enviara finalmente a Ucrania. Formalmente, Jerusalén seguía sosteniendo que no suministraba armamento a Kyiv. En la práctica, era la primera vez que aceptaba una operación de esa naturaleza.

Ese giro reflejaba una realidad cada vez más difícil de ignorar: la guerra en Ucrania aceleró la convergencia estratégica entre Moscú y Teherán. Rusia pasó a depender de los drones iraníes para sostener su campaña aérea, mientras Irán se benefició de asistencia rusa en aviación, defensa aérea, misiles y satélites. La cooperación dejó de ser coyuntural y también se profundizó en el plano diplomático: el Kremlin respaldó con mayor claridad las posiciones iraníes, elevó sus críticas a Israel y convirtió a Teherán en uno de sus principales socios estratégicos fuera del espacio postsoviético. No obstante, persistían las preocupaciones de Netanyahu por la posible caída de un Iron Dome en manos rusas y se mantenía como argumento la necesidad de conservar canales militares con Rusia en Siria.
En los hechos, buena parte de los medios aéreos rusos habían sido redistribuidos hacia el frente europeo y la capacidad de Moscú para controlar el espacio aéreo sirio se había reducido significativamente. Al mismo tiempo, Israel ya había demostrado su amplia superioridad aérea regional: sus aviones usaron las rutas sirias para atacar a Irán en muchas ocasiones sin que el factor ruso resultara relevante.
La evolución de las posiciones estadounidenses incrementó esa presión. Lindsey Graham convirtió el caso de Iron Dome en un símbolo de la contradicción. Para buena parte del Congreso norteamericano resultaba difícil comprender por qué el principal aliado de Washington en Medio Oriente seguía bloqueando un sistema defensivo destinado a proteger ciudades ucranianas mientras Rusia fortalecía precisamente a las organizaciones que atacaban territorio israelí.
Esa presión aumentó a medida que la cooperación militar entre Moscú y Teherán se hacía más evidente. Aun así, otro elemento ayuda a explicar la cautela israelí durante los primeros años de la guerra: la presencia de una importante comunidad judía en Rusia. Antes de la invasión vivían en Rusia alrededor de 150.000 judíos reconocidos por las organizaciones comunitarias, además de varios cientos de miles de personas con ascendencia judía que podían acogerse a la Ley del Retorno israelí. Cualquier deterioro extremo de las relaciones con Moscú podía afectar directamente la situación de esas comunidades y dificultar las operaciones de la Agencia Judía, encargada de facilitar la inmigración hacia Israel.
De hecho, durante 2022 las autoridades rusas llegaron a amenazar con restringir las actividades de esa organización, una señal que Israel interpretó como un recordatorio de la capacidad de presión que conservaba el Kremlin.

Hay otra contradicción de enorme carga simbólica. El presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, integra la comunidad de 45.000 judíos ucranianos y parte de su familia fue asesinada durante el Holocausto. Sin embargo, el Kremlin justificó la invasión afirmando que buscaba "desnazificar" Ucrania y permitió que altos funcionarios recurrieran a argumentos que despertaron indignación en Israel. El episodio más grave ocurrió en mayo de 2022, cuando el canciller Serguéi Lavrov sostuvo que Adolf Hitler "tenía sangre judía" y que "los mayores antisemitas suelen ser judíos", declaraciones que obligaron a Putin a disculparse personalmente ante el entonces primer ministro Yair Lapid. Aun así, ese episodio tampoco alteró sustancialmente la política de prudencia que Jerusalén mantuvo hacia Moscú.
La paradoja era todavía mayor si se observaba el volumen de la ayuda estadounidense destinada a Israel. Desde la firma del memorando de entendimiento de 2016, Washington comprometió 38.000 millones de dólares en asistencia militar para el período 2019-2028, equivalentes a unos 3.800 millones anuales. A esa cifra se sumaron miles de millones adicionales aprobados tras el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023 para reponer interceptores de Iron Dome, municiones de precisión y otros sistemas de defensa.
En otras palabras, el país que financiaba buena parte del escudo antimisiles israelí no lograba convencer a Jerusalén de utilizar ese mismo sistema para proteger las ciudades ucranianas. Mientras Israel administraba cuidadosamente su relación con el Kremlin, la cooperación ruso-iraní se extendía a inteligencia, industria de defensa, tecnología espacial, drones, entrenamiento militar y coordinación diplomática. Hezbollah incrementó sus capacidades con material ruso transferido a través de Siria; los hutíes elevaron la amenaza sobre el Mar Rojo, y Hamas encontró en Moscú un interlocutor dispuesto a recibir a sus dirigentes incluso después de la masacre del 7 de octubre.
La incongruencia mayor y que despierta enojos y recelos en Ucrania es que Netanyahu sigue manejando su relación con Putin con un enfoque diseñado para 2015, aunque en 2026 Rusia sea un aliado estratégico de Irán. Durante una década intentó mantener ese vínculo para impedir que Irán se fortaleciera, pero terminó preservándolo justo cuando Rusia comenzaba a convertirse en el principal multiplicador del poder militar iraní.
Eso explica por qué el debate sobre el Iron Dome sigue abierto mucho después de tomada la decisión, y por qué las más de 16.000 muertes de civiles ucranianos —junto con las de israelíes asesinados por actores armados o legitimados por Rusia— siguen despertando debates sobre esa decisión mucho más allá del ámbito diplomático.
