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Irán mueve sus milicias en Irak y busca controlar la salida de escape a la trampa de Ormuz


Por Ignacio Montes de Oca


El ataque de las milicias iraquíes contra Arabia Saudita puede marcar un punto de inflexión en la guerra de Medio Oriente. No por los daños que provocó, sino porque confirma que Irán empezó a utilizar la única pieza de su tablero capaz de cambiar simultáneamente el equilibrio militar, energético y político de toda la región. Está sucediendo algo mucho más profundo que revela que la verdadera astucia de Teherán puede consistir no solo en controlar el paso obligado del petróleo, sino en condicionar todas las rutas diseñadas para escapar de esa trampa de Ormuz.

Durante casi dos años la atención estuvo puesta sobre la acción de Irán en Ormuz o la de los hutíes en el Mar Rojo. Estos ataques alteraron las cadenas logísticas mundiales, obligaron a Estados Unidos a desplegar una de las mayores operaciones navales de las últimas décadas y demostraron que un aliado regional de Irán podía afectar el comercio internacional sin necesidad de enfrentarse directamente con Washington. Sin embargo, mientras el mundo seguía mirando hacia Yemen, Teherán comenzó a mover una pieza potencialmente mucho más importante: las milicias chiitas de Irak.

No se trata simplemente de abrir otro frente. La decisión puede modificar la lógica de toda la guerra regional. A diferencia de Hezbollah en el Líbano, Hamas en Gaza o los hutíes en Yemen, las Fuerzas de Movilización Popular iraquíes reúnen cuatro características que ninguna otra organización respaldada por Irán posee simultáneamente: una fuerza militar de entre 230.000 y 238.000 combatientes distribuidos en más de 60 organizaciones; cobertura institucional dentro del propio Estado iraquí; una posición geográfica que les permite alcanzar prácticamente cualquier objetivo estratégico del Levante y el Golfo; y el control indirecto sobre uno de los territorios energéticos más importantes del planeta.

Veamos los intereses económicos que intervienen en el conflicto. Con una producción cercana a los 4 millones de barriles diarios y reservas probadas superiores a los 140.000 millones de barriles, Irak es el segundo productor de la OPEP después de Arabia Saudita.



Una interrupción prolongada de su producción tendría un impacto inmediato sobre el mercado internacional. Pero esa producción es apenas una parte del problema. Lo verdaderamente importante es que el territorio iraquí se ha convertido en la principal alternativa para reducir la dependencia del Estrecho de Ormuz, el cuello de botella por el que todavía transita cerca de una quinta parte del petróleo consumido en el mundo.

Desde hace más de una década, Estados Unidos, Turquía, las monarquías del Golfo y varios países europeos piensan invertir cerca de 17.000 millones de dólares para crear corredores energéticos capaces de conectar el Golfo con el Mediterráneo sin atravesar aguas controladas por Irán. El proyecto más ambicioso es el denominado “Development Road”, una red de autopistas, ferrocarriles, centros logísticos y futuras conexiones energéticas que unirá el puerto iraquí de Al Faw con la frontera turca y, desde allí, con los puertos mediterráneos. Paralelamente continúan las negociaciones para ampliar la capacidad del oleoducto Kirkuk-Ceyhan y recuperar otros corredores hoy infrautilizados o paralizados por razones políticas y de seguridad. Todos persiguen el mismo objetivo: esquivar al Estrecho de Ormuz.

Ese dato cambia completamente la lectura de la estrategia iraní. Durante años se asumió que la mayor carta de Teherán consistía en amenazar con cerrar Ormuz. Sin embargo, esa opción siempre implicó un enorme costo político y militar, porque también bloquearía buena parte de las exportaciones iraníes y justificaría una intervención internacional de gran escala. Convertir a Irak en un escenario inestable ofrece una alternativa mucho más sofisticada. Si las milicias proiraníes consiguen transformar el norte y el centro del país en una zona de riesgo permanente por la posibilidad de sabotajes o emboscadas, los grandes proyectos energéticos dejarán de ser atractivos y las rutas diseñadas para esquivar Ormuz perderán buena parte de su viabilidad económica. Irán no necesita impedir físicamente su construcción. Le basta con instalar la percepción de que ninguna de ellas será completamente segura.

Luego hay que considerar la situación estratégica de Irak. Yemen controla Bab el Mandeb, pero es un sitio marginal en el mapa. Irán es el flanco oriental. Ninguno ocupa el lugar central de ese país en el tablero geográfico como el territorio iraquí. Desde allí pueden atacarse simultáneamente Israel, las bases estadounidenses desplegadas en Irak, Siria y Jordania, las instalaciones petroleras del Golfo, las rutas logísticas que abastecen a las fuerzas norteamericanas y, además, los corredores energéticos concebidos precisamente para reducir la dependencia del Estrecho de Ormuz. En otras palabras, mientras los hutíes obligaron a Occidente a defender el Mar Rojo, las milicias iraquíes tienen el potencial de obligarlo a proteger todo Medio Oriente al mismo tiempo.

Ningún otro integrante del denominado "Eje de la Resistencia" dispone de semejante profundidad operativa. Las milicias iraquíes pueden conectar todos los escenarios en una única campaña coordinada. Ese es el verdadero cambio de paradigma que comienza a perfilarse.

Esa combinación convierte a Irak en mucho más que un nuevo escenario de la guerra. Lo transforma en una plataforma desde la cual Irán puede ejercer presión militar, económica y política sobre toda la región. En el centro de toda esa construcción están las milicias iraquíes aliadas con Irán. Se forman parte mayoritariamente por las Fuerzas de Movilización Popular (FMP o Hashd al-Shaabi).

El FMP está formado por el Kataib Hezbolá; la Organización Badr; Harakat al-Nujaba; Kataib Sayyid al-Shuhada, y Ansar Allah al-Awfiya. Aunque mantienen identidades propias, las milicias más fuertes actúan bajo una coordinación cada vez mayor con la Fuerza Quds iraní.

Estas organizaciones tienen en su arsenal miles de drones y misiles balísticos, suficientes para aumentar la sobrecarga de las defensas de EEUU y sus aliados en la región. Y fuerzas terrestres para hostigar a las zonas fronterizas sauditas o kuwaitíes o las posiciones de EEUU en Iraq.

La primera pregunta que surge es cómo se mantiene semejante estructura. La asistencia iraní es una parte de la respuesta. Pero la otra parte es sorprendente: mediante el pago del estado iraquí. Cada año reciben unos U$S 3.600 millones del presupuesto central como parte de los acuerdos para mantenerse bajo el control estatal. En las nóminas, figuran hasta 238.000 miembros de las milicias. Visto desde la perspectiva opuesta, dejar de pagarles es una invitación a un conflicto interno de Bagdad con las tribus chiitas del sur, armadas hasta los dientes y motivadas para la lucha. Esto abre a la otra cuestión en torno a las milicias, la demografía iraquí.


La mayor parte de estas milicias son chiitas, como la mayoría de la población iraní. En Irak el 95% de la población es musulmana. Pero si consideramos el total de la población, el 65% son chiitas, el 32% es sunita y el resto son minorías religiosas, casi todos cristianos caldeos y asirios y yazidíes. Dado que hablamos de una nación que viene de una guerra civil y con tantas armas sobre el terreno, esas divisiones son en extremo importantes.

Ahora vamos a la otra forma de división demográfica, la étnica. El 77% son árabes y ocupan el centro y el sur del país. De ellos, el 55% chiitas y el 22% sunitas. El 19% de los iraquíes son kurdos y controlan el norte, hasta llegar a una franja de la capital, Bagdad. El resto son turcomanos étnicamente asociados a Turquía y viven en ciudades norteñas como Kirkuk, Mosul y Erbil o asirios y caldeos distribuidos en varias zonas. Como se ve, el mosaico es en extremo complejo y desde hace mucho tiempo conviven en una tensión constante.

Saddam Hussein era de la facción sunita y dominó por décadas al resto de las etnias y facciones religiosas. Los chiitas y kurdos guardan un recuerdo amargo de las masacres cometidas en ese periodo. Los kurdos por su parte se integran en el nacionalismo étnico que recorre el Kurdistán, es decir los sitios más allá de su frontera en Siria, Irán y Turquía.

Es importante comprender este entramado para estar avisados de que bastaría una chispa para encender un polvorín que siempre está a punto de estallar y que puede desatar una nueva guerra civil como la que abarcó desde enero de 2014 a diciembre de 2017, que dejó 217.000 muertos, de ellos 67.376 civiles, y una cantidad grande de facturas pendientes.

Pero como es Medio Oriente, todo tiene un grado mayor de complicación. Además, hay que tener presente que Irak fue uno de los sitios en donde tuvo fuerza el ISIS. La segunda “I” de sus siglas se corresponde a Irak.  Dede junio de 2014 a julio de 2017 lograron tomar grandes porciones de territorio al aprovechar el estado de caos e incluso controlaron la ciudad de Mosul, hasta que fueron neutralizados por una coalición de pashmergas (los guerreros kurdos), una fuerza internacional liderada por EEUU y milicias chiitas, dado que los fundamentalistas del ISIS eran fanáticos salafistas de la facción sunita del islam.

En las provincias de mayoría sunita aún persisten células de ISIS que sobreviven precisamente en las zonas de fricción entre Bagdad y el Kurdistán. Si las Fuerzas de Movilización Popular concentran una parte creciente de sus recursos en una guerra regional, esos espacios volverán a quedar menos vigilados. La experiencia de 2013 y 2014 demuestra que el Estado Islámico aprovechó exactamente ese tipo de vacíos de poder para reconstruirse y lanzar su ofensiva sobre Mosul. Nadie puede asegurar que un fenómeno similar no vuelva a repetirse.

Por eso es importante entender que la influencia iraní no es la única que opera sobre el escenario iraquí. Desde esa época hay tropas estadounidenses, que además eran el remanente de las guerras e invasiones anteriores. Pero también hay una influencia turca que tiene una doble acción. Por un lado, mantiene la ocupación militar de 2.000 km2 en una zona buffer que penetra hasta 40 kilómetros de profundidad en el norte iraquí con 136 bases permanentes y puestos avanzados. Pero, al mismo tiempo, controla a los miembros del Partido Democrático de Kurdistán, que cuenta con aproximadamente entre 50.000 y 60.000 combatientes armados. Del lado opuesto está la Unión Patriótica de Kurdistán (UPK / PUK) controlada por el clan Talabani, que gobierna la zona oriental del Kurdistán iraquí o Suleimaniya. Tienen cerca de 45.000 a 50.000 efectivos. Hay otro grupo menor del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) enemigo de Turquía con unos 8.000 milicianos y miembros de las milicias kurdas iraníes contrarias a Teherán.

Resta contar los 206.000 efectivos del ejército iraquí, que en caso de intervenir deberá lograr el permiso de un gobierno que se divide proporcionalmente por el sistema “Muhasasah”, que reserva la presidencia a un representante kurdo, el cargo de primer ministro a un miembro de la mayoría chiita y la presidencia del parlamento a un sunita. Para más datos, el actual presidente, Nizar Amedi, viene de la facción kurda UPK, la más distante y crítica frente a Turquía, y la más cercana al régimen de Irán.



Para el gobierno de Recep Erdogan, cualquier alteración del equilibrio militar en esa región constituye una amenaza directa para la seguridad nacional. A medida que aumente el nivel de conflicto, también crecerán las posibilidades de incidentes con las fuerzas turcas, especialmente alrededor de los corredores logísticos y energéticos del norte iraquí.

No se trata únicamente de una disputa territorial. El norte de Irak concentra buena parte de los campos petroleros de Kirkuk y conecta con el oleoducto Kirkuk-Ceyhan, que desemboca en el puerto turco de Ceyhan sobre el Mediterráneo. Cualquier deterioro de la seguridad obligaría a Turquía a reforzar su presencia militar para proteger una infraestructura que considera estratégica tanto para su economía como para su aspiración de convertirse en el gran centro energético entre Asia y Europa.

Con este rompecabezas político, étnico y religioso entendemos por qué cualquier intervención de la complejidad iraquí en la crisis de Ormuz puede despertar otro conflicto igual de preocupante.

Durante los últimos meses, Washington aumentó la presión sobre Bagdad para desmantelar progresivamente las Fuerzas de Movilización Popular o integrarlas dentro del Ejército regular.  Debilitados Hezbollah y Hamas, con los hutíes disciplinados por los bombardeos y el escenario sirio despojado de la influencia iraní, solo restaba neutralizar la cuestión de las milicias proiraníes en Irak. Quizás es por eso que Teherán decidió activarlas militarmente. Al involucrar a esas organizaciones en la crisis de Ormuz produce exactamente el efecto contrario: cuanto más involucradas estén en una guerra regional, más difícil será justificar su desarme y mayor será su peso político dentro del propio Irak.

Las Fuerzas de Movilización Popular pueden abrir un tercer frente de amenaza con sus misiles y drones que obligaría a EEUU y las coronas petroleras a agotar más rápido sus recursos de defensa. La doctrina ya fue ensayada por Irán y por los hutíes con resultados suficientemente eficaces como para obligar a Estados Unidos e Israel a consumir interceptores cuyo costo individual supera ampliamente al de los drones empleados para agotarlos. Todo esto sin pensar en la alternativa de incursiones terrestres en los países vecinos a Irak.

Pero la apuesta iraní también encierra un riesgo que podría terminar jugando en su contra. Cuanto mayor sea el protagonismo de las milicias chiitas en el norte de Irak, mayores serán las posibilidades de que otro actor regional decida intervenir de manera mucho más activa: Turquía.



La cuestión kurda multiplica todavía más esa complejidad. Las organizaciones kurdas iraquíes observan con creciente preocupación el fortalecimiento de las milicias proiraníes alrededor de los territorios disputados desde el referéndum independentista de 2017. Muchas de esas zonas concentran precisamente los principales yacimientos petroleros, gasoductos y corredores ferroviarios previstos para el Development Road. Una mayor presencia militar de las milicias puede ser interpretada por los Peshmerga como un intento de consolidar el control político y económico sobre esas áreas, aumentando el riesgo de enfrentamientos directos.

Para Irán, el problema no termina en Irak. Más de diez millones de kurdos viven en sus provincias occidentales. Aunque las organizaciones kurdas iraníes fueron debilitadas durante las últimas décadas, nunca desaparecieron completamente. Teherán siempre consideró que cualquier fortalecimiento del nacionalismo kurdo en Irak podía transformarse en un estímulo para sus propios movimientos separatistas. Si la militarización del norte iraquí termina revitalizando a los Peshmerga o profundizando la cooperación entre organizaciones kurdas de distintos países, Irán podría enfrentar una consecuencia que intentó evitar durante décadas: la internacionalización de la cuestión kurda.

Esto une los temores iraníes con los de Siria y Turquía. Un conflicto en Irak, que es el centro geográfico y económico que conecta a todos los grupos, podría disparar el nervio nacionalista kurdo en varias regiones. Esto incluye al Rojava, la zona kurda de Siria que Al Sharra intenta integrar a su administración. Como se ve, el problema no se agota en el sur de Irak.

El riesgo que corre Irán nos da una dimensión de la importancia que tiene esta apuesta dentro de sus planes. Arriesga demasiado y ese es un síntoma de la importancia de la jugada. O bien puede ser interpretado como una señal de su desesperación estratégica. Cada cual decide como interpretarlo. Lo cierto es que lo que comienza como una estrategia destinada a ampliar la capacidad de presión, puede terminar desatando una dinámica propia que ningún actor regional podría ser capaz de controlar.

Esa es, probablemente, la mayor diferencia respecto de la crisis del Mar Rojo. Los hutíes alteraron el comercio marítimo mundial sin modificar profundamente la estructura política de Yemen, un país que ya se encontraba fragmentado. Irak presenta una realidad completamente distinta. Es el segundo productor petrolero de la OPEP, el eje de los proyectos destinados a esquivar el Estrecho de Ormuz y el único país donde confluyen, sobre un mismo territorio, los intereses estratégicos de Irán, Estados Unidos, Turquía, las monarquías árabes, Israel y el movimiento nacional kurdo. Si ese equilibrio termina rompiéndose, las consecuencias excederán ampliamente el plano militar. Afectarán simultáneamente la seguridad regional, el mercado energético y el futuro de los principales corredores comerciales concebidos para conectar el Golfo con el Mediterráneo. Es esa combinación de factores, mucho más que la cantidad de misiles o de combatientes disponibles, la que convierte a Irak en el verdadero punto de inflexión de esta nueva etapa de la guerra.



Quizás esa sea la principal enseñanza de esta nueva etapa del conflicto. Durante años se pensó que la mayor ventaja estratégica de Irán era controlar la entrada al Golfo Pérsico. Hoy parece estar apostando por algo mucho más ambicioso: influir también sobre las rutas que deberían permitir al mundo dejar de depender de ese paso. Si esa estrategia prospera, el centro de gravedad de la competencia en Medio Oriente dejará de estar únicamente en el Estrecho de Ormuz para desplazarse hacia Irak una vez que se consolide el control de Teherán sobre el tráfico por ese paso. Enlazar los conflictos para negociar una desescalada con la carta iraquí en la mano puede ser el objetivo del ajedrez que juega al meter a sus aliados en la disputa.

Y ese cambio puede resultar mucho más trascendente que cualquier ataque aislado con drones o misiles. Porque las guerras modernas ya no se deciden solamente por el territorio que se conquista, sino por las cadenas logísticas, energéticas y financieras que se logra condicionar. En ese tablero, Irak puede convertirse en la pieza más valiosa del arsenal estratégico iraní.

Por primera vez desde la construcción del Canal de Suez, existe un proyecto real para trasladar parte del comercio euroasiático desde el mar hacia un corredor terrestre que atraviesa Irak. Si ese corredor fracasa por razones de seguridad, el beneficio estratégico será para Irán.

Para entender mejor el panorama: Irán ya no necesita cerrar Ormuz, con impedir que existan alternativas, le alcanza. Yemen amenaza una ruta marítima, Hezbollah en el Líbano amenaza el norte de Israel, Hamas inmoviliza en Gaza tropas y los grupos en Siria hostigan a las bases estadounidenses.

Las milicias proiraníes en Irak pueden lograr el mismo efecto simultáneamente. Y ahora es el momento en el que Irán decide elevar la apuesta para convertir el conflicto en un asunto que se expande geográfica y políticamente.

Durante muchas décadas el mundo creyó que la principal carta estratégica de Irán era el Estrecho de Ormuz. Quizá esa etapa esté llegando a su fin.

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