Más allá del poder militar: por qué el régimen importa en la guerra
- Hernán Martínez Soler
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Por Hernán Martínez Soler
Puedes ganar todas las batallas
Y aun así perder la guerra
Sun Tzu
En los dos grandes conflictos mundiales del siglo XX, las fuerzas armadas más poderosas al inicio de las hostilidades terminaron siendo derrotadas por la fuerza de la industria y el PBI de las naciones en juego. Como cuando un boxeador de gran pegada, pero sin capacidad de resistencia en el tiempo no logra el Nocaut en los primeros rounds, termina perdiendo frente a un enemigo que, al comienzo es menos fuerte, pero tiene la capacidad de aguantar y desgastar hasta su fin al oponente teóricamente más fuerte. En la primera guerra mundial, Alemania era la potencia militar de Europa, el plan Schlieffen consistía en derrotar a Francia en seis semanas con su abrumadora superioridad militar. Detenidos los teutones a las seis semanas en la primera batalla del Marne a las puertas de París entró a tallar la capacidad industrial de los oponentes y su capacidad financiera de solventar el esfuerzo de guerra.
El PBI combinado de las potencias centrales estaba entre los doscientos cincuenta y trescientos mil millones de dólares. El de los aliados sin EEUU era de setecientos a ochocientos mil millones y el de EEUU en soledad era de quinientos mil millones de dólares. Cuando las Fuerzas Armadas preparadas para el conflicto no pudieron terminarlo en tiempo y forma no había manera de que Alemania y sus aliados ganaran la guerra.
En la segunda guerra mundial se repitió el esquema hasta que la Wermacht fue detenida frente a Moscú y luego en Stalingrado. Comenzó la guerra industrial, Alemania tenía un PBI de cuatrocientos mil millones de dólares, los aliados europeos combinados sin EEUU tenían setecientos mil millones y EEUU tenía novecientos mil millones. No había forma de que el eje pudiera ganar una guerra prolongada. En el Pacífico la diferencia era más marcada, ya que el PBI nipón no superaba los doscientos mil millones.
Hoy, si bien esta premisa se mantiene, nos encontramos con una nueva realidad. Los ejércitos de las grandes potencias como Rusia y EEUU se empantanaron en un conflicto convencional frente a potencias medias y aún menores como Ucrania e Irán. El poder nuclear está auto vedado por la certeza de un final de suma cero.

El conflicto que viene será por el control del Indo Pacífico. Hoy por hoy los protagonistas muestran una gran asimetría. EEUU por un lado tiene un PBI de veintinueve mil billones de dólares, con un gasto militar nominal de ochocientos mil millones, mientras que China tiene un PBI de diecinueve mil billones con un gasto militar de doscientos mil millones. Los eventuales aliados como Rusia de un lado, con PBI de dos y medio billones, y la Unión Europea de 23 billones. No hay equivalencia entre los bandos.
¿Pero cuál es la debilidad y la fortaleza de unos y otros? Las sociedades “occidentales” hoy día rinden cuenta a la opinión pública, tienen elecciones cada dos años en general y un desarrollo del conocimiento de sus derechos y al estado de bienestar. Mientras que las sociedades rusa y china tienen una historia cercana de sometimiento, de sacrificio y resiliencia, mayor que la Occidental.
Veamos las diferencias europeas frente al conflicto de Ucrania o el termómetro que miran las autoridades estadounidenses, que se le avecinan las elecciones de medio término y las encuestas que rechazan la guerra con Irán. Prima más el precio del galón de combustible que el hecho de que la guerra la ven por televisión, mientras que la sociedad iraní soporta el bombardeo. Claramente el aguantar entre los escombros puede hacer que el frente doméstico americano decida el resultado de la guerra.
Hace unos años, en uno de los tantos chisporroteos verbales entre autoridades chinas y americanas, teorizando sobre un posible conflicto nuclear, China dijo: “¿está la sociedad americana preparada para perder cien mil vidas en una hora?, la china sí” y esto no es menor, ya que no se mide, como decía Stalin, por la cantidad de divisiones que se poseen. Las potencias deben recalibrar sus doctrinas a la luz de los conflictos en curso que han variado el eje de la guerra.

En el análisis tradicional de los conflictos armados suele asumirse que la superioridad militar —medida en tecnología, presupuesto o capacidad industrial— es el factor decisivo. Sin embargo, la experiencia histórica contemporánea y actual demuestra que esta premisa es incompleta. En múltiples escenarios, regímenes autoritarios o pseudo democráticos han logrado sostener, e incluso imponerse, frente a potencias formalmente más poderosas pero democráticas. La explicación no radica en una única variable, sino en una combinación de factores estructurales que condicionan la forma en que cada sistema político libra la guerra.
Uno de los elementos centrales es la asimetría en la tolerancia al costo humano y material. A esto se suma la centralización en la toma de decisiones. La narrativa y el control del discurso también juegan un papel relevante y el más relevante es la capacidad de sostener costos, las bajas militares, el impacto económico y la percepción de una guerra sin resultados rápidos tienden a erosionar el apoyo interno.
China, Rusia y EEUU son cada uno casi un subcontinente en sí mismo. Eso quiere decir que son imposibles de ser ocupados militarmente. Si una ocupación efectiva siendo conservador conlleva veinte soldados cada mil habitantes, para el caso de Rusia se necesitarían tres millones de soldados de ocupación (extremadamente difícil), en el caso de china treinta millones (imposible) y en el de EEUU siete millones de ocupantes (inviable), misión imposible.

Ya no se trata de destruir un ejército enemigo en el campo de batalla, si factores ideológicos, nacionalismo y resiliencia ancestral entran en juego, se pueden ganar batallas, pero no la guerra.
EEUU sin lugar a dudas derrota militarmente a Irán, pero la imposibilidad de ocupar el país a diferencia de Irak, por ejemplo, y las limitaciones a su accionar que la opinión pública propia e internacional le impone, con solo el hecho de decir “aún estamos” y una mínima capacidad de intimidación hace que tiemble la economía mundial y ¿Quién entonces puede decir que ganó? Los regímenes totalitarios o pseuodemocráticos que no tienen que rendir cuentas, corren con ventaja en el mundo actual sobre las democracias occidentales que sí tienen que darlas. En las guerras del siglo veinte no importaba tanto como ahora. Ante esta realidad palmaria se debe recalibrar toda la estrategia frente a un conflicto interestatal ya que la figura de Pirro está más vigente que nunca.



