Ormuz, el cuello de botella que nadie logra reemplazar
- Ignacio Montes de Oca
- hace 1 día
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Por Ignacio Nacho Montes de Oca
La crisis en el Estrecho de Ormuz sigue abierta y los países productores buscan rutas para sacar su petróleo y gas sin depender de ese cuello de botella. Pero cada alternativa trae un problema nuevo y revela tensiones más profundas en el mapa político regional.
La pregunta central es simple: ¿puede el mundo abastecerse sin pasar por Ormuz?
La duda no es nueva. Desde la guerra Irán-Irak, en los años ochenta, las monarquías del Golfo construyeron oleoductos para llevar crudo por tierra hasta puertos fuera del Golfo Pérsico. Cuatro décadas después, la red existe, pero no alcanza: aun operando a plena capacidad, sólo absorbe una fracción del volumen que cruza por mar. La geografía sigue haciendo de Ormuz una pieza irremplazable del sistema energético mundial.
Arabia Saudita fue la primera en entenderlo. A comienzos de los años ochenta puso en marcha el East-West Pipeline, o Petroline, que une los yacimientos del este con Yanbu, sobre el Mar Rojo. Por primera vez podía cargar superpetroleros sin atravesar el Golfo Pérsico.
Tras sucesivas ampliaciones, su capacidad teórica ronda los siete millones de barriles diarios, aunque la capacidad efectivamente disponible para exportación suele ser inferior por mantenimiento, consumo interno y utilización parcial. Aun así, es el mayor bypass terrestre de Ormuz y el principal seguro estratégico de Riad frente a Irán. Pero evita un riesgo para entrar en otro: deja el crudo expuesto a Bab el-Mandeb, la entrada al Mar Rojo. Los ataques hutíes contra la navegación comercial trasladaron la amenaza de una zona a otra. Arabia Saudita cambió de cuello de botella, no neutralizó su vulnerabilidad.
Los Emiratos Árabes Unidos eligieron otra salida: el oleoducto Habshan-Fujairah, que conecta Abu Dhabi con la costa del Golfo de Omán, fuera de Ormuz. Es una de las alternativas más eficientes porque evita aguas controladas por Irán y acorta la ruta hacia Asia. Hoy transporta alrededor de 1,8 millones de barriles diarios y Abu Dhabi busca ampliar su capacidad a 3 millones. Pero Fujairah está al alcance de misiles balísticos y drones iraníes de largo alcance. Además, concentrar la salida en una sola terminal convierte al puerto en un objetivo estratégico de primer orden.

Otro país que aparece en los planes de diversificación es Omán y su costa que se abre directamente al océano Índico y queda fuera del Estrecho de Ormuz. Desde hace años se estudian distintas alternativas para conectar los yacimientos sauditas o emiratíes con puertos omaníes mediante nuevos oleoductos. El proyecto nunca pasó de la etapa de evaluación. La inversión requerida es enorme, el trazado debería atravesar cientos de kilómetros de desierto y zonas montañosas. Sin embargo, cada crisis regional vuelve a recordar esa opción.
Irak enfrenta un dilema geográfico más difícil. Sus reservas principales están en el sur, cerca del Golfo Pérsico, por lo que una crisis en Ormuz afectaría buena parte de sus exportaciones. La alternativa más ambiciosa es el oleoducto Basora-Aqaba: casi 1.700 kilómetros hasta el puerto jordano sobre el Mar Rojo, con capacidad proyectada de entre 1 y 2,25 millones de barriles diarios. Aquí el obstáculo es político. El ducto atravesaría zonas con milicias chiitas respaldadas por Irán, áreas desérticas difíciles de proteger y un Estado todavía frágil. Cada cambio de gobierno en Bagdad reabre la discusión sobre su factibilidad y posterga la inversión.
Aquí surge un factor crucial y es que esos ductos que cuestan fortunas son en extremo vulnerables a sabotajes y sus instalaciones están expuestas a los drones, misiles y ciberataques. Sin una mínima estabilidad política y de seguridad, la inversión en estos ductos multimillonarios se vuelve demasiado arriesgada.
No fue el primer intento iraquí de escapar de Ormuz. Durante la guerra entre Irán e Irak, Bagdad construyó junto con Arabia Saudita el “Iraq Pipeline through Saudi Arabia” (IPSA), un oleoducto de unos 1.200 kilómetros capaz de transportar alrededor de 1,6 millones de barriles diarios hasta el Mar Rojo. La obra permitió durante algunos años mantener las exportaciones lejos del Golfo Pérsico, pero la invasión iraquí a Kuwait en 1990 cambió completamente el escenario. Arabia Saudita clausuró el ducto y posteriormente confiscó la infraestructura como parte de las compensaciones derivadas del conflicto. Desde entonces, el IPSA reaparece periódicamente en las discusiones sobre alternativas a Ormuz, aunque la profunda desconfianza política entre Riad y Bagdad impidió hasta ahora cualquier intento serio de reactivarlo.
La otra salida iraquí es mucho más antigua. El oleoducto Kirkuk-Ceyhan, construido para conectar los campos del norte con el puerto turco de Ceyhan, sobre el Mediterráneo, continúa siendo una pieza clave para las exportaciones del Kurdistán iraquí. Pero también es uno de los ejemplos más claros de cómo la infraestructura energética puede transformarse en rehén de la política. Durante años sufrió atentados del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), fue escenario de operaciones militares turcas y quedó paralizado en repetidas ocasiones por las disputas entre Bagdad y el Gobierno Regional del Kurdistán sobre el reparto de los ingresos petroleros.
La cuestión kurda atraviesa, en realidad, casi todos los proyectos energéticos que buscan conectar Irak con el Mediterráneo. Turquía considera al PKK una organización terrorista y mantiene operaciones militares permanentes en el norte iraquí para impedir que consolide bases cerca de su frontera. Cada ofensiva modifica el equilibrio de seguridad de la región y aumenta el costo de proteger los oleoductos existentes o construir otros nuevos. Lo que para Ankara es una necesidad de seguridad nacional, para las compañías energéticas representa un factor adicional de incertidumbre.
Turquía juega otra partida: quiere ser el gran centro de distribución energética entre Asia y Europa. Por su territorio pasan el Bakú-Tiflis-Ceyhan, el Kirkuk-Ceyhan, el TANAP, el TurkStream y el Blue Stream. Ningún otro país de la región concentra tantos corredores estratégicos.

Ese objetivo explica buena parte de su política exterior: cuanto más hidrocarburo circule por Anatolia, mayor será la capacidad de Ankara para influir sobre Europa y negociar con productores y consumidores desde una posición de fuerza.
Ese proyecto choca con Israel, que busca limitar la influencia de Ankara y consolidarse como puerta energética hacia Europa desde el Mediterráneo oriental. El oleoducto Eilat-Ashkelon, antes secundario, podría recuperar peso si se conecta con gas israelí, chipriota y, eventualmente, suministros del Golfo. Hay otra idea pendiente, que es conectar ese oleoducto con Arabia Saudita, pero por ahora está limitada a que los sauditas se sumen a los Pactos de Abraham, que a su vez Ryad condiciona a que Israel reconozca al Estados Palestino.
Para Ankara, cualquier corredor israelí fuerte reduciría la ventaja geográfica sobre la que construyó su política exterior. Por eso la tensión entre Erdogan y Netanyahu no se explica sólo por diferencias ideológicas o por el conflicto palestino: también forma parte de una competencia por las futuras rutas energéticas hacia Occidente.
En esa disputa se mezclan oleoductos, gasoductos, puertos, corredores ferroviarios y alianzas militares. Todos forman parte de la misma carrera: definir quién administrará el flujo de energía del siglo XXI y quién capturará los beneficios económicos y políticos de controlar esas rutas.
Irán enfrenta el problema inverso: necesita que Ormuz siga siendo indispensable. Mientras gran parte del petróleo del Golfo dependa de ese paso, Teherán conservará una herramienta de presión global. Cada ducto que lo evita reduce, aunque sea parcialmente, ese poder. Pero Irán también queda expuesto: cerca del 95% de sus exportaciones de crudo sale por el Golfo Pérsico, principalmente a través de la terminal de Kharg.
Por eso Teherán también busca salidas terrestres hacia el este. La principal es el gasoducto Irán-Pakistán, o Peace Pipeline, pensado para transportar entre 22.000 y 25.000 millones de metros cúbicos de gas por año desde South Pars hacia el subcontinente indio.
La lógica económica es clara: Pakistán sufre una crisis energética crónica e Irán posee las segundas mayores reservas mundiales de gas. Comparten frontera y la distancia a los centros de consumo es menor que la de otros proveedores de GNL. Irán completó casi todo su tramo, pero Pakistán postergó el suyo por temor a sanciones estadounidenses, falta de financiamiento internacional y necesidad de preservar vínculos con Arabia Saudita y EAU.
Paradójicamente, cuanto mayor es la tensión en Ormuz, más atractivo resulta ese gasoducto si China decidiera cubrir el hueco financiero y facilitar la salida hacia terminales pakistaníes operadas por empresas chinas en el puerto de Gwadar en el Indico. No resolvería el problema del petróleo, pero sí ofrecería a Teherán una válvula de escape para parte de su producción gasífera.
Ese no fue el único intento iraní por transformar el mapa energético regional. Durante la década pasada impulsó junto con Irak y Siria un ambicioso proyecto para transportar gas hasta la costa mediterránea. El llamado "gasoducto islámico" buscaba conectar South Pars con Siria atravesando territorio iraquí. Desde allí podría abastecer tanto al mercado sirio como eventualmente a Europa. La iniciativa fue presentada como una alternativa al proyecto que promovía Qatar para llegar al continente europeo a través de Arabia Saudita, Jordania y Siria.
El ducto impulsado por Doha habría reforzado la posición de los países árabes del Golfo en el mercado europeo, mientras que el proyecto iraní consolidaba un eje energético formado por Teherán, Bagdad y Damasco. La guerra civil siria, las sanciones internacionales contra Irán y la destrucción de buena parte de la infraestructura terminaron congelando ambos planes antes de que pudieran avanzar más allá de los estudios preliminares.
El caso de Qatar muestra la diferencia de soluciones entre petróleo y gas. El crudo puede circular por oleoductos durante miles de kilómetros; el gas exige ductos costosos o licuefacción a unos 160 grados bajo cero para viajar en buques metaneros. Esa dependencia marítima deja a Doha muy expuesta a Ormuz.

El emirato exporta GNL desde North Field, yacimiento que comparte con Irán. Sus clientes principales son China, India, Japón, Corea del Sur y, desde la invasión rusa de Ucrania, más países europeos. Ningún cargamento puede salir del Golfo sin cruzar el estrecho.
Desde hace más de veinte años aparecen proyectos destinados a reducir esa dependencia. El más conocido fue el gasoducto Qatar-Turquía, concebido para abastecer directamente al mercado europeo atravesando Arabia Saudita, Jordania y Siria antes de ingresar en territorio turco. La explicación habitual sostiene que Damasco rechazó la propuesta y que esa decisión terminó influyendo en el desarrollo posterior de la guerra siria. La realidad es bastante más compleja.
Siria mantenía una estrecha alianza estratégica con Irán y Rusia, dos países cuyos intereses energéticos podían verse afectados por la llegada masiva de gas qatarí a Europa. Moscú, principal proveedor europeo durante décadas, tenía pocos incentivos para facilitar un competidor de semejante magnitud. Irán, a su vez, impulsaba su propio corredor hacia el Mediterráneo. La guerra civil sepultó ambos planes. Con Al Sharra al frente de Siria y bajo protección turca, el proyecto qatarí podría recuperar viabilidad.
Otra vía de diversificación es el TAPI, que uniría Turkmenistán, Afganistán, Pakistán e India. No evita Ormuz de manera directa, pero reduciría la dependencia regional del gas qatarí. Su capacidad prevista es de unos 33.000 millones de metros cúbicos anuales, aunque la inseguridad afgana, la tensión India-Pakistán y la falta de financiamiento mantienen el proyecto estancado.
Mientras tanto, los principales clientes del petróleo y del gas del Golfo observan con atención este tablero. Europa busca desesperadamente diversificar proveedores desde la ruptura con Rusia. China intenta asegurar el abastecimiento para sostener su crecimiento industrial. India incrementa sus importaciones año tras año y Japón y Corea del Sur continúan dependiendo casi por completo de los suministros marítimos procedentes del Golfo. Cada nuevo ducto modifica, aunque sea mínimamente, el equilibrio entre esos grandes consumidores y los países productores.
Sin embargo, existe otra dimensión que está cambiando el tablero. En 2025, el 42 % de toda la energía eléctrica que consume China proviene de fuentes renovables, ya sea solares, eólicas, hidroeléctricas o nucleares.
Esa es la otra salida que está buscando el mundo, atenuar la dependencia de los combustibles fósiles y puede restarle importancia relativa tanto a Ormuz como a las salidas alternativas. China ejerce un monopolio de facto en la cadena de suministro de tecnologías limpias, controlando más del 80 % del mercado global de fabricación en sectores clave y concentrando la mitad de toda la capacidad instalada del planeta. De tanto mirar el Estrecho de Ormuz podemos perder de vista la opción que se va construyendo discretamente en otros sitios del mapa
China es el mayor comprador de energía de Medio Oriente, pero también está tomando la delantera en ese bypass tecnológico que no necesita de ductos. En esa disputa entre fósiles y alternativas aparece con fuerza otro actor: Estados Unidos. La consigna de Trump de “drill, drill, drill” refleja su apuesta prioritaria por los combustibles fósiles, aprovechando su condición de primer productor y consumidor mundial de petróleo. Al mismo tiempo, su menor énfasis en las energías renovables (con excepción de la nuclear) contrasta con la estrategia china, que combina la compra masiva de hidrocarburos con el liderazgo en tecnologías limpias. Esa diferencia de enfoque también se refleja en sus respectivas políticas exteriores.
Durante buena parte del siglo XX, Washington protegía las rutas del Golfo porque dependía del petróleo importado. La revolución del shale cambió el escenario: Estados Unidos redujo importaciones y se convirtió en uno de los mayores productores y exportadores de petróleo y GNL.
Washington aún necesita que Ormuz siga abierto: un cierre prolongado dañaría la economía global y presionaría sobre la inflación interna. Pero los precios altos también mejoran la rentabilidad del shale y vuelven más competitivo su GNL. Europa lo muestra con claridad: desde la guerra en Ucrania, el gas estadounidense ocupó parte del espacio que antes tenía Rusia, mientras Qatar expande North Field para defender su cuota.
Visto desde lejos, el mapa deja una conclusión clara: ningún oleoducto o gasoducto fue diseñado sólo para transportar petróleo o gas. Todos buscan modificar relaciones de poder.
Arabia Saudita y Emiratos quieren reducir el peso estratégico de Irán. Turquía busca transformar a Anatolia en el puente energético hacia Europa. Para Israel, además, la consolidación de grandes corredores energéticos controlados por Turquía o por un eje árabe disminuiría su peso estratégico como socio imprescindible de Occidente. Esa percepción explica por qué la competencia por las rutas energéticas también forma parte de la disputa por la hegemonía regional. Irán a su vez procura conservar el valor geopolítico de Ormuz y abrir corredores terrestres que le permitan sobrevivir a las sanciones sin perder capacidad de presión.
Europa acelera esa competencia. Tras la invasión rusa de Ucrania, buscó reemplazar el gas ruso con GNL estadounidense, contratos qataríes, corredores turcos, proyectos israelíes y mayores exportaciones de Azerbaiyán a través del Corredor Meridional de Gas.
Asia observa con la misma atención. China es destino central del petróleo saudita, iraquí e iraní, y uno de los mayores compradores de GNL de Qatar y Estados Unidos. India aumenta sus importaciones. Japón y Corea del Sur siguen altamente expuestos porque gran parte de su abastecimiento marítimo cruza Ormuz.
Por eso la infraestructura energética se volvió política exterior en estado físico. Un ducto crea dependencias que duran décadas: el productor necesita vender, el país de tránsito cobra tarifas y gana influencia, y el consumidor adquiere interés en sostener la estabilidad de toda la ruta.

La limitación es evidente: ninguna alternativa, sola o combinada, reemplaza el flujo de Ormuz. Incluso sumando el East-West Pipeline, Habshan-Fujairah, Kirkuk-Ceyhan y los corredores existentes o proyectados, la capacidad sigue por debajo de los aproximadamente veinte millones de barriles diarios que circulan por el estrecho. En gas, la dependencia es aún mayor porque Qatar exporta casi toda su producción en buques metaneros que deben cruzarlo.
La paradoja es que, tras cuatro décadas de inversiones multimillonarias, el mundo tiene más rutas alternativas que nunca, pero ninguna sustitución real. Algunos proyectos trasladan el riesgo a Bab el-Mandeb, Irak o Pakistán. Otros, como Qatar-Turquía, Irán-Irak-Siria o TAPI, siguen bloqueados por guerras, sanciones, rivalidades regionales o falta de financiamiento.
Las monarquías del Golfo avanzan además en el GCC Railway, una red ferroviaria de más de 2.000 kilómetros para unir Kuwait, Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, EAU y Omán. Aunque no podrá reemplazar el transporte masivo de petróleo, sí permitirá mover combustibles refinados, productos petroquímicos, fertilizantes, minerales y contenedores con menor dependencia del transporte marítimo. Pero además busca construir una red logística capaz de sostener economías cada vez más diversificadas y menos dependientes de un solo producto.
Sucede que, además, los ductos sólo resuelven una parte del problema. Las economías del Golfo ya no dependen únicamente del crudo o del gas. Arabia Saudita redujo gradualmente la dependencia el 80% al 60% de sus ingresos públicos de los hidrocarburos por el plan Visión 2030 que impulsa petroquímica, minería, logística, turismo y servicios. Y en ese plan se incluye la Saudi Green Initiative que busca que el 50% de la generación eléctrica sea de fuentes renovables para 2030. De nuevo aparece China en el horizonte como el gran comprador de energía fósil, pero a la vez como uno de los que maneja las alternativas energéticas.
En EAU, los hidrocarburos representan cerca de una cuarta parte del PBI; comercio, finanzas, transporte aéreo, puertos y turismo ganan peso. Qatar también desarrolló un sector financiero y de servicios alrededor de su rol regional.
Esa diversificación no reduce la importancia de Ormuz: la amplía. Fertilizantes, plásticos, químicos, aluminio y miles de millones de dólares en mercaderías pasan por puertos como Jebel Ali, Khalifa, Dammam, Hamad o Duqm. Dubái recibe cerca de veinte millones de turistas internacionales por año y depende de la conectividad aérea y marítima. Ningún oleoducto evita el impacto de una interrupción prolongada del comercio marítimo. Por eso incluso los países que más invirtieron para esquivar Ormuz siguen necesitando mantenerlo abierto.
Todo esto, recordando que, incluso sumando todas las alternativas existentes, la capacidad efectiva de bypass ronda los 4 a 6 millones de barriles diarios frente a los 20 a 21 millones que transitan habitualmente por Ormuz
La respuesta a la pregunta inicial es incómoda: el mundo puede reducir su dependencia de Ormuz, pero no reemplazarlo. Después de cuatro décadas de inversiones, ninguna ruta alternativa tiene escala suficiente. No se sale de la crisis por un costado. No queda otra alternativa que hacerle frente.
