Por ahora no hay Patriot para Ucrania
- Ignacio Montes de Oca
- 3 ago
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Por Ignacio Montes de Oca
Por ahora no hay Patriot para Ucrania. Mientras Trump cambia de opinión por tercera vez en tres semanas, julio se convirtió en el mes más mortífero para los civiles ucranianos desde 2022: al menos 377 muertos y más de 2.129 heridos.
Ucrania festejaba haber empezado a resolver el problema de los Patriot. Trump le había otorgado el permiso para fabricarlos en la última cumbre de la OTAN y lo anuncio en la última cumbre de la OTAN en Ankara. Sin embargo, Trump acaba de decir que “no está seguro” de cederles la licencia.
El enésimo cambio de opinión de Trump surge mientras la defensa aérea de Ucrania atraviesa uno de los momentos más críticos desde el inicio de la invasión rusa. Lo que hace apenas unas semanas parecía un giro histórico, con la posibilidad de que Kiev obtuviera la licencia para fabricar misiles Patriot en su propio territorio, terminó convirtiéndose en un nuevo foco de incertidumbre para los ucranianos. Trump pasó de prometer esa autorización a ponerla en duda por razones de seguridad tecnológica y escasez de armamento. Volodímir Zelenski insiste en que su país no necesita promesas para dentro de dos años, sino interceptores capaces de proteger sus ciudades durante el próximo invierno.
El cambio de posición de Washington se produjo en apenas tres semanas. Repasemos la secuencia. El 8 de julio, durante la cumbre de la OTAN en Ankara, Trump aseguró a Zelenski que Estados Unidos otorgaría las licencias necesarias para fabricar interceptores Patriot en Ucrania y afirmó incluso que podrían producirse con rapidez, aunque reconoció que todavía no había consultado a las empresas propietarias de la tecnología, Lockheed Martin y RTX.
El 28 de julio, tras una reunión en Washington, Zelenski confirmó públicamente que el acuerdo seguía vigente y anunció conversaciones con directivos de Lockheed Martin para adaptar parte de la industria misilística ucraniana a la fabricación de interceptores. Sin embargo, al comprender que levantar una línea de producción demandaría varios años, el mandatario ucraniano cambió de estrategia y el 29 de julio pidió a Trump un paquete urgente de 300 misiles Patriot ya terminados para afrontar el invierno.

Apenas un día después llegó el giro. Entre el 30 y el 31 de julio la Casa Blanca comenzó a enfriar la iniciativa y Trump admitió que ya no estaba seguro de conceder las licencias, alegando la escasez mundial de armamento, la presión sobre los inventarios estadounidenses y el riesgo de transferir una de las tecnologías militares más sensibles de Occidente a un país que combate en una guerra de alta intensidad.
La discusión no es solo política. Tiene consecuencias inmediatas sobre el campo de batalla. Rusia modificó su estrategia durante los últimos meses y redujo el peso de los ataques con drones Shahed para aumentar el empleo de misiles balísticos Iskander-M y proyectiles norcoreanos KN-23, consciente de que Ucrania dispone de muy pocas baterías Patriot, el único sistema capaz de interceptar con alta eficacia ese tipo de amenazas. El resultado de la falta de misiles está siendo devastador.
Los grandes ataques del 6, 26 y 30 de julio reflejaron el deterioro de la defensa aérea. La Fuerza Aérea de Ucrania consiguió seguir derribando numerosos drones y misiles de crucero, pero en varias oportunidades la capacidad para interceptar misiles balísticos cayó prácticamente a cero por falta de proyectiles Patriot. Barrios residenciales de Kiev, como Podilskyi y Darnytskyi, fueron alcanzados directamente, mientras que en la localidad de Vyshneve más de cien viviendas sufrieron daños. Járkov y Zaporiyia soportan bombardeos diarios contra supermercados, escuelas e infraestructura urbana, y hasta la ciudad occidental de Lviv, considerada durante mucho tiempo una zona relativamente segura, registró la destrucción parcial de bloques de departamentos, obligando a miles de personas a pasar las noches en estaciones de metro utilizadas como refugios. La red eléctrica también volvió a sufrir daños de consideración.

La diferencia entre Trump y Zelenski responde a dos formas completamente distintas de entender el problema. Zelenski anuncia en público para forzar a Washington. Trump promete en caliente y después deja que el Pentágono y las empresas frenen el acuerdo.
Hay que tener en cuenta, además, que fabricar un Patriot no consiste simplemente en montar una línea de ensamblaje. Hace falta permiso del Congreso bajo la ley ITAR y una cadena de suministro de microchips y sensores que ya está al límite.
La situación también deja al descubierto una paradoja. Trump sostiene desde hace años que Europa y Ucrania deben reducir su dependencia del dinero de los contribuyentes estadounidenses. Sin embargo, permitir que Kiev fabrique sus propios interceptores iría precisamente en esa dirección. Ucrania debería pagar licencias, regalías y componentes producidos exclusivamente por empresas estadounidenses como Lockheed Martin y RTX, generando ingresos para la industria de defensa norteamericana y reduciendo, a largo plazo, la necesidad de nuevas donaciones de armamento. Bloquear esa posibilidad obliga a Kiev a seguir dependiendo de la entrega directa de misiles fabricados en Estados Unidos.
Los asesores militares de la Casa Blanca, sin embargo, consideran que los riesgos superan los beneficios. El Patriot representa la tecnología más sofisticada de la defensa antiaérea occidental. Si una futura planta en Ucrania fuera alcanzada por un bombardeo, infiltrada o capturada, parte de sus sistemas de guiado, radares y tecnologías críticas podrían terminar en manos de Rusia o incluso de China. Además, Ucrania tampoco podría fabricar los misiles de manera inmediata, aunque recibiera la licencia. La producción depende de microchips avanzados, sensores térmicos, motores de combustible sólido y otros componentes cuya oferta mundial ya resulta insuficiente. Construir instalaciones protegidas, entrenar personal y desarrollar toda la infraestructura industrial demandaría entre dos y tres años, un plazo completamente incompatible con las necesidades inmediatas del frente.
Esta contradicción alimenta otro debate político. Diversos analistas consideran que el freno a las licencias también encaja con la conocida preferencia de Trump por reducir la confrontación directa con Vladímir Putin y acelerar una negociación para poner fin a la guerra. Desde esa perspectiva, retrasar el fortalecimiento de la defensa aérea ucraniana incrementa la presión sobre Kiev y limita su margen de maniobra en una futura mesa de negociación, aunque la Casa Blanca atribuye su decisión exclusivamente a razones técnicas y estratégicas.

La urgencia queda reflejada en las cifras. Durante 2026 Ucrania prácticamente no recibió nuevos lotes de misiles Patriot. Polonia anunció la entrega de apenas entre tres y nueve interceptores, una cantidad simbólica frente a las necesidades del país. Estados Unidos aprobó un nuevo paquete militar que incluía misiles PAC-3, pero las entregas quedaron paralizadas cuando parte de los inventarios fueron destinados al refuerzo de las fuerzas estadounidenses en Medio Oriente tras la escalada con Irán. Zelenski respondió solicitando de emergencia 300 interceptores para afrontar el invierno, pero Trump dijo que las reservas disponibles son extremadamente reducidas. La gravedad del problema se entiende al comparar esas cifras con el consumo real: Ucrania utiliza normalmente entre 60 y 70 misiles Patriot por mes y puede llegar a disparar hasta 180 durante los períodos de mayor intensidad de los ataques rusos. Haber recibido menos de una decena de proyectiles durante todo el año explica el desplome de la capacidad para interceptar misiles balísticos.
Ante este escenario, Kiev intenta reducir su dependencia mediante varias alternativas, aunque ninguna ofrece una solución inmediata. La primera es el programa FrankenSAM, que combina radares soviéticos con misiles occidentales como los AIM-9M Sidewinder y RIM-7 Sea Sparrow para crear sistemas híbridos capaces de entrar en servicio en pocas semanas. Su ventaja es la rapidez, aunque solo sirven para destruir drones y misiles de crucero, no proyectiles balísticos.
La segunda apuesta consiste en acelerar el desarrollo del misil ucraniano Hrim-2 o Sapsan. La idea ya no es únicamente interceptar ataques, sino destruir las plataformas de lanzamiento dentro de Rusia. Los primeros modelos demostraron capacidad operativa, pero producir una serie limitada demandará entre 12 y 18 meses y obligará a dispersar la fabricación en instalaciones subterráneas para reducir el riesgo de los bombardeos rusos.
La tercera alternativa pasa por Europa. Kiev presiona a Francia e Italia para obtener sistemas SAMP/T, conocidos como Mamba, la única defensa europea con capacidad real para interceptar misiles balísticos de manera comparable al Patriot gracias al misil Aster 30. Transferir baterías ya existentes podría demorar entre seis y doce meses, dependiendo exclusivamente de la decisión política de ambos gobiernos, mientras que fabricar unidades nuevas requeriría entre dos y tres años debido a los retrasos que enfrenta el consorcio MBDA. Paralelamente, Ucrania continúa incorporando baterías IRIS-T alemanas y NASAMS noruegas, eficaces contra drones y misiles de crucero, pero insuficientes para reemplazar a los Patriot frente a los ataques balísticos.
En definitiva, el principal obstáculo ya no es el dinero. El cuello de botella está en la escasez mundial de microchips militares, sensores de alta precisión, motores de combustible sólido y otros componentes críticos que limitan la producción de todos los sistemas modernos de defensa aérea.
Mientras Washington debate licencias, contratos y riesgos tecnológicos, Rusia aprovecha esa ventana de vulnerabilidad para intensificar sus ataques con misiles balísticos. Por eso, durante los próximos meses, la estrategia más realista para Ucrania será combinar los sistemas híbridos FrankenSAM para aliviar la presión diaria sobre sus defensas, insistir ante París y Roma para obtener baterías SAMP/T ya operativas y seguir esperando una decisión política de Estados Unidos que, por ahora, continúa atrapada entre la urgencia de la guerra, los cambios de rumbo de Trump y los límites de su propia industria militar.



