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Pucará Defensa en la conferencia de líderes de la aviación militar: La guerra en el espacio

 

En este segundo informe sobre la Conferencia Global de Jefes de Estado Mayor del Aire y el Espacio organizada por The Air and Space Power Association en el mes de julio en Londres, describimos los temas tratados en el segundo bloque, “Operacionalizando el dominio espacial”, en el cual se contó con las exposiciones del General B. Chance Saltzman, jefe de operaciones espaciales de la United States Space Force, el vice mariscal Jamie Thompson, comandante del Comando Espacial Británico, el mayor general Greg Novak, comandante del Comando Espacial de Australia, la Dra. Dr Julia Balm, codirectora del Freeman Air & Space Institute del King’s College London, y el Dr Michael O’Callaghan, líder de Programas Geoespaciales y Futuros de Airbus Defence & Space.

Este panel analizó cómo convertir el espacio en un dominio plenamente operacional, integrado con las demás áreas de la actividad militar y preparado para un entorno de competencia, crisis y conflicto. El debate partió de una premisa compartida: la incertidumbre es permanente y los comandantes deben decidir con la mejor información disponible, pero conservando suficiente flexibilidad para ajustar sus planes a medida que mejora la comprensión de la situación. Los participantes relacionaron esta necesidad con la experiencia acumulada en otros dominios, aunque advirtieron que las particularidades del espacio obligan a adaptar, y no simplemente copiar, conceptos doctrinales terrestres, marítimos, aéreos o cibernéticos.

La escalada y la desescalada fueron presentadas como elementos inseparables de una política de disuasión. La prioridad inicial debe ser evitar la respuesta mediante la disuasión de la acción adversaria; sin embargo, ningún esfuerzo puede garantizar un resultado absoluto. Cuando una crisis avanza, las fuerzas deben disponer de vías de salida que impidan que el enfrentamiento alcance una situación irreversible. Para ello se consideraron esenciales la comprensión común del entorno, el intercambio de información, la asociación entre aliados, la conciencia situacional y el reparto de cargas. La resiliencia compartida permitiría reducir el impacto de una crisis, evitar que sea catastrófica y conservar una vía de recuperación.



Desde la perspectiva australiana, el imperativo de actuar se apoya en una orientación estratégica consolidada. La revisión estratégica de defensa de 2023 reconoció el espacio como un dominio propio, junto con los dominios terrestre, aéreo, marítimo y cibernético; esa orientación fue reforzada por la Estrategia de Defensa Nacional de 2024 y por la publicada en 2026. Este enfoque ha permitido establecer un liderazgo centralizado de nivel de tres estrellas y coordinar con mayor deliberación y sincronía las acciones dentro del departamento, con el Gobierno y con los aliados y socios. También ha aportado claridad sobre las prioridades de fuerza futuras.

La primera prioridad australiana es disponer de satélites múltiples y resilientes en un dominio espacial contemporáneo congestionado, disputado y cada vez más maniobrado. La segunda es aumentar la conciencia del dominio espacial mediante una percepción continua de lo que ocurre en órbita. En este ámbito se destacó la cooperación con Estados Unidos y el Reino Unido en la capacidad de radar DARC, junto con la necesidad de ampliar la cobertura de sensores, mejorar los sistemas de misión y reforzar la conectividad general. La tercera prioridad es la inteligencia geoespacial. La cuarta consiste en reconocer el papel del espacio en la disuasión y en desarrollar una misión de control espacial: sin ella no sería posible garantizar las demás misiones espaciales ni protegerlas frente a las acciones de un adversario.

El mayor general Greg Novak explicó que prioridades se han mantenido desde la estrategia de 2024 y cuentan con inversión prevista. Se identificaron entre nueve y doce mil millones de dólares para mejorar el ámbito espacial durante la década. Además, existen programas y proyectos relevantes dentro del programa integrado de inversión, en distintas fases de aprobación o decisión gubernamental. El mando también utiliza líneas de financiación de sostenimiento para acelerar mejoras, reducir el riesgo de proyectos mayores y elevar las capacidades, no solo para mantener operativos los sistemas existentes. Entre las medidas mencionadas se encuentran el tratamiento de fuentes y una mejor conectividad.

 

Operacionalizar el dominio espacial

Otro avance señalado fue la elaboración de un concepto de dominio que permite hablar del espacio no únicamente como un ámbito separado, sino como un entorno en el que opera la fuerza conjunta, el Gobierno, los aliados y los socios. El concepto busca operacionalizar el dominio: conocer el terreno, proteger y defender los intereses, capacidades y plataformas propias, maniobrar incluso durante la competición y contribuir a la disuasión mediante una posición difícil de vulnerar. Si esas medidas no bastan, debe existir preparación para afectar al adversario o responder a las amenazas. Al mismo tiempo, la fuerza debe percibir, evaluar y reorientar sus acciones para volver a una situación de estabilidad y seguridad, evitando que el dominio se vuelva insostenible. La idea central es que el espacio no debe gestionarse por sí mismo ni quedar reservado a especialistas: sus efectos deben integrarse en la misión conjunta.

La discusión sobre alianzas e interoperabilidad introdujo una de las principales preocupaciones del panel. Julia Barnes destacó que se observa una red cada vez más densa de alianzas, asociaciones y acuerdos multilaterales destinados a coordinar esfuerzos espaciales. Se citaron la OTAN, JEFFS, CUSPO, AUKUS, la Unión Europea, EUSPA y la Agencia Espacial Europea, además de una carga útil de la OTAN anunciada con participación de Dinamarca, Canadá, Finlandia, Alemania, Noruega, Suecia, Turquía y los Países Bajos. La superposición de membresías puede ampliar las capacidades, pero también plantea dudas sobre la integración de satélites militares soberanos, la coordinación práctica, el intercambio de datos, la desconflictación de demandas operativas y la responsabilidad cuando divergen las prioridades.

La cuestión no se limita a la OTAN. La Unión Europea está dando un papel mayor a la Comisión Europea y a la Agencia Espacial Europea en prioridades de defensa; Barnes mencionó el Escudo Espacial Europeo, previsto para 2027, así como la arquitectura europea de respuesta y el papel de EUSPA, la Agencia de la Unión para el Programa Espacial, en la maximización del retorno de la inversión. El Reino Unido aún debe definir cómo encaja en ese entramado. El riesgo identificado es que se desarrollen demasiadas vías divergentes, con actores que persiguen prioridades e incentivos propios sin una comprensión suficientemente alineada de los objetivos comunes. La interoperabilidad, por tanto, no debe entenderse solo como compatibilidad técnica, sino como coordinación de prioridades, datos, decisiones y responsabilidades.

 


Control del espacio

Desde Airbus, O’Callaghan planteó que la doctrina espacial aliada se encuentra todavía en una fase inicial y compararon el momento actual con el desarrollo de la doctrina del control aéreo antes de la Segunda Guerra Mundial. Aunque las naciones aliadas han avanzado en la comprensión del espacio como dominio de combate, sus doctrinas siguen siendo desiguales. El reto consiste en vincular lo que se hace en el espacio con los efectos operativos que se quieren producir sobre el terreno. Las operaciones recientes y la atención pública al papel del espacio han ayudado a demostrar la importancia de ese vínculo, pero todavía existe incertidumbre sobre cómo alcanzar de manera sistemática la efectividad operativa.

Para desarrollar soluciones adecuadas es necesario comprender primero las amenazas. O’Callaghan mencionó el informe anual de capacidades globales de contra-espacio de la Secure World Foundation como una fuente abierta que describe las capacidades de Estados Unidos y de países adversarios. Aunque Estados Unidos mantiene una ventaja considerable, Rusia, China e Irán poseen diversas capacidades de contra-espacio capaces de poner en riesgo los sistemas aliados. El aumento de esas capacidades obliga a las naciones que todavía consideran novedoso el problema a determinar qué efectos tendrá sobre el terreno y qué medidas deben adoptar durante los próximos años.

Un ejemplo central fue el crecimiento de las constelaciones proliferadas. Starlink y OneWeb muestran el uso creciente de redes de satélites numerosos, mientras China está desarrollando mega constelaciones que, según lo expuesto, podrían alcanzar aproximadamente veinticinco mil satélites en órbita terrestre baja durante los próximos cinco años. Esas constelaciones no estarán destinadas únicamente a las comunicaciones: también podrían proporcionar inteligencia, vigilancia y reconocimiento, alerta y seguimiento de misiles y otras funciones. La proliferación aumenta las posibilidades de resiliencia, pero también amplía la superficie que debe protegerse y modifica la manera en que se planificarán las operaciones después de 2030. La cuestión para la industria y los Gobiernos es qué capacidades deben desarrollarse ahora para conservar la efectividad operativa durante la próxima década.

Desde el punto de vista industrial, la respuesta debe centrarse en sistemas resilientes capaces de funcionar en el espacio, en tierra y a través de enlaces seguros. La planificación debe abarcar la arquitectura completa, incluidas las plataformas orbitales, el segmento terrestre, los enlaces y los terminales. También debe contemplar comunicaciones híbridas, soluciones comerciales cuando resulten adecuadas y capacidades aseguradas cuando sean necesarias. La industria necesita conocer las prioridades, los ámbitos en los que se prevé invertir y las capacidades que deben desarrollarse, porque poner sistemas en órbita requiere tiempo y no permite responder de un día para otro a una crisis.

 


Dominio espacial

Como introducción a la presentación del General Saltzman se le preguntó si el objetivo debiera ser alcanzar el dominio espacial, tomando como referencia la doctrina de la superioridad aérea. La respuesta fue cautelosa. La necesidad de conservar las ventajas obtenidas mediante el espacio se consideró incuestionable, pero la dominancia resulta difícil de medir en un dominio donde las capacidades son distribuidas, vulnerables y dependientes de múltiples actores. A medida que las funciones espaciales se vuelven más críticas para la economía, la seguridad nacional y las operaciones militares, aumenta la probabilidad de que sean objeto de amenazas. Por ello, la prioridad debe ser defender las capacidades colectivas y negar al adversario el uso de capacidades espaciales contra las fuerzas propias.

La lógica propuesta se parece a la de la superioridad aérea: proteger lo que se pretende hacer y negar al adversario la posibilidad de hacer lo que amenaza a las fuerzas propias. Sin embargo, consideró preferible hablar de defensa, negación, protección y resiliencia antes que afirmar sin matices que la dominancia es alcanzable o necesaria. Una fuerza más fuerte y creíble puede reforzar la disuasión, pero la doctrina debe ser realista y pragmática. También planteó un enfoque localizado, que permita abordar problemas concretos sin intentar resolver de una vez todas las cuestiones del dominio. Esta priorización es especialmente importante para asignar recursos limitados.

En relación con la protección de satélites militares de alto valor, se preguntó si cada plataforma debería incorporar equivalentes espaciales de las ayudas defensivas de una aeronave: radar, alertas láser, cámaras para detectar objetos hostiles o sensores y blindaje. La respuesta fue que la supervivencia debe considerarse desde el diseño, pero no necesariamente mediante el mismo paquete de autoprotección en todas las plataformas. El espectro de amenazas es muy amplio, desde misiles terrestres y ataques físicos hasta interferencias, ciberataques y otras formas de contra-espacio. Por tanto, primero deben identificarse las amenazas más urgentes y determinarse qué soluciones son proporcionales al riesgo y a la misión.

La resiliencia puede obtenerse de varias formas. Algunas plataformas podrían requerir medidas de autoprotección específicas; otras podrían compensar su vulnerabilidad mediante reconstitución ágil, profundidad de arquitectura, distribución de funciones entre muchas capacidades, uso de servicios comerciales o cooperación con aliados y socios. La solución dependerá del valor de la misión, del riesgo que se acepte y de la rentabilidad a lo largo del ciclo de vida. Diseñar sistemas sin considerar la supervivencia como atributo esencial sería inadecuado en un dominio hostil, pero equipar cada plataforma con todas las defensas posibles tampoco sería necesariamente sostenible ni económicamente justificable.

Los participantes advirtieron contra la extrapolación automática de lecciones de otros dominios. Que una capacidad funcione en el aire no significa que pueda trasladarse sin modificación al espacio. En aviación no todos los aviones incorporan el conjunto completo de ayudas defensivas, porque el coste puede ser injustificado o porque la amenaza no exige proteger cada aeronave de la misma manera. La lección aplicable al espacio es la necesidad de alorar el riesgo y proteger de forma prioritaria las capacidades que representan un interés nacional vital, sin asumir que existe una única configuración válida para toda la arquitectura.

 


Protección de sistemas

El uso del término «guerra» o «combate» espacial se consideró útil para preparar a las fuerzas, porque los adversarios ya están actuando contra sistemas y servicios espaciales. Se puso como ejemplo la interferencia de GPS, que afecta a aeronaves, vehículos aéreos no tripulados y municiones guiadas. Según lo expuesto, Rusia ha provocado interrupciones de GPS de hasta diez segundos en distintas zonas de Europa. También se citó un estudio procedente de Arlington, Texas, que identificó setenta y cinco casos desde 2019 en los que Rusia habría interferido no solo con GPS, sino también con Galileo y BeiDou, aunque no con GLONASS. Los participantes señalaron que ciertos patrones, como ráfagas de tres a cinco segundos, pueden apuntar a un origen concreto, pero que la atribución de intención o de carácter deliberado sigue siendo difícil.

La conclusión operativa de ese ejemplo es que las fuerzas deben prepararse para la degradación de servicios espaciales y contar con alternativas. Se mencionó eLoran, un sistema terrestre de navegación de largo alcance mejorado que puede ofrecer una alternativa al GPS. Aunque el apoyo a eLoran había sido vacilante, se señalaron compromisos de inversión mayores del Reino Unido y Francia. También se afirmó que China había alcanzado en 2024 una red eLoran nacional plenamente operativa desde la estación de Dunhuang. Esta evolución fue presentada como indicio de que otros países están desarrollando opciones de resiliencia para conservar sus capacidades de navegación, observación y comunicaciones cuando sus sistemas espaciales sufran interferencias o degradación.

La dependencia de infraestructura comercial complica la decisión sobre qué debe protegerse. Una parte considerable de la infraestructura espacial no pertenece a las fuerzas armadas, sino al sector privado. Será necesario determinar qué sistemas pueden reforzarse, cómo hacerlo y mediante qué mecanismos se decidirá qué infraestructuras requieren resiliencia adicional. El punto de partida propuesto es reconocer que las capacidades comerciales ya no se lanzan a un entorno benigno. Durante décadas pudo diseñarse un sistema para cumplir su función principal sin considerar que el dominio era hostil; esa premisa ya no resulta válida. Cuanto más útil sea una infraestructura para la nación, mayor puede ser su atractivo para un adversario durante una crisis o un conflicto.

La industria comercial debe incorporar esa realidad al diseño y no suponer que puede permanecer al margen de la zona de guerra si el conflicto se extiende al espacio. Las amenazas tendrán que afrontarse directamente y la resiliencia deberá formar parte de la arquitectura, de los requisitos y de las decisiones de inversión. Esto exige una relación más estrecha entre Gobiernos, fuerzas armadas, empresas y aliados, de modo que las capacidades comerciales que se integren en servicios militares puedan cumplir sus funciones incluso bajo presión.

 


Doctrina y formación

Sobre la evolución de la doctrina aliada del Reino Unido, se propuso partir de las lecciones comprobadas en otros dominios, evitando comenzar desde cero, pero aplicándolas después a las características específicas del espacio. Una diferencia fundamental es que la guerra espacial no puede localizarse de la misma manera que un enfrentamiento en otros dominios. Además, la combinación de capacidades comerciales y militares impide dar por garantizado el acceso al espacio: el acceso debe asegurarse mediante medidas de protección, redundancia, cooperación y preparación. Reconocer que el acceso no está asegurado es el primer paso para diseñar una doctrina realista.

La integración entre espacio y ciberseguridad ocupó otro bloque de debate. Según el General Novak, en la jerarquía doctrinal australiana, tierra, aire y mar aparecen como columnas verticales, mientras que el espacio y el ciber atraviesan todos los dominios y cumplen una función de integración. El espacio no existe para producir efectos aislados, sino para proporcionar capacidades y efectos espaciales que permitan operaciones integradas y otorguen la máxima ventaja a la fuerza conjunta, especialmente cuando esta expone personal y equipos al riesgo. Australia ha adoptado una estructura en la que el liderazgo conjunto cubre espacio y ciberseguridad, aunque se recalcó que se trata de dominios distintos, con puntos de intersección y diferencias importantes.

La conexión entre espacio, ciberseguridad y operaciones especiales puede permitir combinar efectos de distintos dominios desde una perspectiva terrestre. No obstante, la integración no debe confundirse con la eliminación de las particularidades de cada área. La mentalidad espacial continúa en desarrollo. El objetivo es que los demás componentes comprendan que el espacio no se limita a facilitar información o servicios, sino que también puede contribuir activamente a la operación. En determinadas circunstancias, el espacio podría ser el componente apoyado y los demás dominios los componentes de apoyo. Alcanzar esa situación requiere que los usuarios de otras áreas dejen de considerar el espacio como una capacidad añadida al final de la planificación.

La formación profesional fue considerada una condición para ese cambio cultural. Se está desarrollando una progresión de capacitación que ya ofrece niveles iniciales y avanza hacia un nivel técnico espacial más elevado. Parte de las plantillas estará compuesta por profesionales y especialistas espaciales. Cuando ese personal pase de destinos espaciales a puestos en otras áreas, podrá trasladar el conocimiento del dominio y mejorar la comprensión de su contexto. La fuerza integrada necesita profesionales capaces de trabajar en todos los ámbitos y de explicar cómo los efectos espaciales modifican las opciones operativas.

El volumen creciente de datos fue identificado por Julia Balm como un reto transversal. Las fuerzas integradas recibirán información procedente del espacio y deberán combinarla con datos de otros dominios, pero no todo puede compartirse con todos los actores. La demanda de datos crece de forma exponencial y la necesidad de obtener información a la velocidad de la relevancia solo aumenta. Entre las respuestas propuestas figuran utilizar de manera más eficiente las redes y capacidades existentes, integrar esas capacidades mediante alianzas para rellenar y reparar redes en periodos de tensión y aprovechar más el procesamiento en el borde. Procesar los datos cerca de donde se generan evita trasladar toda la información a centros de procesamiento y puede reducir los tiempos de respuesta.

Estas medidas no eliminan el problema, pero lo hacen manejable. Cuando no exista capacidad suficiente, será imprescindible priorizar con rigor los datos y productos necesarios para cumplir la misión. La cuestión no consiste en disponer de todos los datos, sino en identificar cuáles son relevantes para la decisión concreta. Por ello, los algoritmos y las herramientas de inteligencia artificial pueden ayudar a filtrar, ordenar y contextualizar la información. El objetivo es obtener rápidamente lo necesario para decidir, no administrar un conjunto monolítico de datos que nadie necesita utilizar por completo.

La confianza en los datos fue presentada como una cuestión tan importante como su clasificación. La inteligencia artificial puede modificar la manera de ordenar y explotar la información, pero antes debe determinarse si los datos son fiables, quién los clasifica y si puede confiarse en los procesos y resultados que se emplearán para adoptar decisiones de alto impacto. El espacio no produce únicamente datos espaciales: fusiona información obtenida desde el espacio con conjuntos de datos de otros ámbitos. Esa combinación aumenta el valor potencial, pero también la complejidad de la validación, la autoridad y la interpretación.

Balm planteó “No estoy luchando por gestionar todo el oxígeno del mundo”, para explicar que nadie necesita controlar la totalidad de un recurso para funcionar; cada usuario necesita que esté disponible lo que resulta esencial para su tarea y que existan mecanismos para detectar condiciones perjudiciales. Del mismo modo, no todos necesitan todos los datos, pero sí herramientas capaces de advertir sobre problemas, filtrar información y ofrecer contexto. Plantear correctamente la pregunta operativa es fundamental. De lo contrario, el volumen de información puede resultar paralizante y retrasar la decisión en lugar de mejorarla.

 

El rol de la IA

Respecto de la inteligencia artificial, la posición dominante fue que ofrece un potencial considerable para los equipos de combate, pero no debe sustituir a los procesos ni a las personas responsables de las operaciones. La IA debe utilizarse como aumento de las capacidades humanas, no como una alternativa que permita abdicar del juicio profesional. Puede apoyar la gestión de cadenas de suministro, el análisis de datos geoespaciales, la identificación de patrones y la generación rápida de productos de inteligencia. La cuestión decisiva no es solo cuántos datos pueden procesarse, sino cómo convertirlos en conocimientos fiables y útiles para el usuario final.

Desde Airbus, O’Callaghan señaló que durante los últimos diez o quince años se ha repetido la preocupación por el exceso de datos, mientras que la capacidad de procesamiento y los sistemas disponibles han crecido con rapidez. El desafío actual consiste más bien en extraer ideas y decisiones de la información. Citó aplicaciones de aprendizaje automático, modelos de lenguaje y otras técnicas de IA en ámbitos como la cadena de suministro de aeronaves comerciales y el análisis de imágenes geoespaciales. Además, describió a Airbus como la segunda mayor entidad privada de imágenes de inteligencia geoespacial comercial del mundo y subrayó la necesidad de entregar datos y conocimientos con rapidez.

La utilidad de esas herramientas debe medirse por su efecto sobre el usuario final. En comunicaciones por satélite, por ejemplo, el operador o el personal desplegado probablemente no necesite conocer qué red concreta se utiliza ni el origen exacto de los datos; necesita la garantía de que el servicio estará disponible cuando sea necesario. De ahí la importancia de enfoques híbridos: comunicaciones aseguradas cuando la misión lo exige y soluciones comerciales cuando resultan apropiadas; datos comerciales para inteligencia, vigilancia y reconocimiento cuando puedan emplearse, junto con inteligencia clasificada de alta fidelidad cuando sea necesaria. Si la complejidad de las redes y fuentes se hace transparente para el usuario, este puede concentrarse en decidir con eficacia y rapidez.

En materia de integración aeroespacial y cibernética, afirmó que durante los últimos ocho años se ha producido un avance notable. Las preguntas son ahora más maduras, existen productos tangibles para responder a los desafíos y la comunidad se ha unido para mejorar la integración. Todavía no está todo resuelto. Persisten problemas de interoperabilidad, especialmente al incorporar sistemas heredados a arquitecturas modernas, pero existen planes y el debate público formula preguntas más adecuadas que hace cinco o seis años. El progreso se consideró significativo, aunque no suficiente para cerrar el trabajo pendiente.

 


Consecuencias de un ataque

El panel también examinó las consecuencias de un ataque extremo, como la destrucción de capacidades espaciales mediante una explosión nuclear y la generación de escombros orbitales de larga duración. Se señaló que un acontecimiento de ese tipo constituiría un ejemplo de escalada en el espacio cuyos efectos perjudicarían a todos, incluso a quien pretendiera obtener una ventaja inmediata. Sería una estrategia de tierra quemada, incompatible con la dependencia mutua que caracteriza la guerra moderna y con el valor que todos los actores obtienen de los servicios espaciales. Por ello, se presentó como un escenario de consecuencias extraordinarias y difícilmente compatible con los intereses de cualquier parte, sin que los participantes quisieran formular una estimación concreta de probabilidad.

La posibilidad de armas nucleares en órbita se consideró una preocupación legítima. Se mencionó un estudio del MIT que propone detectar la presencia de un arma nuclear orbital mediante sensores instalados en satélites capaces de identificar neutrones y el patrón producido por protones de alta energía al colisionar con material radiactivo. Aunque la propuesta se encuentra en una fase inicial, podría abrir un debate sobre sistemas internacionales de verificación y sobre la posibilidad de contar con una especie de mecanismo semejante al de la OIEA para la órbita. La disponibilidad de fuentes verificadas y validadas permitiría analizar y clasificar con mayor confianza la presencia de armas nucleares en el espacio.

 

Disparidad de capacidades

También se observó un cambio de paradigma derivado de la disparidad entre los Estados que poseen armas nucleares y los que no las poseen, pero que operan satélites y capacidades orbitales. La entrada de nuevos Estados y actores no estatales ampliará esa complejidad. Los Estados sin armas nucleares pueden actuar en los niveles inferiores de la escalera de escalada y producir efectos desproporcionados. En consecuencia, las posturas espaciales deben tener en cuenta la dimensión nuclear, ya que la arquitectura nuclear de un Estado influye en sus mecanismos de respuesta, en sus posibilidades de escalar o desescalar y en la interpretación que otros actores harán de sus acciones.

La preparación y el entrenamiento multidominio fueron identificados como áreas con carencias importantes. Una de las principales brechas es la disponibilidad de experiencia espacial suficiente, tanto dentro de las fuerzas armadas como en la industria, otros servicios, otras naciones y las organizaciones públicas. Si no existen expertos capaces de proporcionar asesoramiento espacial cuando se adoptan decisiones de alto nivel, se formulan requisitos tácticos o se diseñan sistemas, se limita la capacidad de acción y se ralentiza el proceso. El desarrollo de una experiencia profesional espacial, militar, civil y comercial, se consideró vital para avanzar.

 


Más conocimiento espacial

Además de especialistas espaciales, se necesita un nivel más amplio de conocimiento espacial entre los operadores de otros dominios. Estos deben saber cuándo formular preguntas relacionadas con el espacio e incluir consideraciones espaciales en la planificación, las respuestas y los conjuntos de acciones. La integración no puede depender únicamente de un pequeño grupo de expertos: los responsables no espaciales deben reconocer cómo el espacio puede afectar sus operaciones y qué decisiones deben coordinarse con los especialistas.

Otra carencia se refiere a la capacidad de modelar efectos y resultados espaciales y compartirlos con la fuerza integrada. No basta con producir datos o describir fenómenos orbitales; es necesario traducirlos en consecuencias operativas comprensibles, con una clasificación que permita compartirlas con los usuarios adecuados. La insuficiencia de modelos accesibles limita la incorporación del espacio a los ejercicios, a la planificación y a la toma de decisiones conjunta.

Los ejercicios, el entrenamiento y los juegos de guerra fueron propuestos como instrumentos esenciales para cerrar esas brechas. El espacio debe incorporarse desde el diseño del ejercicio, la definición de los objetivos de entrenamiento, la planificación, la ejecución y la validación de resultados. Las lecciones deben documentarse e integrarse posteriormente en procedimientos y capacidades. Aunque se reconoció que todavía existe una laguna, también se observó una evolución clara: formaciones que antes no consideraban el espacio ya están entrenándose con atención a la firma, la movilidad y la descentralización de la masa. La conciencia espacial está modificando la forma en que los cuarteles modelan sus operaciones y priorizan sus recursos.

El entrenamiento colectivo combinado entre aliados se presentó como una ventaja adicional. Las fuerzas no necesitan desarrollar estas capacidades de manera aislada; pueden observarse, probarse y enfrentarse entre sí mediante ejercicios conjuntos. La cooperación permite comparar procedimientos, comprobar la interoperabilidad y aprender cómo los efectos espaciales y cibernéticos influyen en operaciones de otros dominios. El progreso será mayor si los ejercicios reúnen a fuerzas militares, socios internacionales y actores industriales con funciones relevantes.

La gobernanza y la organización institucional constituyen otra barrera. El espacio, como dominio relativamente nuevo, no encaja perfectamente en los departamentos tradicionales ni en los métodos convencionales de aplicación de la estrategia. El vice mariscal Jamie Thompson planteó la necesidad de observar cómo se formularán y comunicarán las distintas estrategias espaciales nacionales y cómo se relacionarán con los planes de defensa. Las líneas de comunicación entre las instituciones son especialmente importantes porque las decisiones espaciales afectan a la defensa, la ciberseguridad, la inteligencia artificial y la guerra económica. El riesgo es crear nuevos compartimentos administrativos que reproduzcan los límites tradicionales en lugar de superarlos.

La recuperación del conocimiento especializado fue descripta por Thompson como una prioridad. “El Reino Unido puede haber perdido parte de su conocimiento espacial durante las últimas décadas y necesita reconstruirlo mediante formación, experiencia y colaboración”. La generación de capacidades debe incluir tanto la ayuda a las fuerzas armadas para comprender cómo se opera en el espacio como la inversión en la próxima generación de talento. Existen carencias generales en ingeniería y desarrollo de software, por lo que el sector espacial compite por perfiles escasos con otras industrias.

La experiencia acumulada en el sector industrial británico puede contribuir a corregir esa brecha. Señaló, además, que una parte importante del conocimiento espacial se encuentra actualmente en la industria, lo que exige una colaboración más estrecha con el Gobierno y las fuerzas armadas para generar el talento necesario en el presente y asegurar la continuidad de la próxima generación. La cooperación no debe limitarse a contratar capacidades ya existentes; debe crear trayectorias profesionales, transferir conocimiento y mantener una base experta capaz de sostener el aumento de la capacidad espacial.

 

No solo un dominio propio

En conjunto, el panel concluyó que la operacionalización del espacio exige mucho más que declarar que es un dominio propio. Requiere una doctrina que conecte las actividades orbitales con efectos concretos sobre el terreno, una estructura de mando capaz de coordinar actores nacionales e internacionales, una arquitectura resiliente y una fuerza preparada para operar cuando el acceso a los servicios espaciales se degrade. También exige distinguir entre las capacidades que deben defenderse directamente y aquellas cuya resiliencia puede obtenerse mediante redundancia, dispersión, reconstitución, servicios comerciales o cooperación.

La disuasión debe apoyarse en capacidades creíbles, pero también en mecanismos de escalada y desescalada, canales de comunicación, atribución prudente y opciones de recuperación. La interoperabilidad debe abarcar alianzas superpuestas, intercambio de datos, prioridades operativas y decisiones, no solo enlaces técnicos. La gestión de datos debe orientarse a la relevancia y la confianza, con procesamiento en el borde, algoritmos e inteligencia artificial como herramientas de apoyo, siempre bajo control y juicio humanos.

Finalmente, la preparación dependerá de la educación espacial, de especialistas integrados en todos los niveles, de ejercicios multidominio realistas, de modelos que traduzcan los efectos espaciales en resultados operativos y de una cooperación sostenida entre Gobiernos, fuerzas armadas, empresas y socios internacionales. El panel reconoció avances importantes durante los últimos años, especialmente en la madurez del debate, la creación de conceptos de dominio, la integración con el ciberespacio y la incorporación progresiva del espacio a la formación. No obstante, persisten carencias en doctrina, interoperabilidad, resiliencia, gobernanza, talento y capacidad de respuesta. La idea final fue que reconocer el espacio como dominio de combate obliga a buscar efectos operativos y capacidades de control y defensa, aunque muchos detalles sobre adquisiciones concretas y capacidades ofensivas deban quedar para debates posteriores.

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