Putin se niega a entender que no puede ganarle la guerra a Ucrania
- Ignacio Montes de Oca
- hace 1 día
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Por Ignacio Montes de Oca
Putin sabe que no está ganando la guerra. Las señales son claras: vuelve a amenazar a Europa y revolea su órgano nuclear ante una audiencia global que cada vez lo toma menos en serio. Desde la soledad de su bunker ordena ofensivas que ofenden a la lógica militar y derrocha vidas propias ajenas para luego festejar la toma de pueblos ucranianos que solo existen en su fantasía. La guerra está tomando un giro que lo enoja y, más allá de los delirios del aspirante a zar, los números confirman que Rusia está en problemas.
En lo que va de 2026, Rusia ha avanzado muy poco en Ucrania: pese a presionar en el este, gana terreno lentamente y con control limitado, mientras Ucrania contraataca y recupera cientos de kilómetros cuadrados. Según análisis independientes, en algunos meses de 2026 Rusia perdió más terreno del que ganó. Su avance es mínimo frente a años anteriores, mientras Ucrania lo frenó y recuperó parte del territorio perdido.
Según el Institute for the Study of War (ISW), la fuente más detallada y conservadora, en junio de 2026 Rusia capturó o infiltró 30,42 km², a un ritmo promedio de 1,01 km² por día. En el mismo mes de 2025, había tomado 481,25 km², a 16,04 km² por día (aproximadamente 15-16 veces más rápido).
Si comparamos el primer semestre de cada año, Rusia tomó 2.190 km² en 2025 y 623 km² en 2026: apenas el 28% del año anterior. En todo 2025 capturó unos 4.831 km², equivalentes al 0,8% del territorio ucraniano. El ritmo de avance ruso se derrumbó desde finales de 2025. Proyectado al año completo, el avance de 2026 sería de 1.243 km², apenas el 0,2% del territorio ucraniano.
Si tomamos otra fuente, como DeepState, en el primer semestre de 2026 el ejército ruso ocupó 770 km² de territorio ucraniano, frente a los 1.830 km² del mismo período de 2025. Esto representa una caída de casi 2,4 veces. Según la misma fuente, en junio de 2026 Rusia avanzó 84 km², frente a los 14 km² de mayo, lo que equivale a 2,8 km² diarios.
Los avances rusos se concentran casi exclusivamente en Kostyantynivka, en el óblast de Donetsk, donde mantienen presencia por infiltraciones y, por lo general, no por ocupación efectiva, en alrededor del 37% de la ciudad. El resto del frente muestra avances mínimos o incluso retrocesos de la invasión en Zaporiyia, donde el ISW cuenta 400 km² liberados en los últimos dos meses.
Existen discrepancias, pero todas las fuentes no alineadas con uno u otro bando coinciden en que durante 2026 hubo un freno al avance ruso o incluso una liberación neta de territorio, si se consideran abril y mayo, meses en los que Ucrania expulsó a las tropas rusas de varios frentes. La falta de acuerdo se explica por la táctica rusa de enviar soldados a plantar bandera para que luego esos movimientos sean contados como avances. Por lo general, la bandera es retirada poco después, y también el soldado; por eso conviene mirar el conteo de bajas.

En junio de 2026, de acuerdo con el ISW, Rusia tuvo 39.490 bajas, entre muertos y heridos: un promedio de 1.298 bajas por km² ganado. En junio de 2025 había tenido 32.680 bajas, es decir, solo 68 por km². En 2026 le cuesta 19 veces más soldados tomar un km².
De acuerdo con el monitoreo del CSIS, las bajas actualizadas de Rusia rondan los 1,4 millones, una cifra equivalente a cerca del 1% de la población del país. La tasa relativa de bajas aumentó a casi 8 a 1 en el primer semestre de 2026: por cada baja ucraniana hay ocho rusas. En promedio, mueren unos 300 soldados rusos por día, unas 9.000 muertes mensuales en 2026, más del doble que a comienzos de 2024.
La escala de muertes que Rusia encaja en Ucrania supera ampliamente las 57.000 de Estados Unidos en Corea, las 58.200 en Vietnam y las 20.000 soviéticas en Afganistán. En dos o tres meses, Putin genera más funerales militares que sus antecesores en diez años de guerra en Afganistán.
Revisemos ahora las bajas materiales acumuladas. Si nos basamos en las cifras de Oryx, que solo registra material con evidencia gráfica, Rusia lleva perdidos 4.407 tanques, 14.067 vehículos blindados de combate, 186 aviones y 177 helicópteros. A valor de reposición, representan unos U$S 153.000 millones. No están contabilizados los buques del Mar Negro, que elevarían la cifra por encima del presupuesto anual de defensa ruso, de U$S 166.000 millones. Además, por su método, las cifras de Oryx probablemente subestiman el total en alrededor de un 20%.
La última ofensiva ordenada por Putin se detuvo casi por completo, mientras el costo humano y material sigue siendo altísimo para Rusia, y no solo en el frente. Es hora de actualizar las cifras del costo social y económico que tiene este cuarto año de guerra para el invasor.
Para empezar, la economía rusa se contrajo un 0,2% en el primer trimestre de 2026, tras crecer solo un 1% en 2025, frente al 4,9% de 2024. La previsión de crecimiento del Banco Central ruso para 2026 es de apenas un 0,4%.
Putin destinó cerca del 46% del gasto federal a partidas militares o relacionadas con la guerra en el primer trimestre de 2026: unos U$S 75.000 millones. Esto representa un aumento interanual del 30% y el nivel más alto desde el inicio de la invasión. El gasto clasificado, usado para la guerra, pero no declarado como tal, alcanzó el 38,2% de todo el gasto federal del trimestre. En el mismo período, el déficit de las cuentas centrales llegó a U$S 58.500 millones, y a Putin no le cierran las cuentas por ningún lado.
Es también un problema de recursos. El Fondo Nacional de Bienestar, la reserva soberana que financia la guerra y que contaba con U$S 174.900 millones en 2022, ya se agotó en dos tercios. Pese al aumento de precios por la crisis en Medio Oriente y al relajamiento temporal de sanciones por parte de Estados Unidos, los ingresos por petróleo y gas cayeron de 135.000 a 100.000 millones de dólares anuales, una baja del 26%.
La consecuencia se siente en los bolsillos de los rusos. Si bien la inflación oficial es del 5,3%, algunos rubros se están disparando. La agencia de estadísticas Rosstat afirma que la inflación en alimentos es de apenas el 2,86% anual. Sin embargo, mediciones privadas registran aumentos del 41% en lácteos en los últimos dos años y del 14,6% en panificados. El gobierno advirtió que estudia congelar los precios de los alimentos, una medida contradictoria con las cifras oficiales del IPC y más consistente con otros anuncios, como la posible subvención a la producción de alimentos básicos. También coincide con estimaciones independientes que ubican la inflación real en torno al 8% anual.
Por ejemplo, en servicios se proyecta una suba anualizada del 10,1%; en medicamentos, del 9,1%; y en combustibles, del 12,3%. Esta última arrastra al resto de los indicadores y está vinculada con la campaña de ataques con drones y misiles contra refinerías.

Aproximadamente un tercio de la capacidad rusa de refinado de crudo está fuera de servicio, según la consultora Macro-Advisory. La producción de gasolina cayó un 25%, hasta 85.000 toneladas diarias, frente a un consumo estival de 110.000 toneladas diarias. Eso explica las restricciones a la venta de combustible en 40 a 78 regiones rusas, según distintas fuentes no oficiales. También explica el racionamiento en más de la mitad del país, las filas de varias horas para cargar combustible y hasta los baños portátiles instalados en Irkutsk para los conductores que esperan ser atendidos en las gasolineras.
Solo en junio de 2026 fueron atacadas 20 refinerías en Moscú, Nizhnekamsk, Tiumén, Volgogrado y otras ciudades, lo que afectó el 42,74% de la capacidad total proyectada rusa. En mayo habían sido atacadas 16 refinerías. Los drones ucranianos, que ahora pueden golpear a 2.000 km de distancia, ya alcanzaron 8 de las 10 mayores refinerías de Rusia, expandiendo el daño desde la frontera europea hasta Siberia Occidental.
Se registró además la destrucción o daño crítico de más de 60 tanques de almacenamiento masivo, 58% con productos refinados y 42% con petróleo crudo. De acuerdo con las estimaciones de Reuters, la producción de combustible rusa cayó un 25% interanual, operando un 20% por debajo de su demanda interna de verano.
Rusia pasó de ser exportador neto de combustibles a prohibir su exportación e importarlos. En junio le pidió 74.000 toneladas de gasolina a Bielorrusia, casi el doble que en mayo. En los primeros cinco meses del año, Bielorrusia ya le había enviado 270.000 toneladas de gasolina y 179.000 toneladas de diésel. India comenzó a enviar más de 60.000 toneladas de gasolina a puertos rusos. Rusia también inició negociaciones urgentes con Kazajistán para adquirir 50.000 toneladas de gasolina de octanaje AI-92 y AI-95, esta última la más escasa por los daños en las refinerías. Ahora sondea a otros proveedores: a la surcoreana Yeosu para combustible de aviación y a Turquía para que le devuelva, en forma de productos refinados, parte del petróleo que le envía.

De acuerdo con estimaciones de CREA, solo por el cese forzado de exportaciones de gasolina y diésel, las empresas rusas perdieron ingresos por U$S 1.970 millones en lo que va del año. En 2025 habían perdido U$S 4.000 millones. Por ejemplo, la refinería de Rosneft en Tuapse tuvo que restringir en un 73% sus envíos al exterior respecto del año anterior. Esto trajo otro efecto secundario: al no poder refinar, hay un excedente de petróleo ruso en el mercado. El barril de Ural cayó de U$S 62,46 en abril de 2026 a U$S 52,20 en julio.
En consecuencia, las pérdidas de las grandes petroleras rusas superaron los U$S 13.500 millones desde agosto de 2025. En buena medida, se explican por los más de 150 ataques ucranianos de ese año y cerca de 70 en lo que va de 2026, por lo que se espera que el pasivo de las compañías rusas se duplique. Las petroleras rusas ya anunciaron una caída promedio del 50% en sus utilidades. A ese perjuicio se suma el costo acumulado de los daños a la infraestructura, por otros U$S 13.000 millones. Otras productoras medianas agregan pérdidas por U$S 7.000 millones, y algunas compañías, como First Oil y Yangpur, pidieron la quiebra.
Hay otro factor a tener en cuenta: Rusia tiene un déficit de casi 5 millones de trabajadores en sectores clave. La escasez de mano de obra no afecta solo al ejército; también faltan soldadores, mecánicos e ingenieros. El frente demanda más soldados y Rusia pierde más hombres de los que puede reponer. Cada mes recluta 30.000 hombres y pierde 35.000. Eso anula la ventaja demográfica a su favor, más aún cuando incluso las mediciones independientes sitúan la relación de bajas rusas y ucranianas entre 4 a 1 y 8 a 1 en ciertos momentos de la batalla.
Ahora Putin enfrenta el dilema de llamar a una movilización general. Necesita al menos 400.000 soldados nuevos para reponer las bajas. Para recuperar la iniciativa, requiere muchos más hombres, además de reemplazar los 1,2 millones perdidos. Eso implicaría ordenar una movilización masiva en octubre, la fecha prevista por las normas rusas. Para hacerlo, tendría que admitir que está en estado de guerra y cerrar las fronteras para evitar la huida de hombres de entre 18 y 69 años en edad de combatir. El 1 de julio de 2026 entró en vigor un decreto de urgencia que cierra temporalmente los principales pasos ferroviarios de Rusia con Finlandia, Estonia y Letonia, y las señales se multiplican.
El problema de fondo para el Kremlin es que, si se ordena una movilización general, los ciudadanos de las grandes ciudades eslavas, como Moscú y San Petersburgo, se verían obligados a marchar en masa a una guerra que se suponía bajo control. Eso destruiría la narrativa oficial de que el conflicto es una “operación lejana” y victoriosa.

Pero, además, se expone a un colapso económico definitivo. Retirar repentinamente a millones de hombres de sus puestos de trabajo paralizaría industrias clave de la economía civil, como la minería, la agricultura, el transporte y el comercio; agravaría la escasez de mano de obra y dispararía la inflación a niveles incontrolables.
Esto nos devuelve al frente: el fracaso de la ofensiva rusa no se explica solo por la obsesión de Putin por malgastar vidas. También es una cuestión logística. Las tropas rusas reciben menos combustible, menos munición y menos suministros en general debido a la campaña de drones en toda la profundidad del dispositivo ruso. El combustible que falta dentro de Rusia también escasea en el frente. Es decir, Ucrania está atacando el mismo sistema logístico en dos puntos: en el origen, la refinación; y en el destino, el frente.
Esto explica el resultado en el frente. No se trata solo de que Ucrania defienda mejor, sino de que Rusia tiene menos capacidad física para mover y sostener unidades de asalto. Con la logística en crisis, puede evacuar menos heridos, lo que aumenta las bajas definitivas. Sin munición en las zonas más alejadas de Rusia, las unidades resisten con menor eficacia los contraataques ucranianos; eso ayuda a explicar por qué la mayor parte de la liberación de territorios ocurre cuanto más lejos están del territorio ruso.
Esto le da otra dimensión a la ofensiva para aislar a las guarniciones en Crimea y la muestra como el último eslabón de un plan militar más ambicioso. Mientras tanto, Putin comete el mismo error que Hitler en la Batalla de Inglaterra. Obsesionado por compensar su falta de altura estratégica, usa su arsenal de drones para castigar a la población ucraniana. La lógica homicida lo llevó a lanzar 36.400 drones y 1.094 misiles en lo que va de 2026. A este ritmo, superará los 54.000 drones y 2.000 misiles lanzados el año anterior. El problema es que el blanco preferido de Rusia son las zonas civiles: por eso ya mató a 16.300 civiles e hirió a 46.700. No hay equilibrio con los 300 muertos y 1.500 heridos causados por los ataques ucranianos. En esa diferencia está el razonamiento final detrás de tantas cifras.
En su obsesión por invadir Ucrania y provocar otro Holodomor, Putin concentró su poderío militar en aterrorizar a la población ucraniana para forzar una claudicación que le entregue las zonas conquistadas y otras que no puede conquistar. En lugar de usar drones y misiles para afectar a Ucrania en el frente, dirigió su furia contra zonas urbanas, sin dañar de forma decisiva el esfuerzo militar ucraniano, como se comprueba tanto en el frente como en los daños que Rusia recibe en su estructura económica. Además, malgasta recursos: el 94% de los proyectiles que lanza son interceptados.
Pero, como le sucedió al pintor austríaco, el exagente de la KGB recibe como respuesta un golpe en su retaguardia que le quita fuerza para sostener la agresión en el frente.
En septiembre de 1941, Hitler abandonó la idea de atacar objetivos militares críticos, como las bases aéreas y los radares británicos, para perseguir un objetivo político-psicológico: quebrar la moral civil bombardeando ciudades británicas. En ese momento perdió la oportunidad de derrotar a una RAF al borde del agotamiento.

El 76% de los proyectiles rusos caen en zonas civiles.
En ambos casos se repite un patrón: la furia, unida a la falta de preparación estratégica, se combina con un liderazgo impermeable a las críticas.
Ucrania optó por un enfoque que evita la represalia en espejo y se concentra en golpear las bases que sostienen la invasión, precisamente allí donde tenía mayor desventaja: el número y la capacidad de producción. Si se entiende esta diferencia, es posible trazar un mapa para recorrer la selva de números presentada. También da coherencia a la decisión política de Ucrania de resistir las presiones para aceptar una rendición que la dejara mutilada y expuesta a una tercera invasión. Se trata de ordenar los números para no caer en eslóganes ni en el pantano de la propaganda.
¿Significa todo esto que Ucrania va ganando? No. Implica que Rusia tampoco, y que empezó a perder al cuarto día de la invasión, cuando su “operación militar especial” se convirtió en una guerra en la que ahora está atrapada y que le exige un tributo en vidas que no puede permitirse. También implica que Putin es tan homicida como ignorante como Hitler. Solo eso.
