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Sin pactos ni firmas: así le allana Trump el camino a los rivales de Occidente

hace 14 minutos
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A Donald Trump no le hace falta sellar un acuerdo con Vladimir Putin, Xi Jinping o la cúpula iraní para beneficiar sus objetivos. Le basta con erosionar la alianza occidental, achicar la presencia militar estadounidense que la sostiene y desarmar las herramientas con las que Washington disputó durante décadas la influencia política en el mundo. El saldo puede ser el que soñarían sus adversarios: una Europa más frágil, una Asia más expuesta a las ambiciones de Pekín, un Irán con más espacio para moverse y un Occidente fragmentado, forzado a defenderse cada uno por su lado.

La justificación oficial es que Estados Unidos debe dedicar sus recursos a América, evitar que las potencias rivales afiancen posiciones en su vecindario y recobrar una primacía que, según la Casa Blanca, sus antecesores dejaron deteriorar. El inconveniente es que ese foco coincide con menos compromisos en otros escenarios, alianzas históricas resentidas y el abandono de herramientas de influencia que no se compensan con portaaviones ni con amenazas de aranceles.

La estrategia tiene nombre: doctrina Donroe, una combinación del apellido del presidente con la Doctrina Monroe del siglo XIX, que rechazaba la intervención de potencias externas en el continente. La Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 la volvió línea oficial al anunciar un “corolario Trump” para recuperar la primacía en el hemisferio occidental, limitar a los competidores externos y revisar el despliegue militar global.

Moscú entendió de inmediato su alcance. El vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, afirmó que los cambios coincidían en buena parte con la visión rusa, en especial en lo referido a la expansión de la OTAN, según Al Jazeera. El documento pone en duda que la alianza deba ampliarse sin límites y reclama una salida negociada a la guerra en Ucrania. Kirill Dmitriev, enviado económico de Putin, lo festejó como “el arte de redibujar los mapas de influencia”, según la analista Jill Dougherty, del Wilson Center, que leyó el mensaje como un reparto: el hemisferio para Trump, Europa para Putin y Asia para Xi.

No se necesita un pacto secreto para que esa coincidencia tenga efectos. Si Estados Unidos fija su atención en América, Rusia gana margen para sostener su ofensiva en Ucrania y presionar a Europa. Si Washington genera dudas sobre sus compromisos con los aliados asiáticos, China encuentra mejores condiciones para apretar a Taiwán. Y si las potencias occidentales pierden coordinación, Irán y sus socios pueden aprovechar las grietas para reacomodar sus posiciones.

Lo que separa una estrategia legítima de prioridades, de un repliegue que favorece a los adversarios, está en qué se abandona, qué se construye en su lugar y quién aprovecha el vacío. En el caso de Trump, las tres dimensiones apuntan hacia el mismo lado.

La primera señal vino de Europa. En febrero de 2025, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente JD Vance sostuvo que la mayor amenaza para Europa no era Rusia ni China sino sus propios problemas internos. Los europeos lo tomaron como un reproche político, cuando la invasión rusa a Ucrania seguía siendo el principal peligro militar del continente. Tras la humillación de Volodímir Zelenski en el Despacho Oval, la alta representante europea Kaja Kallas concluyó que el mundo libre necesitaba un nuevo líder.

La disputa no se quedó en palabras. En la cumbre de la OTAN en La Haya, en 2025, los aliados se comprometieron a subir el gasto en defensa y seguridad hasta el 5% del producto bruto para 2035: 3,5% para defensa militar y 1,5% para infraestructura y otras necesidades afines, según Defense News. Trump presentó el compromiso como un triunfo propio, pero también refleja las dudas sobre el alcance de la garantía estadounidense. Para los europeos, gastar más no resuelve el problema de fondo si no saben hasta dónde acudirá Washington a defenderlos.

En mayo de 2026, el gobierno anunció el retiro de unos 5.000 militares de Alemania, según NPR. El Pentágono analizaba recortes mayores, de entre 25.000 y 40.000 efectivos, según NBC News, con una recomendación prevista para el 6 de noviembre. Hoy quedan unos 80.000 en Europa, apenas por encima del piso de 76.000 que fijó el Congreso, según Stars and Stripes. Los aliados tratan de saber si se trata de un ajuste acotado o del comienzo de un cambio duradero. Importa porque esas tropas no son solo soldados: aportan logística, inteligencia, mando, transporte y capacidad de reacción que Europa no puede reemplazar de un día para otro.

La crisis por Groenlandia profundizó la desconfianza. Antes, los cuestionamientos sobre si Estados Unidos defendería a Europa ante un ataque ruso y la advertencia sobre una posible salida de Estados Unidos de la OTAN ya habían sembrado dudas. Aunque luego moderó la amenaza, el episodio mostró que Washington recurría a la presión económica y militar contra aliados que veía como un obstáculo. Rusia no tuvo que intervenir para beneficiarse de esa fractura.

Ucrania es otro ejemplo. Según el Instituto Kiel para la Economía Mundial, las nuevas asignaciones de ayuda militar estadounidense a Kyiv cayeron cerca de un 99% en 2025, mientras que las europeas subieron un 67%. Los europeos también adquirieron armas estadounidenses para Ucrania a través del mecanismo PURL de la OTAN, por 3.700 millones de euros en 2025, según AFP.

La Casa Blanca suspendió además, sin fecha límite, las sanciones a los compradores de petróleo ruso que Trump había firmado el 18 de septiembre; lo hizo el 16 de octubre, antes de que entraran en vigor, según CNN y S&P Global. Dmitriev lo llamó “momento histórico” y el senador republicano Ted Cruz advirtió que beneficiaba a Putin. Trump también presionó a Kyiv para que limitara sus ataques a instalaciones energéticas rusas. Cada decisión puede presentarse como un intento de contener los precios o de facilitar una negociación, pero en conjunto aflojan la presión sobre Moscú y recortan las herramientas con las que Ucrania procura encarecer la invasión.

En Asia, el mensaje es igual de inquietante. Trump les exige a sus aliados mayor gasto en defensa y cuestiona cuánto debe aportar Washington para protegerlos. En Corea del Sur ordenó acortar los ejercicios militares conjuntos de agosto, que pasaron de once a cinco días, según Al Jazeera. Lo justificó por su “muy buena relación” con el líder norcoreano Kim Jong Un, por los costos y por la negativa de Seúl a sumarse a la guerra contra Irán. El cambio no elimina la alianza ni la presencia militar, pero introduce incertidumbre en una región donde Corea del Norte posee un arsenal nuclear y China amplía su poder.

Japón tampoco queda al margen. Washington reclama un reparto más exigente de los costos de defensa y transformó los compromisos con sus aliados en una negociación constante. No es que Tokio se haya quedado sin protección, sino que la previsibilidad de esa protección depende más de las exigencias políticas de Trump. Para Pekín, cualquier duda sobre la cohesión de las alianzas del Indo-Pacífico es una oportunidad.

Taiwán enfrenta un problema todavía más directo. En octubre seguía sin resolverse un paquete de armas de unos 14.000 millones de dólares, según Malay Mail, pese a que los legisladores estadounidenses lo habían aprobado en enero. Después de reunirse con Xi, Trump describió las ventas de armas a la isla como un “buen elemento de negociación”, según el Foro de Asia Oriental. Pekín, por su parte, postergó la visita de un alto funcionario del Pentágono para usarla como palanca, según el Financial Times. Que la defensa de Taiwán quede supeditada a un acuerdo económico entre Washington y Pekín altera el cálculo estratégico de toda Asia.

La guerra con Irán aceleró la revisión de la presencia en Medio Oriente. Antes de los ataques, Estados Unidos tenía unos 40.000 efectivos en casi 20 instalaciones, de Jordania a Omán, según Defence Security Asia. Irán golpeó bases en varios países. Un análisis de The Washington Post, publicado el 6 de mayo, contabilizó al menos 228 estructuras y equipos dañados o destruidos en 15 sitios militares, muchos más de los reconocidos. Murieron siete militares, seis de ellos en Kuwait, y más de 400 resultaron heridos. El Pentágono evalúa qué reconstruir, según CNN.



La cifra total engaña. Según la agencia Anadolu, un solo grupo de portaaviones y escuadrones adicionales sumaron unos 5.700 efectivos y llevaron la fuerza regional a cerca de 50.000, y Defence Security Asia habla de más de 50.000 en el punto máximo de la guerra. Pero ese aumento es temporal y en buena parte embarcado: buques y aviones llegados para la campaña, no guarniciones permanentes. El personal fijo, en cambio, fue retirado de las bases del Golfo. Según el Post, los comandantes lo alejaron del alcance iraní al comenzar la guerra.

Una parte de ese personal fue a Jordania. Según Noon Post, durante 2026 las fuerzas salieron de Siria e Irak y el mando de la operación contra el Estado Islámico pasó a ese país, adonde se trasladó personal retirado de la base de al-Tanf. En febrero había unos sesenta aviones de combate en la base de Muwaffaq Salti, según la Institución Hoover. Ni siquiera ese refugio es seguro: el 17 de julio un misil iraní mató allí a tres soldados estadounidenses.

El efecto no fue que Estados Unidos desapareciera de Medio Oriente, sino un repliegue de su infraestructura fija. En Siria había unos 1.000 soldados cuando comenzó la entrega de bases, según Reuters. La última, Qasrak, pasó a manos del gobierno de Damasco el 16 de abril de 2026 y puso fin a diez años de presencia terrestre, según Al-Monitor. En Irak, el Pentágono redujo sus tropas de 2.500 a menos de 2.000, según Task & Purpose, y el 18 de enero la coalición dejó todas las bases del territorio federal, según AFP. El plan de salida se había acordado en 2024; Trump lo ejecutó y lo extendió a Siria.

La dirección del cambio es significativa. En lugar de mantener una red de guarniciones permanentes, Estados Unidos busca depender más de su capacidad de desplegar fuerzas navales y aéreas de largo alcance, apoyadas por inteligencia y logística. Esa estructura conserva un enorme poder destructivo y permite golpear a distancia, pero no equivale a una presencia estable que proteja instalaciones, disuada ataques y sostenga el vínculo cotidiano con los gobiernos de la región.

El contraste se hizo más evidente tras los ataques iraníes. Concentrar fuerzas en buques y aviones facilita una campaña militar, pero no elimina la vulnerabilidad de los socios regionales ni reemplaza a las bases que funcionaban como centros de mando, abastecimiento y cooperación. Irán demostró que podía amenazar una red militar repartida en varios países, encarecer su permanencia y alterar el cálculo estadounidense. Que Washington reduzca su huella fija después de esos ataques puede ser una decisión militar pragmática, pero también deja abierta una pregunta estratégica: ¿quién ocupará el espacio político y de seguridad que queda cuando la presencia cotidiana se debilita?

Una nueva ofensiva contra Irán profundizaría esa contradicción. La Estrategia de Defensa Nacional de 2026 prioriza la defensa del territorio, la primacía militar en el hemisferio occidental y mayores responsabilidades para los aliados. Una guerra terrestre prolongada en Irán iría en sentido contrario: absorbería tropas, recursos y atención política que Washington quiere concentrar en América.

Por eso, una campaña de bombardeos puede resultar funcional a la doctrina como demostración de fuerza, aunque no alcance para resolver los problemas que la justifican. Trump podría exhibir objetivos destruidos y proclamar una victoria sin haber eliminado de modo duradero las capacidades nucleares y de misiles iraníes, ni haber garantizado la apertura de Ormuz. La distancia entre una victoria propagandística y un resultado estratégico duradero es lo que la Casa Blanca tendría que explicar.

Mientras reduce o revisa su despliegue en otros escenarios, Trump levanta una arquitectura distinta en América. Su pieza central es el Escudo de las Américas, lanzado en marzo de 2026, que reúne a Estados Unidos con gobiernos latinoamericanos y caribeños que aceptaron reforzar la cooperación contra el narcotráfico, el crimen organizado transnacional y lo que Washington define como interferencia extranjera. En agosto, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, lo presentó como una coalición regional contra los cárteles. En septiembre, 15 gobiernos acordaron medidas coordinadas contra 24 organizaciones que Estados Unidos designó como terroristas extranjeras, según Responsible Statecraft.

El Escudo no es solo un pacto policial. El gobierno lo asocia con cooperación militar, intercambio de inteligencia, entrenamiento y acciones coordinadas contra organizaciones que controlan territorios y rutas de tráfico. Trump llegó a pedirles a sus socios que emplearan sus fuerzas armadas y sostuvo que Estados Unidos actuaría incluso sin el acompañamiento de otros países. Los ataques contra supuestos narcotraficantes en el Caribe y el Pacífico, con centenares de muertos según recuentos periodísticos, muestran hasta dónde puede llegar esa lógica.



La coalición tiene límites. México y Brasil no se sumaron, y Colombia quedó afuera de la alianza inicial. En agosto, Colombia, con un nuevo gobierno de derecha, ingresó como miembro número 19, según Newsweek, que además informó de 1.000 millones de dólares de asistencia de seguridad prometidos. Aun así, el Escudo no expresa un consenso continental sino una arquitectura impulsada por gobiernos alineados con Trump. Eso puede fortalecer la coordinación entre sus miembros, pero también ahondar las divisiones regionales y subordinar la cooperación a las prioridades de la Casa Blanca.

La infraestructura militar acompaña el giro. En Panamá, Estados Unidos y el gobierno local firmaron en abril de 2025 un memorando que habilita una presencia rotativa y ejercicios conjuntos en instalaciones panameñas, incluidas zonas que habían alojado bases antes de la transferencia del canal. En 2026, el Comando Sur informó que trabajaba en una instalación multiuso en la base aeronaval Cristóbal Colón, en la costa caribeña, para respaldar ejercicios y facilitar su presencia. Eso no significa que Washington haya recuperado las antiguas bases ni que controle el canal, pero sí que amplía su acceso operativo a un corredor estratégico.

Ecuador es otro caso. Fuerzas estadounidenses y ecuatorianas realizaron operaciones conjuntas contra organizaciones criminales en marzo de 2026, apoyadas en acuerdos bilaterales. El gobierno de Daniel Noboa amplió la cooperación con Washington, aunque un referéndum de noviembre de 2025 rechazó instalar bases militares extranjeras permanentes. La distinción es relevante: la administración no necesita autorización para una gran base permanente si consigue acceso a instalaciones locales, despliegues temporales, ejercicios, inteligencia compartida y operaciones conjuntas.

En agosto de 2026, Hegseth anunció que Colombia, Guatemala y Honduras habían aceptado permitir operaciones conjuntas contra grupos criminales en sus territorios, luego de acuerdos similares con Ecuador, según Al Jazeera. La presencia en Panamá y los ejercicios en Centroamérica y el Caribe completan una red de acceso más flexible que las antiguas bases permanentes. El objetivo declarado es combatir el narcotráfico; el estratégico, recuperar capacidad de intervención, vigilar rutas y restringir la influencia de potencias externas en el hemisferio.

La dimensión espacial completa el dispositivo. Starshield, el sistema de SpaceX para necesidades de seguridad nacional, ofrece comunicaciones seguras, observación de la Tierra y capacidad para cargas gubernamentales clasificadas. Su valor no está en ser una base convencional, sino en ampliar la vigilancia, el enlace y la coordinación de operaciones sin una guarnición en cada punto. La activación de Space Forces Southern en 2026, destinada a integrar capacidades espaciales en las operaciones del hemisferio, indica que el espacio se incorpora a la seguridad regional.

Starshield no prueba que haya una red satelital desplegada exclusivamente para vigilar América Latina. Pero forma parte del conjunto de herramientas con que Estados Unidos combina acceso a instalaciones, sensores, comunicaciones, inteligencia y fuerza de largo alcance. La doctrina Donroe no supone necesariamente renunciar a intervenir fuera de América; supone organizar desde el hemisferio una capacidad tecnológica y militar que permita elegir dónde y cuándo intervenir, con menos dependencia de una presencia terrestre permanente.

Trump defendió en público la necesidad de expulsar o neutralizar la influencia de Rusia, China e Irán en América. En septiembre, al hablar del Escudo, insistió en que los recursos, las rutas energéticas, los minerales críticos y las infraestructuras de la región no debían quedar bajo control de potencias hostiles. La estrategia de seguridad ya había fijado el objetivo de impedir que competidores externos desplegaran fuerzas o controlaran activos estratégicos en el hemisferio.

Aquí aparece una de las hipótesis más delicadas. Si Trump exige que Rusia, China e Irán se retiren de América mientras reduce compromisos en Europa, Asia y Medio Oriente, el resultado puede asemejarse a un reparto de esferas de influencia: Washington concentra sus esfuerzos en el hemisferio occidental y sus rivales ganan margen donde tienen más capacidad de presión. Esa coincidencia no demuestra un intercambio pactado ni que las tres potencias hayan acordado respetar sus zonas. Pero sí vuelve pertinente preguntarse si la doctrina Donroe apunta solo a defender el territorio estadounidense o si presupone aceptar un mundo donde las grandes potencias tengan más libertad de acción en sus regiones.

La paradoja es que la Casa Blanca presenta su política como una ofensiva contra la influencia extranjera, mientras sus decisiones fuera de América pueden favorecer a los gobiernos que intenta contener. Trump quizá crea que prioriza recursos, recorta gastos y obliga a sus aliados a asumir responsabilidades. Pero cuando ese repliegue debilita la capacidad de resistencia de Europa, acrecienta la incertidumbre en Asia y reduce la presencia fija en Medio Oriente, el beneficio no se limita a Estados Unidos: también llega a Moscú, Pekín y Teherán.

La retirada más profunda, sin embargo, no es militar sino cultural y política. Durante décadas, Washington combinó su poder económico y militar con herramientas de influencia blanda: ayuda humanitaria, cooperación sanitaria, medios internacionales, becas, programas educativos, apoyo a organizaciones civiles y promoción de instituciones democráticas. Esos mecanismos no aseguraban ganar todas las disputas de opinión, pero sostenían vínculos, producían información y mantenían una presencia cotidiana en sociedades a las que la diplomacia tradicional llegaba poco.

El desmantelamiento de USAID golpeó de lleno esa estructura. En marzo de 2025, el secretario de Estado, Marco Rubio, anunció la cancelación de cerca del 83% de los programas de la agencia, según NBC News. USAID dejó de existir como organismo independiente en julio y el Departamento de Estado absorbió lo que quedaba. El gobierno lo presentó como la eliminación de programas ineficaces y un ajuste de la ayuda a los intereses nacionales. Pero el efecto fue mucho más amplio que un recorte: Estados Unidos redujo de golpe una red de relaciones que le había llevado décadas construir.

El impacto potencial va desde la salud pública hasta la capacidad de sostener alianzas. Un estudio de The Lancet estimó que los programas de asistencia respaldados por Estados Unidos evitaron unos 92 millones de muertes entre 2001 y 2021, y proyectó que, si los recortes se mantienen, podrían provocar millones de muertes adicionales antes de 2030. Es una estimación modelada y no un recuento de víctimas, pero da una idea de la escala de lo que se puso en riesgo.

También se achicó el alcance de la radiodifusión internacional estadounidense. La Voz de América y Radio Free Asia, entre otros medios, sufrieron recortes que afectaron su capacidad de informar en países donde los gobiernos controlan buena parte de la prensa. No eran neutrales en el sentido de estar separados de la política exterior: formaban parte de la proyección internacional de Washington. Justamente por eso, su debilitamiento deja lugar para que otras potencias amplíen su oferta informativa, sus redes culturales y su propaganda.

China y Rusia no necesitan ocupar una base para disputar influencia. Financian medios, ofrecen becas, impulsan intercambios, tejen lazos con partidos y élites locales y difunden relatos sobre la decadencia de las democracias occidentales. El aparato chino combina medios estatales, intercambios académicos, proyectos de infraestructura y relaciones económicas. Rusia, con menos recursos, recurre a medios internacionales, redes digitales, intermediarios políticos y campañas de desinformación. Cuando Washington desarma programas propios sin una estrategia de reemplazo, esas herramientas encuentran menos competencia.



La influencia blanda no es un adorno humanitario que pueda eliminarse sin costo estratégico. En muchos países, un programa sanitario, una beca universitaria o un medio de comunicación construyen relaciones que sobreviven a los cambios de gobierno. La ayuda también da acceso a información, vínculos con instituciones locales y capacidad para disputar relatos. Abandonar esa tarea deja el terreno de la guerra cultural más abierto para quienes sí están dispuestos a invertir en él.

La administración Trump debilitó también los programas de promoción democrática y redujo la presencia estadounidense en los espacios donde antes se debatían derechos humanos, corrupción, libertad de prensa y calidad institucional. Un análisis de Carnegie, publicado en septiembre de 2026, advirtió que el desmantelamiento de USAID y el debilitamiento de medios y programas de apoyo democrático erosionaban el poder blando de Estados Unidos y abrían espacio a China y Rusia. El repliegue cultural no es una consecuencia menor: es una de sus dimensiones más relevantes.

La coincidencia de estos movimientos es demasiado notable para pasarla por alto. Trump debilita las garantías de seguridad de aliados históricos, reduce la ayuda a Ucrania, somete las ventas de armas a Taiwán a la negociación, revisa la presencia militar en Medio Oriente y desarma herramientas de influencia cultural. Al mismo tiempo, concentra recursos en América, refuerza la cooperación militar con gobiernos afines, amplía el acceso a instalaciones estratégicas y plantea la competencia con China, Rusia e Irán como una lucha por el control del hemisferio.

No hace falta atribuirle un plan secreto para ver el resultado. El orden occidental se levantó sobre una combinación de poder militar, alianzas, instituciones, cooperación económica y capacidad de influir en la opinión pública. Trump está modificando todos esos componentes a la vez. La nueva arquitectura puede ampliar la libertad de acción de Estados Unidos en América, pero también debilitar los mecanismos que durante décadas limitaron la expansión de sus adversarios en otras regiones.

El Escudo de las Américas, la doctrina Donroe y Starshield muestran que Trump no abandona el poder estadounidense: intenta concentrarlo en un espacio geográfico y en herramientas que le permitan intervenir con más flexibilidad. La pregunta es qué está dispuesto a entregar a cambio. Si la respuesta incluye una Europa más expuesta a Rusia, una Asia menos segura frente a China, un Medio Oriente con menos presencia permanente de Estados Unidos y un vacío cultural que Moscú y Pekín pueden aprovechar, la concentración hemisférica no será una simple reorganización defensiva.

Será una transformación del orden internacional. Y aunque no exista un pacto firmado entre Trump y sus adversarios, sus decisiones pueden producir lo que esos adversarios persiguieron durante años sin lograrlo: un Occidente más dividido, menos presente en el mundo y cada vez menos capaz de defender, con instrumentos militares, económicos y culturales, el sistema de alianzas que le dio su influencia.

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