Una crisis a tres puntas de Brasil con EEUU y Argentina: el trasfondo detrás de las peleas
- Ignacio Montes de Oca
- hace 1 día
- 8 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca
Por primera vez en más de un siglo, Brasil decidió dejar a Argentina sin embajador por una decisión estrictamente política. Apenas unas horas después, Estados Unidos abrió un segundo frente diplomático contra Brasil al revocar el visado de su embajadora en Washington. Oficialmente fueron dos episodios distintos. En realidad, podrían ser las dos caras de una misma estrategia.
El 4 de agosto de 2026 dejó una imagen inédita en la diplomacia sudamericana. En menos de veinticuatro horas, Brasil retiró indefinidamente a su embajador en Argentina y redujo la relación a un encargado de negocios, mientras Estados Unidos revocaba el visado de la embajadora brasileña en Washington. Aunque se presentaron como conflictos separados, la secuencia y la conducta reciente de Buenos Aires sugieren un alineamiento argentino con la presión de Donald Trump sobre el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.
La crisis con Argentina comenzó a fines de julio. El presidente Javier Milei viajó a San Pablo para participar como principal orador de la convención del Partido Liberal y respaldar públicamente la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro para las elecciones de octubre. Durante el acto calificó a Lula de "presidiario", "ladrón" y "basura socialista", además de atacar al ministro del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes. No se trató de declaraciones realizadas desde Buenos Aires, sino de una intervención directa en territorio brasileño y en plena campaña electoral.
Milei es conocido por su verba confrontativa, que ya lo enfrentó con los mandatarios de España, Colombia y México en el pasado. En mayo de 2024, esa actitud provocó el retiro de la embajadora española hasta el mes de octubre siguiente. Pero en el caso con Brasil, hubo una secuencia doble.
La primera reacción de Itamaraty con los insultos iniciales fue llamar a consultas a su embajador Julio Bitelli y citar al representante argentino Daniel Raimondi, mientras esperaba una rectificación que nunca llegó. El asunto surgido parecía superado luego de que el canciller Pablo Quirno intentara enmarcar el agravio inicial del 25 de julio contra Lula como una simple "diferencia ideológica".
Pero Milei repitió sus críticas en entrevistas posteriores. Finalmente, el 4 de agosto el gobierno de Lula anunció que Bitelli no regresaría a Buenos Aires mientras continuaran las agresiones personales contra el mandatario brasileño.
La representación diplomática de Brasil quedó reducida a un encargado de negocios, una decisión sin precedentes en la relación entre los dos principales socios del Mercosur. Al mismo tiempo, la cancillería brasilera invitó al representante argentino a regresar a Buenos Aires; no es una expulsión en sentido estricto, pero sí representa una degradación adicional de la relación.
La medida sorprende porque no existe un conflicto económico o territorial que la explique. Brasil continúa siendo el principal socio comercial de Argentina. El intercambio bilateral ronda los 28.000 millones de dólares anuales. Entre el 12 % y el 13 % de las exportaciones argentinas tienen como destino el mercado brasileño, mientras cerca del 21 % de las importaciones nacionales provienen de ese país, principalmente autopartes, bienes industriales, maquinaria y energía.

Incluso con un déficit cercano a los 1.400 millones de dólares acumulado por Argentina durante el primer semestre de 2026, la integración económica sigue siendo una de las más profundas de América Latina. Ese déficit es un argumento adicional para la militancia oficialista, que a partir de estos eventos comenzó a pedir una salida del Mercosur.
La comparación con Estados Unidos vuelve todavía más llamativa la decisión argentina. Mientras el comercio con Brasil ronda los U$S 30.000 millones anuales y se realiza dentro de una unión aduanera que garantiza arancel cero para la mayor parte del intercambio bilateral, el vínculo comercial con Estados Unidos es menor (es el tercer socio exterior en importancia para la Argentina, luego de Brasil y China) y no cuenta con un acuerdo de libre comercio equivalente. Además, desde 2026 Washington aplica un arancel adicional del 10% a algunas exportaciones argentinas, lo que encarece el acceso al mercado estadounidense.
En otras palabras, Argentina mantiene con Brasil una relación estructuralmente más profunda, más integrada y favorable en términos arancelarios que la que posee con Estados Unidos. Esa asimetría refuerza la pregunta central: ¿por qué Buenos Aires eligió confrontar con el socio que le ofrece acceso preferencial dentro del Mercosur y profundiza su alineamiento político con un país que hoy grava parte de sus exportaciones con un arancel adicional?
Desde el retorno de la democracia en 1983, todos los gobiernos argentinos, con diferencias ideológicas profundas entre sí, mantuvieron una constante: preservar la relación estratégica con Brasil. Alfonsín y Sarney impulsaron la integración que terminaría dando origen al Mercosur; Menem reforzó el vínculo mientras estrechaba relaciones con Washington; los gobiernos kirchneristas profundizaron la integración industrial; Mauricio Macri mantuvo la cooperación pese a las diferencias políticas con Lula y luego con Bolsonaro. La confrontación abierta con Brasil representa, por lo tanto, una ruptura con una política de Estado que atravesó cuatro décadas y administraciones de todos los signos políticos.
La explicación más consistente para esta crisis parece encontrarse en el realineamiento estratégico que atraviesa la política exterior argentina.
Para entenderlo hay que observar otro hecho simultáneo: mientras esa disputa escalaba, Brasil enfrentó un segundo conflicto, esta vez con Washington. Ese mismo 4 de agosto el Departamento de Estado revocó el visado de la embajadora María Luiza Ribeiro Viotti. La administración Trump justificó la decisión como una respuesta a la demora brasileña para conceder el agrément al candidato estadounidense Daniel Pérez y a la negativa de Brasil de otorgar visas a dos funcionarios del Departamento de Estado que pretendían viajar al país para mantener reuniones con autoridades electorales.
Brasilia respondió acusando a Washington de intentar interferir en el proceso electoral brasileño y recordó que la Convención de Viena no establece ningún plazo obligatorio para aprobar el nombramiento de un embajador extranjero. Lula calificó la medida de irresponsable y denunció una escalada deliberada de presiones políticas.
Analizadas por separado, ambas crisis tienen explicaciones distintas. Observadas en conjunto, sugieren un patrón difícil de ignorar. Tanto Washington como Buenos Aires elevaron simultáneamente la presión sobre el gobierno de Lula mediante cuestionamientos políticos, gestos diplomáticos y una confrontación pública que coincide con la campaña presidencial brasileña.

Como se dijo antes, Trump y Milei apoyan a Flávio Bolsonaro para las elecciones de octubre, mientras que las encuestas muestran a Lula liderando la intención de voto con una ventaja de entre 6 y 8 puntos, especialmente de cara a una eventual segunda vuelta. El refuerzo al candidato opositor es otro indicio de enlace político.
La hipótesis de la convergencia gana fuerza cuando se observa la evolución reciente de la política exterior argentina. Durante las 95 votaciones realizadas en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Argentina coincidió con la posición de Estados Unidos en el 82 % de los casos. El dato adquiere otra dimensión al analizar únicamente las votaciones consideradas estratégicas por el Departamento de Estado: allí la coincidencia alcanzó el 97 %, con 18 coincidencias sobre 19 resoluciones, el mayor nivel de alineamiento registrado por Buenos Aires e incluso superior al de Israel.
La sintonía no se limita a los organismos internacionales. Argentina modificó posiciones históricas al votar contra resoluciones sobre prevención de la tortura, romper en 2025 con tres décadas de respaldo al levantamiento del embargo contra Cuba y rechazar, junto con Estados Unidos e Israel, la resolución que calificaba la trata transatlántica de esclavos como uno de los mayores crímenes de lesa humanidad. La misma coincidencia volvió a repetirse durante la votación sobre el Día Internacional de la Coexistencia Pacífica.
Fuera de la ONU, el cambio también resulta evidente. El retiro argentino de la Organización Mundial de la Salud, el abandono del Acuerdo de París y de las cumbres climáticas, el rechazo a la Agenda 2030 y la participación permanente del presidente Milei en las conferencias del CPAC reflejan un acercamiento político e ideológico al movimiento MAGA encabezado por Trump.
Una hipótesis alternativa, y no necesariamente excluyente de las anteriores, es que la confrontación con Lula cumple una función de política doméstica. Para el contexto electoral interno y con el inicio de la campaña por la reelección de Milei: el enfrentamiento con Lula le da un giro discursivo de tono nacionalista que corre en paralelo al avance de la agenda económica liberal.
Para recuperar la iniciativa política y legislativa, el Gobierno convierte a un adversario asociado con el "populismo de izquierda" latinoamericano en un relato movilizador, de bajo costo inmediato y alto rendimiento simbólico. Así refuerza la identidad "anti-casta" y "anti-socialista" sin argumentos verificables. El verdadero destinatario no sería Lula ni Washington, sino el electorado que Milei necesita consolidar.
No obstante, hay un límite real más allá del cual el costo económico y diplomático se vuelve tan visible (inflación, pérdida de mercados, tensión en el Mercosur) que termina erosionando el propio capital político que la confrontación buscaba construir. Es una apuesta de alto riesgo.
Por separado, cada una de estas decisiones podría interpretarse como una definición soberana de política exterior. En conjunto, muestran algo diferente: un alineamiento sistemático con las prioridades diplomáticas de Washington.
Ese cambio ayuda a explicar una pregunta que hasta ahora no tiene otra respuesta convincente: ¿por qué un gobierno argentino decidió deteriorar deliberadamente la relación con el principal socio comercial del país sin que existiera un conflicto real que lo justificara? La explicación más consistente es que la confrontación con Lula dejó de responder exclusivamente a la agenda argentina y pasó a formar parte de una estrategia política más amplia, compartida con la administración Trump.

Si esta lectura es correcta, el episodio del 4 de agosto marcaría un cambio histórico: por primera vez en más de un siglo, Argentina alinearía cada vez más su política exterior con las prioridades diplomáticas de Washington, aun a costa de su relación con Brasil, el país más grande e influyente de Sudamérica. Más que una crisis aislada, podría ser el inicio de un nuevo modelo de alineamiento geopolítico en la región.
Las coincidencias —votos en la ONU, abandono de organismos multilaterales, participación en el CPAC y confrontación con Brasil— trazan un patrón. Argentina dejó de equilibrar sus vínculos con Washington, Brasil y América Latina para convertirse en el principal aliado regional de Trump, aun a riesgo de romper con su vecino.
Ni siquiera durante el período de las 'relaciones carnales' con Estados Unidos en la década de 1990 la relación estratégica con Brasil fue puesta en cuestión. Y en ese período gobernó Carlos Menem, un referente fundamental para el actual presidente argentino.
La importancia de Brasil para la Argentina excede ampliamente el comercio bilateral. Brasil es el principal socio político del país en Sudamérica y el único vecino con capacidad para impulsar —o bloquear— iniciativas regionales en organismos financieros, proyectos de infraestructura, cooperación energética y negociaciones comerciales. Un deterioro prolongado de esa relación tendría costos que van mucho más allá de la balanza comercial.
El deterioro con Brasil también implica un distanciamiento indirecto del principal eje económico del denominado “Sur Global”. Mientras Brasil profundiza su relación con China y los BRICS, Argentina apuesta por un alineamiento más estrecho con Washington aun cuando Estados Unidos representa un mercado menos integrado para su economía.
Desde la perspectiva brasileña, la simultaneidad de las presiones provenientes de Washington y Buenos Aires alimenta la percepción de una intervención política externa en pleno proceso electoral. Esa lectura ayuda a explicar por qué Itamaraty reaccionó con una dureza inédita frente a declaraciones que, en otro contexto, probablemente hubieran sido respondidas únicamente mediante protestas diplomáticas.
La novedad de 2026 no es que la Argentina se acerque a Estados Unidos; eso ocurrió otras veces. La novedad es que parece dispuesta a hacerlo, más aún cuando el costo potencial sea deteriorar la relación con el socio que le ofrece el mercado más integrado, el arancel más bajo y la mayor interdependencia industrial de toda su economía.
La degradación diplomática también pone bajo presión al Mercosur. El bloque fue construido sobre la premisa de que la relación política entre Argentina y Brasil debía mantenerse estable incluso durante los cambios de gobierno. Si esa premisa desaparece, no sólo se resiente la coordinación política sino también la previsibilidad para las cadenas industriales integradas, especialmente en los sectores automotriz, metalúrgico y energético.
La crisis diplomática del 4 de agosto no habría sido entonces un episodio aislado, sino la primera demostración práctica de ese nuevo alineamiento que puede arrastrar al resto de Latinoamérica a una confrontación ideológica de final abierto.
